En los tiempos de Ludwig II de Baviera resultaría una osadía pretender visitar los palacios que fueron diseñados para ser disfrutados únicamente por él mismo. Esta ruta resulta, por tanto, todo un atrevimiento a la memoria de un hombre especial y único.

Una promesa que me hice a mí mismo, por otro lado, pudo cumplirse finalmente cuando visité los campos de concentración de Mauthausen y Dachau. Una visita estremecedora, que descompone el cuerpo y el alma. Y sin embargo, necesaria.


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