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La sombra de Morella es alargada

Encaramada sobre un risco a casi 1.000 metros de altitud, con su casco histórico aferrado a un castillo y protegido por recias murallas, Morella es una gema que brilla con luz propia y también la imagen más representativa del Maestrat valenciano, esa región condenada a estar casada con la historia hasta que la muerte los separe. La bella Morella ha sido escenario de importantes episodios históricos desde la época de los íberos y romanos, todos ellos pueblos que le han legado a lo largo de los siglos un patrimonio histórico-artístico excepcional. Fue sin embargo durante la Edad Media cuando su sombra se alargó hasta alcanzar la leyenda, una leyenda en la que intervinieron personajes tan relevantes como El Cid Campeador, Guillaume Bélibaste, el papa Benedicto XIII o Blasco de Alagón, y que produjo edificios tan regios como su castillo, el Convento de San Francisco o la Iglesia de Santa María. Para colmo Morella fue el primer bastión con cuya toma comenzó a gestarse el incipiente Reino de Valencia. Por toda su importancia histórica y su proximidad con la frontera aragonesa, Morella fue el punto de partida ideal donde comenzar nuestra ruta templaria por el Maestrazgo turolense.

Morella, enclavada en la historia

A nosotros Morella nos impactó mucho desde fuera (quizás más que desde dentro) y es que su ubicación sobre la cima de una montaña rocosa conocida como “la Mola”, recortándose nítidamente su silueta en el horizonte, impacta y mucho. En este sentido podemos comprender el porqué de tantos avatares militares, pues su posición estratégica, en plena vía de comunicación entre el Bajo Aragón y el Mediterráneo, la convertía en una plaza enormemente codiciada por todos. A la pobre Morella todos quisieron hincarle el diente, especialmente los musulmanes y los cristianos que se la estuvieron disputando a lo largo de la Edad Media.

Morella

Un elemento perfectamente distinguible desde cualquier punto de vista posible es la recia muralla de 2.500 metros que rodea el casco histórico como un cinturón de piedra. La que podemos ver hoy en día es el resultado de las reconstrucciones realizadas durante los siglos XIII y XIV sobre las originales árabes ya existentes del siglo XI. Es realmente increíble que sus 14 torres y sus 6 puertas se mantengan en pie desde entonces, teniendo en cuenta las vicisitudes bélicas que han sufrido. Nosotros accederemos a la localidad a través de una de ellas, la Puerta de San Miguel tras habernos detenido previamente en el mirador que hay antes de llegar al aparcamiento de pago habilitado para los visitantes.

Morella desde el mirador
Puerta de San Miguel, una de las antiguas puertas de la ciudad

Cárcel de Morella

Justo al otro lado de la puerta se encuentra la Oficina de Turismo, donde nos indicaron la mejor ruta a pie por el casco antiguo. Comenzamos nuestra andadura transitando por la Calle Madre de Dios del Pilar que nos llevará hasta el Ayuntamiento de Morella, edificio de estilo gótico del siglo XV, en cuyo piso inferior se esconde una pequeña joya con la que tendremos nuestro primer contacto con la historia, la antigua cárcel, recién abierta al público. Ya sabéis lo mucho que nos agradan estos lugares donde el sufrimiento del ser humano ha dejado huella en sus paredes. En el caso de la cárcel de Morella, de forma literal como vamos a ver.

Ayuntamiento de Morella a la derecha

La de Morella no era por supuesto la única cárcel del levante peninsular, pero sí una de las más grandes. Contaba con varias celdas y dependencias que funcionaron desde el siglo XIV hasta bien entrado el siglo XX, siendo utilizada durante el Medievo, el carlismo y el franquismo. En una de las celdas, visible solo desde una minúscula ventana, existen graffitis realizados por los presos durante el siglo XIX.

Cárcel de Morella

Soportales de la Calle Blasco de Alagón

Seguimos adelante para llegar a uno de los rincones más característicos de Morella, al menos desde un punto de vista estético. Nos referimos a la Calle de Blasco de Alagón, su calle más icónica que cuenta con bellos soportales de piedra bajo los que se cobijan variados talleres artesanales, restaurantes y coquetas tiendecitas (en una de ellas, Aromes de Morella, caímos en la tentación de entrar y comprar una colonia y un perfume con aroma a té de roca, ¡qué delicia!).

Soportales de la Calle Blasco de Alagón

La calle, ademas, lleva el nombre de uno de los personajes históricos que más profundamente marcaron el destino de Morella, el noble aragonés que conquistó la ciudad a los musulmanes en el año 1232 cediéndola luego (a la fuerza) a su rey Jaime I de Aragón, lo que significó un hecho trascendente para la posterior conquista de la ciudad de Valencia (y, a la postre, para la creación del Reino de Valencia).

Soportales de la Calle Blasco de Alagón
Calle Blasco de Alagón

¿SABÍAS QUE…?

En el año 1414 tuvo lugar en Morella un encuentro muy especial, quizás el más especial de su historia (que ya es decir mucho): uno entre un rey, un (futuro) santo y un papa. El rey era Fernando I de Aragón y el santo, que aún no era tal, fray Vicente Ferrer. Ambos acudieron a Morella para tratar de convencer al terco (baturro tenía que ser) papa Luna, Benedicto XIII, para que renunciara a su condición de papa y poner fin así al Cisma de Occidente, cosa que no ocurrió porque él, erre que erre con que él era el legítimo.

Eso sí, al fray Vicente Ferrer aquella corta estancia en la ciudad le dio para obrar un milagro, tal y como recuerda la placa de una casa de la calle de la Madre de Dios de Vallivana, donde se alojó él durante la importante cita a tres. Pues resulta que al parecer a la señora de la casa, un poco desequilibrada ella, no se le ocurrió otra cosa que darle de comer a Vicente que a su propio hijo, al cual guisó como a un conejo después de darle muerte y despedazarlo en trocitos. Al ver lo que aquella mujer le había preparado, ni corto ni perezoso y vaya usted a saber cómo, volvió a unir los pedazos de la criatura y la resucitó devolviéndolo a sus padres sin ni siquiera pestañear. ¡Vaya crack!

Convento de San Francisco

Desde este punto iniciamos la subida al castillo previa parada en el Convento de San Francisco. Como un precioso preludio, nos topamos inesperadamente a los pies de éste con un espacio donde reina a sus anchas la vegetación. El Jardí dels poetes (“Jardín de los poetas) es un pequeño rincón que pretende rendir homenaje a todos aquellos escritores que han estado en algún momento vinculados con Morella. Un lugar donde cualquier artista encontraría la inspiración.

Jardí dels poetes
Descansando en el Jardí dels poetes

Llegamos por fin al convento, uno de los edificios más emblemáticos y evocadores de Morella, el antiguo convento de frailes franciscanos (entrada conjunta convento+castillo 3’50€ por adulto). Fundado en el siglo XIII, este convento consta de dos partes bien diferenciadas: por un lado las ruinas de lo que fue el claustro de estilo gótico primitivo, tan románticas como desoladas. Su actual estado se debe a los bombardeos acaecidos durante las guerras carlistas.

Claustro del Convento de San Francisco
Claustro del Convento de San Francisco
Claustro del Convento de San Francisco, con el castillo de fondo
Claustro del Convento de San Francisco

Por otro lado la esbelta iglesia y la Sala De Profundis, en cuyo interior se encuentra uno de los ejemplos más impactantes que han sobrevivido del arte macabro peninsular, una pintura mural del siglo XV que representa la danza de la muerte. En realidad el motivo de la pintura tiene que ver con la finalidad de la propia sala en la que se encuentra: cuando un monje menor del convento fallecía, su cuerpo era instalado aquí hasta el momento de su entierro, un lapso de tiempo en que el resto de la comunidad lo velaba y cantaba a su alrededor una serie de salmos (entre los cuales, el salmo De Profundis, de ahí el nombre de la sala).

Iglesia del convento
La pintura mural de la danza de la muerte

Tal y como pudimos leer en los paneles informativos instalados a los pies de la pintura, aparecen en ella una serie de personajes y elementos que incluyen la Rueda de la Fortuna, una figura de la Muerte disparando flechas contra el Árbol de la Vida y una danza de personas alrededor de un cadáver. Macabro, ¿no os parece?

Castillo de la Mola

A través de las ruinas del convento accedimos más tarde a una de las fortalezas más sobresalientes del Mediterráneo, el castillo de Morella, construido aprovechando la roca natural. En este sentido su aspecto nos recordó muchísimo a otra extraordinaria fortaleza, la de Calatrava la Nueva en la provincia de Ciudad Real.

Castell de Morella

El castillo de Morella está formado por tres niveles de altura. El inferior se sitúa en la base de la roca y se compone de un paseo de ronda aspillerado (diseñado durante la primera guerra carlista) que recorremos sin prisas y soportando sin demasiadas dificultades el calor de junio. Desde aquí se puede apreciar claramente cómo la pericia de sus constructores permitió adaptar los muros a la caprichosa forma de la roca.

Paredes del castillo de Morella

El segundo nivel está formado por sus respectivos tramos de muralla, torres semicirculares y cuerpos de guardia. En él se encontraba la mayoría de las dependencias generales del castillo. ¿Podéis imaginar, a pesar de su estado ruinoso, cómo disfrutamos explorando el polvorín, la prisión, incluso las letrinas? De entre todas ellas destaca por encima del resto el Palacio del Gobernador, construido en 1713 por el barón de Ytre después de concluir la Guerra de Sucesión. Lo curioso del lugar es que se construyó sobre una cueva que había sido habitada ¡desde la Prehistoria! Hoy alberga un pequeño centro de interpretación donde se analiza el vínculo que tuvieron algunos personajes históricos con la ciudad de Morella.

Palacio del Gobernador

Uno de esos personajes, al parecer, fue El Cid. Ojo al parche porque este hombre, más que un héroe de la Reconquista como se lo quisieron hacer creer a nuestros padres y abuelos, se convirtió después de su destierro por parte del rey castellano Alfonso VI en una especie de mercenario que se vendía al mejor postor, ya fuera éste cristiano o musulmán, llegando incluso a conseguir el estatus extraordinario de señor de la guerra independiente en cuanto que no estaba sometido a ningún rey. Uno de los caudillos a los que sirvió fue el rey de la taifa de Zaragoza, al-Muqtadir, quien estaba en disputa con su hermano, el rey de la taifa de Lérida (a la cual pertenecía Morella). Dicen las crónicas que El Cid llegó a causar graves daños por los alrededores y que ganó varias batallas para su señor (entre ellas, la denominada Batalla de Morella que en realidad se libró en la localidad de Olocau del Rey) pero que nunca llegó a entrar en la ciudad, fuertemente protegida por sus murallas y por su inexpugnable castillo. En realidad Morella no volvería a ser cristiana hasta 1232, año en que el noble anteriormente citado, don Blasco de Alagón (por cierto, sin el permiso de su rey Jaime I, ¡olé sus h…!) la incorporara a la Corona de Aragón.

Segundo nivel del castillo

En el tercer nivel del castillo se encuentra su parte más elevada y, quizás también, más interesante. Para llegar hasta ella hay que subir un tramo bastante empinado de escaleras que dejan sin respiración a más de uno, sin embargo merece la pena el esfuerzo si se quiere visitar el patio de armas (o más bien lo que queda de él), la torre del homenaje y las estancias que durante los últimos tiempos han cobijado a los oficiales de las tropas. y Esta parte del castillo, en teoría la más protegida, ha vivido cruentos episodios bélicos en la guerra de Secesión, la invasión napoleónica y la primera guerra carlista. Durante esta última soportó el largo asedio al que fueron sometidas las tropas del general Ramón Cabrera (apodado “el Tigre del Maestrazgo”) por el ejército de Espartero.

Escaleras que conducen al patio de armas
Patio de armas
Vistas de la ciudad desde el patio de armas

Desde aquí arriba uno puede contemplar una amplísima parcela de territorio, una privilegiada ubicación que no pasó desapercibida ni para los romanos ni para los árabes, que ya construyeron aquí sus propias fortificaciones antes que los cristianos (aunque vestigios arqueológicos demuestran que este lugar había sido habitado ya… ¡desde el Neolítico!). Desde la primitiva construcción musulmana del siglo X (en tiempos de Abderramán III), el aspecto del castillo ha ido transformándose con el devenir de los siglos. Y si bien el periodo medieval configuró su estructura principal, el siglo XIX (sobretodo durante la Guerra de la Independencia y las guerras carlistas) le añadió aquellos últimos retoques que son visibles aún hoy en día en forma de nuevos espacios abiertos para dar cabida a la llegada de la artillería.

LOS CANTINELEROS RECOMIENDAN…

En la Calle Blasco de Alagón se encuentra el antiguo Palacio del Cardenal Ram, hoy convertido en hotel y restaurante. En su pequeña terraza pudimos degustar buenos platos de cocina local a un precio más que razonable. ¡Un sitio para reponer fuerzas más que recomendable!

Palacio del Cardenal Ram, hotel-restaurante de Morella

Iglesia de Santa María

Después de comer nos dirigimos a la que es, a nuestro juicio personalísimo, la joya indiscutible de Morella, la Iglesia Arciprestal de Santa María la Mayor, a la que podríamos calificar sin miedo a equivocarnos de una de las más bellas creaciones de toda la Comunidad Valenciana.

Iglesia de Santa María la Mayor

Erigida entre 1237 y 1330 (por tanto ya en época cristiana), tiene la particularidad de poseer dos extraordinarias portadas en un mismo lado (debido a que el templo se apoya sobre la roca que sirve de base al castillo). Ambas se encuentran profusamente decoradas: por un lado, la de los Apóstoles, del siglo XIV, presidida por un parteluz con la Virgen y el niño, y un tímpano repleto de escenas concernientes a la infancia de Jesús y a la coronación de la Vírgen. Por otro lado, la portada de las Vírgenes, del siglo XV, que contiene la representación de las santas vírgenes y mártires más veneradas en la Edad Media.

Portada de los Apóstoles
Portada de las Vírgenes

Una vez en el interior (entrada 2’50€ por adulto), como se suele decir vulgarmente, alucinamos pepinillos. Resulta que el coro es un coro “flotante”, es decir, que se eleva en plena nave central desafiando las propias leyes de la arquitectura. Para acceder a él, no valía con una simple escalerita, no, no. Tenemos ante nosotros la verdadera joya dentro de la joya: una singular y caprichosa escalera de caracol helicoidal del siglo XV, obra de yeso policromado y dorado en cuya baranda están representados relieves de la genealogía del mismísimo Jesucristo y de la Adoración de los pastores y los magos. Esta colosal obra de arte (merecería la pena venir a Morella solo por disfrutar de esta escalera) se debe a las manos de dos escultores: Josep Belli y Antonio Sancho.

Interior del templo, en el que podemos apreciar la elevación del coro por encima de la nave central
Detalle de la escalera

Pero no acaba aquí la cosa, y es que Santa María la Mayor esconde otros elementos de especial importancia, como el Trascoro del siglo XV, el Retablo del Altar Mayor de estilo churrigueresco (te deja literalmente sin palabras) o el órgano barroco, considerado uno de los más valiosos de toda la provincia.

Retablo del Altar Mayor

Hasta aquí nuestro paseo por Morella, cuya sombra ha resultado ser tan alargada a lo largo de la historia. Para terminar un último ejemplo de ello: resulta que en Morella llegaron a establecerse algunas comunidades cátaras que habían huido de la persecución inquisitorial francesa que estaba eliminando sin contemplaciones a los bons hommes, aquellos que desde el siglo XI habían predicado un revolucionario mensaje de amor, libertad y tolerancia por todo el país y parte de la Europa occidental. Y es que al parecer el catarismo no se extinguió en el castillo de Montségur como se pensaba, con la quema en la hoguera de un buen puñado de esos herejes tal y como los consideraba la Iglesia católica, sino que algunos todavía pudieron escapar al otro lado de los Pirineos, atravesando más de 600 km para refugiarse en diversos municipios de la actual Comunidad Valenciana. Se dice que el último perfecto cátaro quemado por la Inquisición, Guillaume Bélibaste, se instaló en Morella y en Sant Mateu donde vivió algunos años antes de ser traicionado y devuelto a Francia.

Castillo de Morella

De este modo terminamos la primera visita de nuestra ruta por el Maestrazgo turolense, una ruta que ya tenéis disponible EN ESTE ENLACE.

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