ALEMANIA,  CANTINELAS VARIAS,  MONUMENTO

La ruta de los palacios de Luis II de Baviera

“Soy sencillamente diferente a la mayoría de mis contemporáneos… por este motivo sufro el ser burlado, despreciado y calumniado. Me llaman loco. ¿Me llamará así Dios el día que acuda ante él?”

Luis II, Carta al escritor Lew Vanderpoole (1882)

Algunos personajes históricos bien pudieron haber salido de una novela. Poco antes de que Alemania se convirtiese en Alemania, existió un rey con una vida apasionante al que la historia siempre recordará como “el rey loco”. El aislamiento al que el propio Luis II de Baviera decidió someterse durante el último periodo de su vida lo sumió en un estado de melancolía con tintes narcisistas que se traducía en numerosas excentricidades que dañaban la imagen y la economía del Estado.

Siento una fascinación absoluta por este personaje, lo reconozco. Cuando en 2015 Inma y yo tuvimos la oportunidad de visitar los 3 palacios que mandó construir en el ya desaparecido Reino de Baviera, comprendimos al hombre más allá del mito. Luis nació con una personalidad sensible, algo que, si bien para muchos puede ser un don, para un hombre destinado a cumplir con las exigencias propias de su cargo puede resultar una maldición.

Palacio de Linderhof

Luis II era una persona delicada e imaginativa, un gran apasionado de la música, el teatro y la literatura. Seguro que podéis imaginarlo en ese contexto extremadamente rígido de la corte en el que se le preparó desde bien joven para llevar una vida rigurosa y disciplinada. A él, que tenía corazón de artista. Imaginad cuanta incomprensión debió sentir a su alrededor.

No. Él no estaba hecho para esa vida. Debía huir, escapar de esa realidad que tanto le angustiaba, y la fantasía se presentaba como el único escenario posible. Malsanas para el juicio y el bienestar mental, pero delicadas y hermosas, así son las 3 obras de arte que ideó este rey artista y que hoy son auténticos símbolos de Alemania. Y lo son porque encarnan ese romanticismo inherente en la idiosincrasia germánica. Neuschwanstein, Liderhof y Herrenchiemsee son sus nombres.

Hoy os propongo recorrer la ruta de los palacios que nos legó esta mente soñadora y genial. ¿Estáis listos para un viaje a través de la magia y la fantasía?

Conocer al hombre

Para conocer la obra, antes debemos conocer el hombre. El poeta francés Paul Verlaine definió a Luis II de Baviera como “el único rey verdadero de nuestro siglo”. En efecto, su vida estuvo marcada por la frustración que le causaba saber que su ideal de reino, el reino absolutista por la gracia de Dios de su idolatrado Luis XIV de Francia, no era compatible con la realidad política que imperaba en el siglo XIX. Era un rey de otro tiempo. El músico Richard Wagner escribió después de su primer encuentro con el rey: “por desgracia es tan bello y genial, magnífico y con tanta alma, que temo que su vida se desvanezca como un fugaz sueño divino en este mundo tan malvado”. Por desgracia, no se equivocó.

Luis nació en 1845 en el Palacio de Nynphenburg de Múnich, un 25 de agosto, el mismo día que su abuelo Luis I (razón por la que se le puso su mismo nombre). Su infancia estuvo marcada por la relación fría y distante con su padre, monarca del Reino de Baviera desde 1848, Maximiliano II, así como por la severa educación que recibió de sus preceptores. Ésta estaba regida por una disciplina impuesta a base de trabajo duro, castigos e incluso hambre. El propio Luis llegaría a escribir: “Fui obligado a someterme a la voluntad de maestros torpes e insensibles… Todo lo que tuve que aprender me parecía estúpido, absurdo e inútil”.

Las estancias estivales de la familia en el Castillo de Hohenschwangau, una antigua fortaleza del siglo XII en Allgäu que su padre había comprado y mandado restaurar en estilo neogótico, fueron las únicas vivencias que le reportaron recuerdos agradables. Allí podía recrearse admirando las pinturas que ilustraban los episodios de las sagas caballerescas y los poemas épicos medievales que tanto le gustaban, al mismo tiempo que podía disfrutar de los paseos con su madre y su hermano pequeño Otto por el idílico entorno natural de las montañas alpinas. El pequeño Luis soñaba con que algún día viviría en aquel mismo paraje, en su propio castillo como Lohengrin, el caballero del cisne, su héroe épico favorito.

En 1861, con 16 años Luis asistió a su primera función de ópera. Era precisamente Lohengrin, de Richard Wagner, un compositor que entonces se encontraba exiliado en Zürich. El encuentro con la música de Wagner supuso un cataclismo emocional para el joven Luis y desde entonces se convirtió en una de sus grandes pasiones. Después de la muerte de su padre en 1864, una de sus primeras medidas como rey fue ordenar la vuelta de Richard Wagner, convirtiéndose desde entonces y hasta el final de sus días en su principal mecenas.

Un joven Luis II de Baviera en uniforme general con el escudo de coronación, obra de Ferdinand von Piloty el Joven (1865)

Obligado a interrumpir sus estudios en la Universidad de Múnich, al inexperto Luis es proclamado rey con solo 18 años. El pueblo estaba encantado con su nuevo monarca: alto, delgado y apuesto, con cabello oscuro y ondulado y los ojos azules. Pronto se convertiría en el sueño de toda mujer, sin embargo, él nunca mostró inclinación alguna por el sexo femenino. Solo llegó a comprometerse una vez, con su prima la princesa Sofía Carlota de Wittelsbach (hermana menor de Isabel de Austria, la famosa Sissí), con la que rompió su compromiso poco después.

El suyo no fue un reinado fácil: en 1866 se vio forzado a apoyar a Austria, quien saldría perdedora de la la guerra contra Prusia; en 1870, durante la guerra franco-prusiana, tuvo que respetar la alianza que había firmado con el reino prusiano y apoyarlo contra su idolatrada Francia. Luis pronto se sintió como una marioneta en manos de sus ministros, quienes decidían a su antojo. En 1871 llegaría la unificación del Imperio Alemán liderada por el canciller Bismarck y con ella la pérdida definitiva de soberanía por parte de Baviera y de su rey, que se convertiría en una figura puramente simbólica. Todas estas circunstancias unidas al estar expuesto a constantes intrigas políticas, hicieron que Luis fuera cayendo poco a poco en una espiral de depresión y narcisismo, retirándose cada vez más de la vida pública y dedicando cada vez más tiempo y energía al diseño de sus edificios de fantasía.

Conocer los edificios

La Ruta de los palacios (schloss, en alemán) del rey Luis II de Baviera es una de las más interesantes que se pueden hacer en el sur de Alemania. Nosotros la recomendaríamos sobretodo a los amantes de la historia, el arte y los cuentos de hadas. Tomando como punto de partida la capital bávara, Múnich, podemos visitar los cuatro edificios en apenas dos días, pues los tres primeros se encuentran a muy poca distancia el uno del otro (Hohenschwangau, Neuschwanstein y Linderhof), quedando solo Herrenchiemsee algo más alejado.

Recordad que la visita al interior de los cuatro palacios solo es posible mediante visita guiada. La compra de las entradas debe realizarse en los respectivos ticket center (existen diferentes tipos de entradas, incluyendo una combinada para los 3 palacios y otra solo para Neuschwanstein y Hohenschwangau), aunque existe la posibilidad de hacer una reserva anticipada a través de la página web (muy recomendable, sobretodo en el caso de Neuschwanstein, ya que por un poco más de dinero evitaréis las colas).

A pesar de que en los edificios trabajaron los mejores escenógrafos, arquitectos, pintores, escultores, artesanos y jardineros del momento, hay que decir que los diseños principales se deben al talento y el gusto exquisito del propio Luis. De las cuatro construcciones que incluimos en la ruta, solo uno, el Castillo de Hohenschwangau, no fue ideado por el rey. De las otras tres, solo el Palacio de Linderhof fue terminado, quedando incompletos Neuschwanstein y Herrenchiemsee.

En los tres encontramos una perfecta comunión entre estética historicista (inspirada en el mundo medieval en el caso de Neuschwanstein y barroco en Linderhof y Herrenchiemsee) y la tecnología más moderna. Con ellos, Luis II creó para sí un mundo en el que podía sentirse un verdadero rey.

Hohenschwangau, al amparo del castillo familiar

Comenzaremos nuestra ruta en los Alpes bávaros, muy cerca de la localidad de Füssen. Sobre el desfiladero de Pöllat y los lagos Alpsee y Schwan se levantan dos castillos, Hohenschwangau y Neuschwanstein, de los cuales solo el segundo es producto de la imaginación de Luis II. Sin embargo, es de justicia que incluyamos también el Castillo de Hohenschwangau en esta ruta debido a su fuerte vinculación personal con el monarca.

Adquirido por la familia en 1832, fue el lugar donde el joven Luis pasó los veranos más inspiradores de su infancia, incluso se le considera la principal fuente de inspiración de gran parte del universo creado en Neuschwanstein. Fue erigido en el siglo XII por los condes de Schwangau, en cuyo escudo aparecía la figura del cisne que Luis II adoptó como animal heráldico para su emblema.

El Castillo de Hohenschwangau visto desde el Castillo de Neuschwanstein

Poco después de su nombramiento como monarca, el mismo Luis II decidió retirarse al castillo de su padre y redecorarlo a su gusto. Allí recibía las visitas de Richard Wagner, quien tocaba el piano para él, aunque sería durante poco tiempo, pues en diciembre de 1865, tan solo un año después de regresar de su exilio, se vio forzado a abandonar Múnich debido a su estilo de vida extravagante y a los rumores que apuntaban a que pudiera estar inmiscuyéndose en asuntos de Estado. En una de las habitaciones de Hohenschwangau Luis II se vio obligado a firmar la carta imperial en la que se ofrecía la corona del Imperio Alemán al rey de Prusia, Guillermo I, uno de los episodios más humillantes de su vida política.

Neuschwanstein, el castillo en el aire

En 1869, mientras aún residía en Hohenschwangau, Luis fue testigo de la ceremonia de colocación de la primera piedra del nuevo castillo que había proyectado construir frente al de su padre, en lo alto de una colina a 1.000 metros de altura, sobre las ruinas de una antigua fortaleza. Será un “nuevo castillo de Hohenschwangau”, como así le llamó hasta su muerte. Sin embargo, la posteridad quiso rebautizarlo como Neuschwanstein (“nuevo cisne de piedra”, en alemán).

Castillo de Neuschwanstein

Siguiendo las ideas de Luis, el escenógrafo Christian Jank realizó los primeros bocetos que se convertirían en la base para los planos de los arquitectos. Neuschwanstein fue una obra imponente que duró 17 años y que, sin embargo, nunca llegó a terminarse. En los adoquines del patio principal están marcados los puntos de los planos originales de la capilla y la torre que nunca fueron construidas. Dicha torre debía medir 90 metros, la más alta de todo el conjunto.

Castillo de Neuschwanstein

Luis II se inspiró en las fortalezas medievales para diseñar su castillo, especialmente el Castillo de Wartburg en Turingia, que el monarca visitó en 1867 por recomendación de Wagner. Durante la visita encontraremos continuas referencias a los poemas épicos que aparecen representados en las óperas del compositor alemán, sobretodo Parsifal, Lohengrin, Tanhäuser y Tristán e Isolda. El patio principal, por ejemplo, está basado en el segundo acto de Lohengrin, concretamente en la escena en la que la comitiva nupcial de los protagonistas, Elsa y Lohengrin, se dirigen a la capilla de la fortaleza de Amberes. El propio Wagner facilitó un bosquejo de la escenografía.

Patio principal de Neuschwanstein

Tal y como ya explicamos en nuestro diario de Baviera y Austria, la verdadera magia de Neuschwanstein se encuentra en el interior. A través de una escalera de caracol accederemos al cuarto piso del edificio, donde se encuentra la espléndida Sala de los Cantores, cuyo diseño se inspiró en el salón de fiestas de Wartburg. Sin embargo, y aunque tiene capacidad para una gran cantidad de personas, esta estancia no se proyectó como salón de baile o de conciertos, sino como sala de culto donde se pretendía recrear simbólicamente un escenario de competición de trovadores. Para la decoración de este amplio salón, el rey mandó representar en pinturas la saga del caballero Parsifal, padre de Lohengrin, y su búsqueda del Santo Grial.

Sala de los Cantores (Fuente de la imagen: www.hola.com/viajes)

En la tercera planta del castillo encontraremos diversas estancias, todas ellas sencillamente espectaculares: el despacho, el vestidor, una pequeña y extravagante recreación de la gruta de Venus con iluminación de colores (el escenario donde otro caballero, Tanhaüser, sucumbe al amor) y el comedor donde el rey comía el menú de ocho platos que le preparaban en la cocina de la primera planta.

Vestidor del rey (Fuente de la imagen: www.schloesser.bayern.de)
Gruta de Venus (Fuente de la imagen: www.schloesser.bayern.de)

En la misma planta, además, el salón, la sala del ayudante del rey (Graf von Dürckheim, quien le sería fiel hasta el final) y, destacando especialmente, el dormitorio del rey (lugar donde, en la madrugada del 12 de junio de 1886 el rey fue inhabilitado como monarca por una comisión médica, argumentando una supuesta enfermedad mental), la capilla y la espléndida Sala del Trono.

Salón del rey (Fuente de la imagen: www.schloesser.bayern.de)

De dos plantas y estilo neobizantino, esta increíble estancia ilustra a la perfección el concepto de monarca que poseía Luis II: un rey por la gracia de Dios. Por cierto, en la Sala del Trono no hay trono, pues a la muerte del rey fue cancelado el encargo del trono de oro y marfil que aún no había sido entregado. Otra curiosidad más: frente al ábside, adivinaremos una pintura de San Jorge matando al dragón. En la parte izquierda de la escena se intuye la silueta de un castillo a lo lejos, se trata del Castillo de Falkenstein, el cuarto edificio que Luis II de Baviera planeaba construir en lo alto de un escarpado monte cerca de Neuschwanstein. De él no existen más que algunas acuarelas y planos de construcción.

Sala del Trono (Fuente de la imagen: www.schloesser.bayern.de)

Luis II fue cambiando constantemente su proyecto sobre Neuschwanstein, lo cual provocó que se fuera atrasando el fin de la obra. Aquello que comenzó como un castillo medieval terminó convirtiéndose en una recreación de la fortaleza del Santo Grial, el épico castillo de Monsalvat. Dicha evolución se debió a que, debido a sus avatares personales, el rey fue dándole cada vez más importancia al concepto de redención. En este sentido, se ha apuntado a la posibilidad más que probable de que no aceptara sus propias tendencias homoeróticas, por las que se sentiría en pecado constante.

Desde su castillo de ensueño Luis tenía una maravillosa panorámica de las montañas del Tirol, así como del Castillo de Hohenschwangau y del lago Alpsee. Justo al otro lado, además, se encuentra la romántica cascada de la garganta del Pöllat y, salvando el desfiladero, el puente que el monarca mandó construir en acero (sustituyendo a uno anterior de madera) y que lleva por nombre Marienbrücke, en honor a su madre, con quien solía pasear de niño por este lugar. Desde aquí obtendremos la icónica fotografía que todo el mundo desea llevarse a su casa.

Neuschwanstein desde el puente Marienbrücke (Imagen de Jonathan Goerke)

El rey solo pasó 172 días en el Castillo de Neuschwanstein. “Cuídeme estas habitaciones como si fueran un santuario, no deje que los curiosos las profanen. En ellas he pasado las horas más amargas de mi vida”, este es el favor que pide Luis a su ayudante de cámara poco antes de que le inhabilitaran y detuvieran en su dormitorio. Fue en vano, ya que pocas semanas después de su muerte, ocurrida días después de su inhabilitación, se abrieron las puertas de sus castillos al público.

Linderhof, el templo de la fantasía

Continuaremos nuestra Ruta de los palacios del rey Luis II de Baviera en el valle de Graswang, en las cercanías de los pueblos de Oberammergau y Ettal. Apenas 50 minutos en coche separan el Castillo de Neuschwanstein del Palacio de Linderhof, el más pequeño de los tres edificios proyectados por el monarca bávaro y el único que llegó a finalizarse. Además, fue aquí donde pasó la mayor parte de su tiempo, durante los últimos años de su vida.

El rey conocía desde su juventud el lugar donde su padre Maximiliano II tenía su coto privado de caza, al amparo de las escarpadas montañas del valle Graswang. Dentro del coto había una pequeña casa forestal (conocida como Königshäuschen), que Luis heredó a la muerte de su padre. A partir de 1868 el rey comenzó a planificar un nuevo proyecto que pasaría por remodelar por entero dicha casa, remodelación que duró hasta 1874 (con una pequeña ampliación en 1885).

Estanque de cisnes en el entorno de Linderhof

El rey hizo transformar la antigua casa de madera en una villa real de piedra, trasladándola además unos 200 metros de distancia de su ubicación original para poder incrustarla en un parque de 50 hectáreas. A diferencia del Castillo de Neuschwanstein, la inspiración que claramente predomina en Linderhof es la Francia del Rey Sol y el Palacio de Versalles, cuyo espíritu os invadirá irremediablemente desde el principio de la visita. No se trata, sin embargo, de una vulgar réplica del palacio francés, sino de una suerte de reinterpretación (en muchos aspectos, mejorada) a pequeña escala.

Palacio de Linderhof

El Palacio de Linderhof

En mi modesta opinión, el interior de Linderhof es el más exquisito de los tres palacios de Luis II. La bienvenida al mundo absolutista del monarca bávaro nos la dará el vestíbulo, en cuyo techo hay una inscripción con el lema de los Borbones “NEC PLURIBUS IMPAR” (o lo que es lo mismo, “estoy por encima de todos”), debajo de la cual hay una copia de una estatua realizada en 1699 de Luis XIV, el Rey Sol, tan admirado por el monarca bávaro.

A través de una escalinata que recuerda la de los Embajadores de Versalles accederemos al piso superior. Allí encontraremos la organización típica de los palacios barrocos franceses, donde solo se podía acceder a las habitaciones privadas del rey pasando por una de las dos antecámaras, denominadas salas de los tapices, aunque no hay tapices en ellas, sino pinturas murales que imitan tapices. Aquí descansan los dos pavos reales de porcelana de tamaño natural (el animal favorito de Luis II además del cisne) que se colocaban delante del palacio cuando el rey se encontraba allí.

A los salones principales, sin embargo, se llega a través de cuatro pequeños gabinetes en forma de herradura decorados en diferentes colores (el gabinete rosa era utilizado como vestidor, donde al rey le gustaba disfrazarse con trajes originales de la época de los reyes franceses). El primero de ellos, la sala de audiencias, no fue utilizado nunca para recepciones, sino como despacho del rey.

Sala de audiencias (Fuente de la imagen: www.schloesser.bayern.de)

El dormitorio de Linderhof siguió el ejemplo de Versalles en cuanto que estaba considerado la estancia más importante de todo el palacio, pues era el símbolo del poder absolutista de los reyes franceses. Quizás por este motivo fue ampliado en 1885, hasta alcanzar una superficie de 100 metros cuadrados, aunque el rey desgraciadamente nunca pudo verlo terminado.

Dormitorio (Fuente de la imagen: www.schloesser.bayern.de)

Por otro lado, el fastuoso juego de luces del salón de los espejos, inspirado en una sala de la Residenz de Múnich, simboliza en sí mismo su necesidad de huir de la dura realidad a su mundo de fantasía. Él mismo escribió en 1874: “…en el esplendoroso rococó de mis salones del Palacio de Linderhof, mi mayor e infinito placer es sumergirme en el estudio de fascinante literatura para, a través de ella, encontrar consuelo y alivio y así poder escapar del odioso siglo XIX, con toda la amargura y dolor que trae éste consigo”. En efecto, el rey solía sumergirse en la literatura en el diván de su dormitorio, preferentemente de noche, momento en el que se mantenía más activo.

Salón de los espejos (Fuente de la imagen: www.schloesser.bayern.de)

En el comedor Luis II comía a solas, a pesar de que, tal y como contó en sus memorias su cocinero real, Theodor Hierneis, la mesa siempre se ponía para más comensales, pues el monarca así lo ordenaba. Al parecer, solía conversar imaginariamente con los reyes franceses Luis XIV y Luis XV y, para no ser molestado en su mundo de fantasía, hizo instalar una “mesa mágica” que subía y bajaba como un montacargas, de manera que los alimentos pudieran ser colocados sobre la mesa en el piso inferior. Nuevamente tenemos aquí la prueba de que el soberano supo combinar a la perfección su gusto por el pasado con la más moderna tecnología.

Comedor con la “mesa mágica” (Fuente de la imagen: www.schloesser.bayern.de)

Los jardines de Linderhof

La magia de la visita continúa en el exterior. Al Palacio de Linderhof le dio nombre un tilo de 300 años en cuya parte superior Luis mandó construir una plataforma como mirador. Se trata del único elemento discordante de un simétrico jardín diseñado a base de terrazas, a la manera renacentista. En la terraza sur encontraremos un estanque central con una fuente dorada que escupe un chorro de agua de 30 metros de altura, y un busto de María Antonieta, al que Luis acostumbraba saludar y acariciar la mejilla. Este ritual sería utilizado posteriormente como una de las pruebas para declararle enfermo mental y poder incapacitarlo.

Terraza sur del Palacio de Linderhof, donde podemos ver el tilo que le dio nombre
Estanque central

Un templo de forma circular dedicado a Venus corona la parte alta de esta terraza, un lugar donde inicialmente estaba previsto levantar un teatro privado para el rey. Se desconocen las razones por las cuales Luis decidió no construirlo finalmente, teniendo en cuenta su pasión por la música. En cualquier caso, desde allí la panorámica es maravillosa.

Terraza sur de Linderhof desde el templo de Venus

En la parte norte del jardín encontraremos la imponente fuente de Neptuno a los pies de una cascada que culmina en un pequeño pabellón de la música en el extremo superior. A ambos lados del palacio, se extienden sendos parterres ornamentados con coloridos bordes de flores, estatuas doradas y alegorías de piedra.

En este grandioso decorado escenográfico que es el jardín de Linderhof se esconden muchas otras sorpresas que tendréis que esforzaros por descubrir y que reflejan el gusto de Luis II por el mundo oriental, como es el caso de la Casa Marroquí y el Quiosco Morisco, ambos adquiridos en las Exposiciones Universales de París de 1867 y 1878 respectivamente (y trasladados aquí tras la muerte del rey) y también por la música de Wagner, como la Cabaña de Hunding, inspirada en una escenografía de Las Valquirias, o la Gruta de Venus. Esta última es, sin ningún género de dudas, el espacio más extravagante y especial de todos los proyectados por el monarca bávaro. 

Casa de estilo marroquí en el jardín de Linderhof

En el interior del Castillo de Neuschwanstein ya habíamos encontrado una gruta de Venus, aunque de menor tamaño. Ésta, en cambio, es una auténtica cueva realizada artificialmente a base de yeso, acero y hormigón. La gruta está equipada con un lago, una cascada, un escenario, una máquina para fabricar olas, calefacción de aire caliente y efectos de iluminación eléctrica que cambian de color cada diez minutos.

El rey quería para su lago el mismo tono azulado que hay en la gruta azul de Capri, por lo que los técnicos tuvieron que viajar expresamente a la isla italiana dos veces con el fin de grabar en su mente esa misma tonalidad. En cuanto a la electricidad, se generaba mediante 24 dinamos que se encontraban en una edificación a unos 200 metros de la gruta, una de las primeras plantas eléctricas de Baviera. Así, con ayuda de la técnica más moderna, Luis pudo sumergirse en su particular gruta de Tanhäuser sentado como Lohengrin en una barca con forma de concha dorada acompañado por los cisnes y escuchando la música desarrollada en el escenario. Seguro que podéis imaginarlo allí, inmerso en sus fantasías.

Gruta de Venus de Linderhof

Como último apunte, os diré que fue en Linderhof donde tenían lugar los legendarios paseos nocturnos de Luis II montado en su fastuoso trineo de estilo rococó. La meta de dichos paseos era cualquiera de los 14 refugios de montaña que el monarca tenía repartidos entre las montañas cercanas.

Luis II en un trineo nocturno, obra de Karl Gottlieb Wenig (1886)

Herrenchiemsee, el palacio del aislamiento

El último de los palacios de la Ruta de Luis II de Baviera se encuentra algo más alejado de los otros, a una hora y media de Linderhof y a dos horas de Neuschwanstein, en dirección oeste hacia la ciudad de Salzburgo. Para visitarlo tendremos que llegar hasta el pueblo de Prien am Chiemsee, donde cogeremos un ferry para alcanzar una pequeña isla en medio del lago Chiemsee.

Ferry de Prien am Chiemsee
Llegando al embarcadero de la isla

El Palacio de Herrenchiemsee fue el proyecto más costoso de un rey que gastó prácticamente todo el presupuesto del Estado y su propio patrimonio privado en sus edificios (le costó unos 16 millones de marcos, frente a los 8,5 que invirtió en Linderhof y a los 6 de Neuschwanstein). Por otro lado, es el lugar que mejor ejemplifica la idealización de Luis II por Luis XIV, el Rey Sol.

Sendero para llegar al Palacio de Herrenchiemsee

Este proyecto, conocido con el seudónimo de Meicost Ettal (anagrama de la famosa frase del rey francés “L’État, c’est moi”, es decir, “el Estado soy yo”), iba a llevarse a cabo originariamente en los alrededores de Linderhof, sin embargo no existía suficiente espacio para las exigencias reales, por lo que se decidió construir el palacio en otra ubicación. El lugar elegido fue la tranquila isla Herreninsel, donde pretendía llevar a cabo el aislamiento más absoluto de su persona. ¿Dónde mejor que en una isla en medio de un gran lago?

Palacio de Herrenchiemsee

En 1874 Luis II visitó por fin su tan admirado Palacio de Versalles. Este hecho acrecentó la necesidad por parte del monarca bávaro de construir su propia versión, dando un paso más allá de lo que había supuesto Linderhof. Sin embargo, y si bien para el rey era importante reproducir fielmente algunas partes del palacio francés (como el eje central del jardín, la escalera de acceso o el Salón de los Espejos), tampoco aquí perseguía una vulgar imitación. “No copiar, sino construir al gusto de Luis XIV”, ésta fue la pauta que el propio Luis dio a los constructores, que comenzaron el proyecto en 1878.

Fachada principal del Palacio de Herrenchiemsee

El Palacio de Herrenchiemsee

Si, como ya habíamos visto, en Neuschwanstein prevalecía lo épico y en Linderhof la sofisticación, en Herrenchiemsee nos toparemos con la ostentación más absoluta y desmesurada. Georg Dollmann, el arquitecto real, estudió cada rincón del Palacio de Versalles (incluso aquellas salas que ya no existían), sin embargo el rey pretendía que su Herrenchiemsee superara a aquél en magnificencia y suntuosidad. Y desde luego que lo consiguió, al menos hasta el momento de su inhabilitación y su posterior fallecimiento, razones por las que el proyecto no llegó a terminarse nunca. Del proyecto original, solo dio tiempo a construir el cuerpo central, en forma de U, y el cuerpo izquierdo, que fue derribado en 1907.

Una pareja de pavos reales de bronce esmaltado decora el vestíbulo de la planta baja

En ambos extremos del cuerpo central se encuentran dos imponentes escaleras, la segunda de las cuales quedó sin revestir. La otra, en cambio, es hoy una espectacular réplica de la Escalera de los Embajadores de Versalles, aquella que existía en época de Luis XIV y que despareció en 1752, motivo por el cual el arquitecto tuvo que basarse en viejos bocetos para su diseño y construcción (aunque con el añadido de la claraboya, un invento del siglo XIX).

Mediante esta escalera accederemos al piso superior, donde visitaremos primeramente el ala este, con las tres antecámaras que preceden a la Sala de Audiencias, situada justo en medio del palacio. Esta última, de una decoración extraordinariamente costosa, fue la primera estancia de todo el palacio en ser terminada.

Escalera de acceso (Fuente de la imagen: www.schloesser.bayern.de)
Sala de Audiencias (Fuente de la imagen: www.schloesser.bayern.de)

El Salón de los Espejos de Herrenchiemsee, flanqueado por las salas de la Guerra y la Paz con las que alcanza la longitud total de fachada de aproximadamente 100 metros, es la joya indiscutible del palacio. Los arquitectos, artesanos y pintores reales pasaron mucho tiempo en Versalles estudiando minuciosamente el salón original (incluso se envió a un fotógrafo para que tomara imágenes). La estancia, terminada en 1882, sobrepasa en 8 metros la longitud del original.

No deja de ser curioso que fue precisamente fue en el Salón de los Espejos de Versalles donde, en 1871, el rey de Prusia Guillermo I fue nombrado Emperador de un nuevo estado unificado, Alemania. Toda la nobleza alemana estuvo presente aquel día, a excepción de un miembro, Luis II de Baviera, quien a partir de entonces se convirtió en un vasallo de Prusia. La pérdida de la independencia de la corona bávara representaría su mayor fracaso político y personal.

Salón de los Espejos (Fuente de la imagen: www.schloesser.bayern.de)

Ya en el ala oeste del edificio, pasaremos por la Sala del Consejo antes de llegar al dormitorio, donde el rey solo llegó a dormir los nueve días que duró su única estancia en el palacio. En el centro de la habitación destaca una lámpara con una esfera cuya tonalidad de azul intenso sumergía al monarca en un ambiente onírico durante la noche. El encargado de su diseño tuvo que luchar durante más de un año y medio para conseguir el color deseado por Luis II.

Una puerta secreta une el dormitorio con el vestidor y el baño, consistente en una bañera de forma ovalada que tardaba ocho horas en llenarse y en una decoración mural panorámica que representa el nacimiento de Venus.

Baño privado del rey (Fuente de la imagen: www.schloesser.bayern.de)

Seguidamente, el despacho, el comedor (con una “mesa mágica” como en Linderhof) y la Sala de Porcelana, una auténtica delicia cuyas consolas, floreros, arañas, marcos y demás elementos están elaborados de este frágil material. Un detalle interesante: en una de sus puertas hay un medallón pintado en el que aparece el rostro de Luis II, el único retrato del monarca en todo el palacio. Probablemente el pintor incluyó este pequeño homenaje a escondidas del rey, que nunca hubiera permitido tal cosa.

Finalizaremos el recorrido a través de la pequeña galería que conduce a la segunda escalera, aquella que quedó sin terminar. Su esqueleto de ladrillos quedará como el testimonio del sueño que jamás llegó a cumplirse por completo.

El Museo de Luis II de Baviera

Vuestra visita al Palacio de Herrenchiemsee terminará en la planta baja del ala sur, donde en 1987 se habilitó un museo dedicado al monarca bávaro. Allí se exponen retratos, bustos, fotografías históricas y túnicas ceremoniales originales, así como también bocetos y maquetas de sus edificios. De entre todos los objetos, destaca el faldón de su bautizo, su manto de coronación, algunos de los muebles que vistieron el lujoso apartamento que tenía en la Residenz de Múnich (el cual incluía un invernadero con un lago, todo destruido durante la Segunda Guerra Mundial), el primer dormitorio que tuvo el Palacio de Linderhof, uno de los primeros bocetos que el escenógrafo Christian Jank pintó para el diseño de Neuschwanstein, acuarelas del Castillo de Falkenstein (el siguiente capricho de Luis II que nunca llegó a erigirse) y una maqueta del teatro que el rey quiso regalar a la ciudad de Múnich (el cual tampoco llegó a hacerse realidad).

Los jardines de Herrenchiemsee

Karl von Effner volvió a encargarse de la planificación de los jardines, cuyo eje central debía tener exactamente las mismas medidas que el de Versalles. Delante de la fachada principal, dos estanques laterales con sendas fuentes inspiradas en las que hay en los jardines del Palacio de La Granja de Segovia representan a las figuras de la Fama y la Fortuna. Inmediatamente después, una fuente central representa a Latona, amante de Zeus, y a sus dos hijos, Artemisa y Apolo.

Fuente de Latona

Otra fuente, la de Apolo, y un embarcadero al final del canal (por donde el rey hubiese navegado con su barca personal) debían haber completado el eje central, sin embargo la muerte de Luis II lo impidió. Esta última parte desnuda quedará también como el recuerdo de lo que tuvo que ser y nunca fue.

Parte del jardín inacabada

El trágico final de un amante de la belleza

A finales de 1885 al rey le amenazaba el fantasma de la insolvencia. Acuciado por las deudas, se vio obligado a suspender los trabajos en Neuschwanstein y en Herrenchiemsee, y a renunciar a todos sus demás proyectos futuros. Había destinado todo sus recursos a sus edificios imposibles y también a apoyar a Richard Wagner subvencionando por ejemplo los festivales de su teatro en Bayreuth. El ministerio le negó ayuda económica y los bancos extranjeros le amenazaban con el embargo. La familia real temía por el buen nombre de la monarquía. En cuanto a sus ministros, temían ser responsabilizados de la deuda, que en 1886 alcanzaba ya los 14 millones de marcos.

Desde hacía tiempo se murmuraba que el rey podría tener problemas mentales, al igual que su hermano Otto. En los últimos tiempos había ganado peso considerablemente, hasta alcanzar los 130 kg. Se rumoreaba que conversaba con fantasmas durante las comidas y con un busto de María Antonieta que tenía en Linderhof. Finalmente se optó por tomar una decisión drástica: declarar al monarca un enfermo mental. El informe médico, firmado precipitadamente y de dudosa praxis, se basó únicamente en indicios y en las declaraciones de los sirvientes.

Luis II, ya adulto, representado como el Gran Maestro de la Orden de los Caballeros de San Jorge, obra de Gabriel Schachinger (1887)

En su dormitorio de Neuschwanstein Luis II vivió la peor hora de su vida cuando, en la madrugada del 12 de junio de 1886 una comisión médica presidida por el Dr. Bernhard von Gudden le anunció que acababa de ser inhabilitado de sus funciones como monarca. “No es necesario informar al pueblo sobre la situación actual de su Alteza Real. Las fuerzas mentales de su Majestad están tan mermadas que carece de todo razonamiento. Sus pensamientos y la realidad se contradicen, la forma de obrar de su Alteza ha perdido todo contacto con la realidad, por su elegido aislamiento que le lleva como a un ciego al borde del precipicio”, esto fue lo que le dijeron, a lo que Luis contestó: “¿Cómo pueden ustedes declararme incapacitado si hasta hoy día no me han visto ni me han examinado?”.

Esa misma noche el rey fue trasladado al Castillo de Berg, al sur de Múnich, bajo vigilancia médica. Pocos días después, salió a pasear con el Dr. Gudden por las inmediaciones del lago de Starnberg, un paseo del que nunca regresarían. Al día siguiente los cuerpos de ambos aparecieron flotando sin vida en el lago. Nunca se sabrá a ciencia cierta qué pasó en realidad. Justo en ese mismo lugar, se levanta hoy una cruz conmemorativa.

Hasta aquí la Ruta de los palacios de Luis II de Baviera, “el rey loco”, un ser que sufrió la hostilidad de un mundo del que se sentía atrapado. Un rey artista que se refugió en la fantasía y que terminó legándonos, sin él quererlo, tres obras excepcionales.

“Y cuando nosotros ya no pertenezcamos a este mundo, nuestras obras serán modelos brillantes que entusiasmarán en los próximos siglos y los corazones latirán conmovidos por el arte que nunca desaparecerá”.

Luis II, Carta a Richard Wagner (1865)

¿Te ha gustado este artículo cantinelero? Espero que lo hayáis disfrutado. ¡Pero no te marches aún! Además de la Ruta de los palacios de Luis II de Baviera, durante nuestro viaje de 6 días entre Baviera y Austria visitamos muchos otros lugares interesantes. ¿Tienes curiosidad por conocerlos? Puedes hacerlo en ESTE ENLACE.

Pueblo de Sankt Gilgen, en la región de los lagos de Salzkammergut (Austria)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *