Albarracín – Mora de Rubielos

Empezamos nuestro segundo día visitando Mora de Rubielos, el pueblo que está a unos pocos kilómetros de nuestro hotel. Lo primero que hicimos fue ir a ver su enorme castillo (de un tamaño exageradamente grande teniendo en cuenta que el pueblo es bastante pequeño), pero todavía no había abierto sus puertas, de modo que decidimos darnos una vuelta por el pueblo y volver luego a última hora del día. En esta parte de España los pueblos tienen un encanto especial, da gusto pasear por sus calles sin rumbo fijo y perderse sin querer.

Uno de los principales motivos por los que habíamos venido a la provincia de Teruel era la visita a Albarracín, catalogado como uno de los pueblos más bonitos de España. Nuestra curiosidad era extrema y nuestras expectativas muy altas.

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Itinerario

En aproximadamente una hora y cuarto, después de un último tramo de carretera muy interesante y pintoresco, llegamos al escondido Albarracín. A la entrada hay un amplio aparcamiento para que dejes allí el coche y no tengas que preocuparte más, únicamente por disfrutar. Lo primero que nos sorprendió de Albarracín es su ubicación privilegiada: se encuentra en plena Sierra de Albarracín, a unos 1180 metros de altitud y con un río pasando justo por al lado, el Guadalaviar. Desde el aparcamiento subimos a pie hasta el centro, concretamente hasta la Plaza Mayor, una auténtica maravilla, donde a las 11:30h debía comenzar una de las dos visitas guiadas que habíamos contratado por Internet para aquel día con la compañía El Andador.

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Plaza Mayor
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Plaza Mayor

La visita guiada en Albarracín comienza con una introducción histórica en la misma plaza. Una vez presentada la gran historia de Albarracín, se comienza un pausado recorrido por las calles de un tono rojizo apastelado, admirando sus calles empedradas y sus casonas. Este pueblo no tiene desperdicio ninguno y cada rincón es único.

El recorrido por las callejuelas de Albarracín discurre por entre un sinfín de construcciones dignas de mención. Resultan especialmente llamativas las mansiones de la antigua nobleza local, muestra del lujo y opulencia vividos en estas tierras siglos atrás, con sus escudos y blasones señoriales, sus rejas de forja en ventanas y balcones y las peculiares aldabas que visten sus puertas. En la visita guiada que nosotros seguimos, tienes la oportunidad de entrar en una de estas casas nobles y visitarla por dentro.

También te llevan a ver los rincones más bellos y especiales, así como también los lugares donde se encuentran las mejores panorámicas. En uno de ellos pudimos admirar la fabulosa muralla medieval de Albarracín, que protege a la ciudad con su brazo de piedra. Conviene mencionar que esta muralla formaba parte del primigenio sistema defensivo de la inexpugnable Albarracín, formado en sus épocas de máximo esplendor por tres fortalezas distintas: la de Doña Blanca, El Señorío y El Andador.

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Panorámica de Albarracín, con su muralla en lo alto

Otros edificios de interés en Albarracín son la Catedral, del siglo XIII-XIV, la Iglesia de Santa María, la Iglesia de Santiago  y el Palacio Episcopal, que no tuvimos tiempo de ver con detenimiento. Y es que esta ciudad bien merece una segunda visita en el futuro, y una tercera, y una cuarta.

Comimos estupendamente en uno de los bares del casco antiguo y volvimos al aparcamiento. Esa tarde teníamos programada una segunda visita guiada, una muy especial, dedicada a descubrir las pinturas rupestres de los alrededores de Albarracín. A nosotros siempre nos han gustado el arte, incluso el más antiguo y primitivo. A unos cuatro kilómetros de la localidad se encuentra un paisaje protegido en el Parque Cultural de la Sierra de Albarracín. Allí, sobre las areniscas rojas llamadas en la comarca “rodeno”, se encuentran un conjunto de “abrigos” con pinturas de Arte Rupestre Levantino que son Patrimonio de la Humanidad.

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Uno de los abrigos con pinturas, protegido con una valla

La visita dura alrededor de una hora y media, y como de costumbre éramos las únicas personas jóvenes de todo el grupo. La guía era la misma mujer que nos había acompañado por la mañana, una gran conocedora de la historia de Albarracín y de las pinturas, que representan escenas de animales como toros, ciervos y caballos, así como hombres cazándolos o danzando.

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Figura de un toro

Hay que fijarse mucho para ver las figuras, y no es para menos, ya que datan entre el 6000 y el 2000 a.C. La visita merece mucho la pena, no solo por las pinturas en sí, sino también por el paseo, que tiene su momento álgido cuando te llevan a ver un extraordinario mirador con un acantilado en caída libre.

Encantados con aquella visita, regresamos al coche para poner rumbo de nuevo a Mora de Rubielos y visitar, esta vez sí, su Castillo. Esta inmensa mole de piedra y ladrillo se debe a los Fernández de Heredia, una de las grandes familias nobles de Aragón, quienes se establecieron en el señorío de Mora en el siglo XIV. Queriendo colaborar con los reyes de Aragón frente a posibles incursiones castellanas, le dieron el actual aspecto de plaza inexpugnable a este castillo.

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Castillo de Mora de Rubielos

Toda la austeridad decorativa que presenta el exterior del castillo termina en cuanto accedemos a su interior. El castillo era el centro administrativo, económico y militar del señorío, pero también la residencia del señor. Por lo tanto, combinaba a la perfección la funcionalidad de este tipo de edificios con la comodidad, el confort y la belleza decorativa propia de un espacio donde residían y ejercían las labores de gobierno una familia importante como los Fernández de Heredia.

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Patio de armas
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Caballerizas

Después de visitar todas las dependencias del castillo, todavía nos quedaba energía para admirar la Iglesia de la Natividad de Nuestra Señora. Su construcción, entre los siglos XIV y XV, se debe también al enorme poder de los Heredia.

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Exterior de la Iglesia
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Interior

Satisfechos por todo lo que habíamos visto, regresamos al hotel y cenamos de nuevo en su restaurante. ¡Otra cena fantástica para un día fantástico! ¡Hasta mañana!

 

SIGUIENTE ETAPA DÍA 3