Amanece un nuevo día en Helguera, en la Posada La Cotía, donde José nos sirve el desayuno en el jardín. Hoy va a ser un día completito, aunque lo tenemos todo extremadamente cerca. Primero iremos a conocer la neocueva del Museo de Altamira, más tarde iremos a disfrutar de todo aquello que ofrece la ciudad de Comillas. Después de comer nos acercaremos el acantilado de El Bolao y por último, a Santillana del Mar, considerado uno de los pueblos más bonitos de España.

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Habíamos reservado por Internet para las 10.30h de aquella mañana la entrada al Museo de Altamira (entrada: 3€ por persona), al cual llegamos en solo 10 minutos. Como llegamos con tiempo suficiente, el personal nos invita a visitar el museo interactivo, donde aprendes datos acerca de la época del Paleolítico y del arte rupestre en general, antes de acompañarnos al interior de la neocueva. Y es que la auténtica cueva de Altamira no está abierta al público (se cerró cuando comprobaron que la gran afluencia de turistas era extremadamente peligrosa para la conservación de las pinturas), se diseñó una réplica exacta con un esquema exacto de la posición de las pinturas.

Una vez llegada la hora, una guía acompaña al grupo al interior y nos sumerge en un viaje en el tiempo. Nos explicó cómo se descubrieron las pinturas, cómo se cree que se pintaron, la datación aproximada de las pinturas… Lo más fascinante es que aún hoy en día se siguen haciendo nuevos descubrimientos. La cueva de Altamira, apodada “la Capilla Sixtina del arte rupestre paleolítico”, fue decorada varias veces hace entre 35000 y 14000 años, es decir, ¡a lo largo de 20000 años! El hallazgo se realizó en 1879 cuando la hija de ocho años de un terrateniente local, Don Marcelino Sanz de Sautuola, jugaba en la gruta mientras su padre cavaba el suelo buscando herramientas prehistóricas. De repente la niña avistó el grupo de grandes bisontes multicolores pintados en el techo. Todos los pormenores del hallazgo, así como las tribulaciones que este hombre sufrió para conseguir que se autentificaran las pinturas en unos tiempos oscuros para la arqueología, se recrean en la película de reciente estreno Altamira, con Antonio Banderas encarnando a Marcelino. Algunas escenas de esta película, por cierto, fueron rodadas en la neocueva.

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Altamira, película de 2016

Altamira tiene 296 metros de longitud, abarca una serie de salas y pasillos y termina en una larga y estrecha sección conocida como Cola de Caballo. Aunque el lugar se conoce principalmente por su techo excelentemente decorado, sus galerías contienen una gran cantidad de grabados, incluidos algunos trazos acanalados de dedos. En la Gran Sala se distribuyen una veintena de animales pintados, entre ellos 18 bisontes, un caballo y una cierva que mide dos metros y medio de largo, la figura más grande de la cueva. Las imágenes están realizadas en ocre, manganeso y carbón, y para realizarlas se aprovecharon algunas de las protuberancias que había en el techo, dando así volumen a los animales. No se sabe con seguridad cuántos artistas trabajaron en aquel espacio, lo que sí sabemos es que eran unos verdaderos genios. Solo hay que ir allí para comprobarlo.

La altura desde el suelo hasta el techo era sorprendentemente poco más de un metro, aunque en la neocueva uno puede estar perfectamente de pie ya que el suelo fue rebajado para permitir a los visitantes contemplar más fácilmente el techo. Como en el interior no está permitido hacer fotos, hemos utilizado una foto que hemos encontrado por Internet, para que os hagáis una pequeña idea de la experiencia:

En nuestra opinión merece la pena cada minuto que pasas allí, escuchando las explicaciones de la guía. Lo tienen todo muy bien organizado y aprendes muchísimo sobre este misterio asombroso que es Altamira. Salimos encantados por todo lo que aprendimos. Esta experiencia nos ha hecho replantearnos muchas cosas acerca del fenómeno mismo del arte: ¿dónde se genera el impulso humano por la creación? ¿Con qué fin se pintaron aquellas figuras extraordinarias? Preguntas sin respuesta que seguirán revoloteando en la mente de muchos estudiosos… y de muchos soñadores como nosotros.

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Entrada al Museo de Altamira

Volvemos al coche y ponemos rumbo a Comillas, una ciudad con una gran cantidad de atractivos y que nadie debería perderse. Llegamos en unos 20 minutos, aparcamos en uno de los párkings públicos que hay en la entrada, concretamente en la del Polideportivo, y disfrutamos a pie de una ciudad recientemente engalanada ya que justo aquel día se  estaba celebrando el día del Indiano.

Subimos por una cuesta que nos conduce a la zona más interesante y donde se encuentran tres edificios emblemáticos: el Palacio de Sobrellano, la Capilla-Panteón y el Capricho. En los tres tuvieron mucho que ver arquitectos de origen catalán, así que Rafa estaba en su salsa.

El Palacio de Sobrellano (o Palacio del Marqués de Comillas, entrada: 3€) solo se puede visitar con guía. Ya nos estábamos acostumbrando a las maravillosas visitas guiadas que se realizan por esta región, y esta tampoco defraudó en absoluto. La historia del Marqués de Comillas es muy interesante: nace más pobre que las ratas y termina convirtiéndose en uno de los personajes más influyentes de su tiempo. Vamos, como un sueño americano pero a la española. Incluso llegó a prestarle dinero al Rey de España para pagar la guerra de Cuba, y éste, para devolverle el favor, le concedió el título de marqués. En 1881, año en que se construye su palacio, Don Antonio López, Marqués de Comillas, era propietario de la mayor empresa naviera española, la Compañía Trasatlántica, había creado el Banco Hispano Americano, fundado la Compañía General de Tabacos de Filipinas, la Sociedad de Crédito Mercantil y poseía un alto porcentaje de la Compañía de Ferrocarriles del Norte, entre otros. Vamos, que tenía un coco privilegiado, el hombre.

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Palacio de Sobrellano

El edificio es sencillamente colosal. De estilo neogótico con tintes modernistas, el palacio fue concebido como residencia veraniega del marqués, que vivía en Barcelona con su familia el resto del año, y es obra del arquitecto Joan Martorell. En el interior hay algunas piezas de mobiliario diseñadas por el mismísimo Antoni Gaudí, el cual tenía una estrecha relación con el Marqués, pues una de las hijas de éste estaba casada con Eusebi Güell, el popular promotor del arquitecto.

Si la visita al palacio resulta interesante, todavía lo es más la visita a la Capilla-Panteón (entrada: 3€), realizada incluso antes que el anterior, en 1878, debido a que el hijo mayor del marqués había muerto joven y necesitaban tener lista la capilla para rezarle y poder enterrarle allí.

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Capilla-Panteón

La capilla es también obra de Martorell y fue concebida como una catedral a pequeña escala, dotada de girola. Cumple la función de mausoleo familiar pero también de templo donde celebrar oficios.

Su interior alberga los monumentos funerarios de los miembros de la familia, obras de escultores tan afamados como Josep Llimona o Agapito Vallmitjana.

Nuevamente Antoni Gaudí vuelve a estar presente, pues el sitial, los reclinatorios y los bancos fueron diseñados por él.

Todavía quedaba la mayor maravilla de todas, la razón por la cual habíamos venido hasta Comillas, pero tocaba reponer fuerzas y así lo hicimos en un bar-restaurante, El Filipinas. Rafa estaba deseando terminar de comer para entrar en uno de los tres edificios que Gaudí diseñó fuera de Cataluña, junto con el Palacio Episcopal de Astorga y la Casa Botines de León, que por supuesto visitaremos en futuros viajes. El Capricho (entrada: 5€) se conoce también como la Villa Quijano debido a que Gaudí la diseñó para un joven abogado que llevaba los asuntos legales del Marqués de Comillas, Máximo Díaz de Quijano.

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El Capricho

Gaudí tenía apenas 30 años cuando se terminó esta vivienda en 1885 y posiblemente sin saberlo había dado origen a la arquitectura surrealista e irrepetible de sus edificios de Barcelona y que más tarde se convertiría en un referente mundial. El pequeño edificio consta de tres plantas, a cual más increíble y bonita. La primera planta está constituida entorno a un invernadero central que servía para cultivar plantas tropicales y como salón de invierno. Sin embargo su ubicación responde a una genialidad del artista, pues al mismo tiempo juega un papel fundamental en la distribución de la luz y el calor por toda la casa.

La buhardilla del piso superior es un elemento al que Gaudí siempre concedía mucha importancia. En ella podemos apreciar mejor que en ninguna otra parte su genio creativo.

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Buhardilla

Se conoce que la mejor fuente de inspiración del arquitecto siempre fue la propia naturaleza, con sus caprichosas formas ornamentales que encontramos por toda la casa. De ello se nutre el movimiento modernista pero Gaudí lo transforma en un lenguaje singular y visionario.

El jardín de El Capricho, presidido por un patio en forma de herradura, ha sobrevivido al paso del tiempo y es uno de los pocos proyectos de paisajismo que se conservan del arquitecto. Inma y yo recorrimos este pequeño espacio sin parar de echar fotos. La cámara echaba humo… ¡Incluso nos encontramos al propio maestro sentado en un banco de piedra, mientras contemplaba su propia obra!

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Rafa y Antoni admirando El Capricho

Maravillados con El Capricho y con Comillas regresamos al aparcamiento y ponemos rumbo a Cóbreces, a muy pocos kilómetros. Habíamos oído que allí se encontraba uno de los acantilados más impresionantes de toda la costa cantábrica, y como nos encantan pues allí que fuimos. Eso sí, el acceso al Acantilado de El Bolao resulta algo lioso, no está muy bien señalizado y al final lo encontramos un poco de casualidad. Eso sí, cuando consigues llegar obtienes una sobrada recompensa…

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Acantilado El Bolao

Volvemos a tener un déja vu y nos parece estar de nuevo en Escocia. Desde luego, aquel viaje de luna de miel nos marcó sobremanera… Lo sabemos, somos conscientes de ello…

Nos dimos un buen paseo por la falda de aquel precipicio milenario, mientras escuchábamos cómo algunos metros más abajo el mar se rompía en mil pedazos al chocar contra las rocas. Ya en el coche, volvemos a la civilización dejando atrás a excursionistas que van a El Bolao a pie y a vaquitas que pastan a sus anchas, indiferentes y acostumbradas a los pocos turistas que llegan hasta allí.

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Vacas en los alrededores de El Bolao

Nuestro último destino del día es Santillana del Mar, quizás uno de los pueblos más famosos de Cantabria gracias a su belleza. Y sí, tenemos que decir que es bonito, y bastante, pero quizás no llegó a satisfacer todas nuestras expectativas, que eran muy altas. La masificación de turistas tampoco ayudaba demasiado. De hecho, en el único aparcamiento público que tuvimos que pagar fue en el de Santillana. Esta sensación de ligera decepción ya la habíamos sentido alguna vez en nuestros viajes, como por ejemplo en Praga (República Checa) o en Hallstatt (Austria), sobre las cuales teníamos depositadas grandes expectativas y al final, pues ni fu ni fa…

Que sí, que Santillana es muy bonito, es solo que a nuestro juicio no merece tantísima fama. sin embargo merece la pena darse un paseo de punta a punta y entrar a ver su Colegiata románica del siglo XII y, en especial, su fabuloso claustro donde curiosamente también se rodaron escenas de la película Altamira.

Y así terminamos nuestro recorrido de hoy, finalizando el día cenando en nuestra posada una exquisita cena que nos había preparado nuestra anfitriona Sofía y servida por su marido José. Bien cenados nos vamos a la cama que mañana hay que hacer muchos más kilómetros, ¡buenas noches!

SIGUIENTE ETAPA. DÍA 3