El refugio de los artistas

Hoy nos esperaba una auténtica sobredosis de arte. Primero Les Collettes, el último refugio del pintor impresionista Renoir. Más tarde visitaríamos la Fondation Maeght, una de las colecciones privadas de arte más importante del país, y el pueblo de Saint Paul de Vence, catalogado como uno de los más bonitos de Francia y última morada del pintor Marc Chagall. Remataríamos el día con la visita de la Chapelle du Rosaire pintada por Matisse y el museo Picasso de Vallauris. ¡Vamos allá!

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Itinerario

En Villa Velvet no tienen servicio de desayuno pero no importa porque tenemos una cocina en nuestra habitación. Desayunamos a nuestro aire nuestras propias cosas compradas el día anterior en el supermercado y nos preparamos unos bocatas para llevar y comer cuando nos apetezca en medio del camino, pues hoy tenemos muchas cosas que ver y no hay tiempo que perder.

La primera parada del día era Les Collettes, la última casa en la que vivió uno de nuestros artistas favoritos, Pierre-Auguste Renoir. Se encuentra ligeramente a las afueras de Cagnes-sur-Mer, a menos de quince minutos de nuestro hotel. El maestro residió en la finca sus últimos años de vida, desde 1907 hasta su muerte en 1919. Él mismo hizo construir la casa en medio de un extraordinario olivar de 150 árboles, el cual se convirtió en su musa particular, un paisaje que pintaría varias veces antes de morir. Al igual que Monet hizo durante sus últimos años en su propiedad de Giverny, Renoir se retiró en Les Collettes, donde tenía todo lo que él buscaba para pasar sus últimos días: una luz clara y brillante, unas vistas preciosas del pueblo de Cagnes sur Mer, un jardín para que sus hijos jugasen y un clima estupendo para sus problemas de artritits. Muchos amigos venían a visitar al gran maestro, entre ellos muchos artistas, como un joven Matisse, que le visitó en varias ocasiones e incluso llegó a pintar también en el jardín de la casa.

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El pueblo de Cagnes-sur-Mer visto desde el jardín de Les Collettes

Llegamos allí los primeros y fuimos los primeros en entrar. Para acceder a la casa Renoir aprovechamos la Côte d’Azur Card, una tarjeta que te da acceso a la mayoría de museos, monumentos y actividades de toda la Costa Azul. Nosotros la reservamos por Internet desde España y elegimos la opción de tres días, lo cual significa que puedes disfrutar de casi todas las atracciones de la región (visitas guiadas, rutas temáticas, buses turísticos, entradas a museos, etc.) durante tres días por 45€ por persona. Merece la pena si no vas a parar de ver cosas, como hicimos nosotros.

Nuestro primer regalo fue contemplar el inmenso jardín, donde uno encuentra diversas reproducciones de las obras de Renoir justamente en el lugar donde las pintó.

Al llegar a la casa, una bonita sensación recorrió todo nuestro cuerpo. Sentíamos la presencia del viejo maestro en todas las estancias: en la cocina, en el baño, en las habitaciones de sus hijos… y sobretodo en los dos talleres donde pasaba las horas dando forma a sus creaciones. Renoir, como iniciador del movimiento impresionista, fue uno de los precursores del arte moderno, pero no solo eso. De todos los primeros impresionistas, el suyo fue quizás el estilo más personal y más que el paisaje, su auténtica obsesión era el cuerpo femenino.

A Rafa se le paró el pulso literalmente cuando entramos en el taller principal del pintor. Allí estaba su silla de ruedas, fiel compañera de sus últimos momentos, cuando ya ni siquiera podía andar. Algunas fotografías corroboran el hecho de que, cuando ya ni siquiera podía sostener el pincel, solicitaba que se le atara a la mano con unas vendas para que quedara fijo y pudiera seguir pintando.

Hoy en día la propiedad Renoir alberga 14 telas originales del artista, así como diversas obras de sus amigos y discípulos que llegaron a alojarse en su casa. En la planta baja se exponen diversas esculturas originales que el maestro trabajó en colaboración con el joven escultor catalán Richard Guino.

De todas las esculturas, quizás la más célebre es la que se encuentra en el jardín delante de la casa, el bronce conocido como Venus Victrix, creada también en colaboración con Guino.

Embriagados de la luz que inspiró a Renoir, volvemos al coche y ponemos rumbo a nuestro siguiente destino, la Fondation Maeght, que se encuentra a las afueras del pueblo Saint Paul de Vence que luego visitaremos. Aunque la entrada es realmente cara (15€ por persona, incluyendo 5€ adicionales si deseas fotografiar en el interior), merece la pena adentrarse en este universo artístico diseñado por Marguerite y Aimé Maeght, coleccionistas de arte moderno.

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Entrada de la Fondation Maeght

Inaugurado en 1964 por André Malraux, entonces Ministro de Cultura francés, este conjunto arquitectónico fue creado para presentar diversas obras de arte moderno y contemporáneo en todas sus formas. El espléndido edificio es obra del arquitecto catalán Josep Lluís Sert, el mismo que concibió el edificio de la Fundació Miró de Barcelona.

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Inma enfrente de un Chagall, rodeada de Mirós

Verdadero museo integrado en plena naturaleza, el espacio combina salas de exposición interiores con jardines poblados por esculturas, cerámicas o vidrieras. Espacios únicos, creados expresamente para este lugar: el patio Giacometti, los mosaicos murales de Chagall, el estanque de Braque, el camino de vidriera de Ubac, la fuente de Bury o el laberinto Miró, una de las obras creadas “in situ” más famosas del mundo.

Esta fundación es un lugar imprescindible para los amantes del arte moderno. Además de la colección permanente, la institución presenta exposiciones temporales de los artistas más importantes del panorama actual. En aquella ocasión había una exposición dedicada al artista Christo, célebre por sus instalaciones ambientales como envolver entero el Reichstag de Berlín con una manta o el Pont Neuf de París. Para gustos, los colores. Para nosotros fue una auténtica lástima que por un tipejo así se ocuparan tres inmensas salas que normalmente albergan obras de Chagall o Calder… Os mostramos la obra principal de la exposición, una pirámide gigantesca formada por decenas de barriles de petróleo que el propio artista asemeja a una mastaba antigua.

De vuelta al aparcamiento, decidimos comernos los bocatas que nos habíamos preparado aquella mañana en el coche. Sabíamos que Saint Paul era uno de los pueblos más visitados y a la vez más pequeños de la Costa Azul, por lo que decidimos ir allí justo a la hora de comer para verlo sin agobios, al menos los menos posibles, y no nos equivocamos. Dejamos el coche en uno de los párkings subterráneos que hay a la entrada y empezamos a caminar. Si pueblos como Les Baux de Provence o Gordes ya nos habían encantado, Saint Paul de Vence fue sin la menor duda la guinda del pastel.

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Saint Paul de Vence

Saint Paul está entre las poblaciones cuya arquitectura de la Edad media se ha conservado casi intacta. Decir que es una delicia caminar por sus calles es quedarse corto. Cada rincón es sencillamente encantador.

El principal motivo que nos había llevado hasta allí no era únicamente la belleza del pueblo, la fama de la cual tiene bien merecida y habla por sí sola. Y es que si uno busca el pueblo artístico por excelencia, ese es Saint Paul. Resulta apabullante la cantidad de galerías de arte que se concentran en un espacio tan pequeño, cada cual más bonita. Sin duda la razón principal de este florecimiento artístico fue gracias a Marc Chagall, quien se instaló en Saint Paul junto con su esposa Vava en 1966. Allí encontró el marco ideal para continuar pintando sus surrealistas escenas de amor, hasta su muerte en 1985.

Chagall fue enterrado precisamente en el cementerio de Saint Paul y no podíamos dejar de hacerle una visita al artista que vuelve loca a Inma y presentarle nuestros respetos.

Era la hora de poner rumbo a un nuevo destino, a un nuevo templo para los amantes del arte. Nos dirigimos hacia Vence, otro encantador pueblo de la Costa Azul. Pasando ligeramente el pueblo se encuentra el convento dominico donde el pintor Henri Matisse diseñó y decoró él mismo la Chapelle du Rosaire. Como en todos los casos, hay que tratar de comprender las circunstancias que llevaron a la creación de una obra, y aquí con más razón. Esta pequeña capilla es la obra de un hombre mayor que todavía tiene energías para demostrar su enorme creatividad, por ello hay que contemplarla con ese pensamiento en la cabeza. Matisse contaba con más de 80 años cuando trabajó en esta capilla, entre 1948 y 1951, en gesto de agradecimiento por los cuidados que durante una larga enfermedad le había brindado una enfermera que luego se convirtió en monja.

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Chapelle du Rosaire, Vence

Una monjita muy simpática nos hizo pasar al interior de la pequeña estructura de planta angular. La impresión que tuvimos al entrar fue sobrecogedora, mística. El espacio es pequeño, íntimo, la decoración de Matisse es sencilla, enormemente sencilla pero transforma el sentido de la fe en algo revelador y artístico. El genio de Matisse era especialista en desprenderse de toda complejidad y quedarse con lo esencial, en este caso desprenderse de las fórmulas de representación características de la pintura religiosa para darle un protagonismo absoluto a la luz que entra a través de las impresionantes vidrieras. Quedarse con lo esencial, esa era la preocupación obsesiva de Matisse, y en esta obra se hace realidad.

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Vidrieras

Resulta especialmente fascinante el diseño de la pared de la nave principal, consistente en trazos negros sobre cerámica blanca, que representan gráficamente la virgen María con el niño, un sacerdote y diversas escenas del vía crucis. Poquísimos trazos para tantísima simbología.

Una vez más nos topamos ante la mala suerte, ya que no pudimos contemplar la parte de la terraza. Esta zona se encontraba temporalmente cerrada debido a reformas de restauración, y es que en un futuro no muy lejano, tras la reapertura, habrán nuevas salas que albergarán los bocetos originales de Matisse pertenecientes a su trabajo de la capilla. Nos conformamos con tomar una foto desde la carretera y que puede dar una idea de las formidables vistas del pueblo de Vence que se observarán desde allí.

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Pueblo de Vence desde la Chapelle du Rosaire

Al salir de la chapelle todavía era pronto. Queríamos dar un paseo por la playa y relajarnos un poco antes de cenar pero vimos que aún podíamos aprovechar el tiempo en visitar algo más, así que nos decantamos por ir al útlimo de los pueblos relacionados con Picasso, Vallauris, y admirar otro de los museos dedicados al artista. El pueblo se encontraba un poco alejado, así que tomamos la autopista para acortar camino. Al llegar allí aparcamos el coche en el párking subterráneo de una de las plazas más grandes de Vallauris (a partir de una determinada hora, el aparcamiento es gratuito), y nos dirigimos al Musée National Picasso.

En julio de 1946 Pablo Picasso se encaprichó de la cerámica y fue a Vallauris a aprender más a fondo el oficio, concretamente en el taller de Madoura. Esta ciudad, que ya tenía una amplia tradición como lugar de ceramistas desde época romana, experimentó un auge ceramístico importantísimo cuando Picasso decidió comprarse además una casa y un taller allí. En 1949 ofreció a la ciudad L’Homme au Mouton (El hombre con cordero), una estatua de bronce que colocó en la Plaza de la Iglesia, justo enfrente del museo situado en el castillo de Vallauris.

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L’homme au mouton, de Picasso

En el museo se exponen algunas cerámicas del maestro, pero nada importante. Sin embargo la iglesia del siglo XII que se encuentra anexa al museo, concretamente en la capilla, sí que encierra un suculento secreto digno de ser visitado: el mural “La guerra y la paz” que Picasso pintó en el verano de 1952.

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Se trata en realidad de dos murales que se unen formando una bóveda, uno dedicado a la guerra y otro a la paz. Es quizás una de las obras más monumentales que el pintor malagueño dedicó a este tema, después de que en 1936 pintara el archiconocido Guernica. Estar allí dentro significa experimentar el universo Picasso en toda su esencia. Como ocurre siempre con Picasso, ante su obra uno puede sentir la más profunda admiración o el más sincero rechazo. Esta obra nos causó ambas sensaciones a la vez, ¿curioso, verdad?

Saliendo de allí decidimos dar un paseo rápido por el pueblo. Nos dimos cuenta enseguida de que Vallauris es la Meca de la cerámica artística por la cantidad de ceramistas que uno puede contemplar a su paso.

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Avenue Georges Clemenceau, Vallauris

Ahora sí, ya estaba bien por hoy, de modo que nos dirigimos al hotel con la idea de dar un paseo por la playa. Ya en Vallauris habíamos notado que el cielo había empezado a nublarse y cuando llegamos a nuestro alojamiento empezó a llover así que de paseo por la playa, nada de nada. Pero aún teníamos una noche más, ¡así que vamos a esperar a mañana a ver qué pasa! Cenita en la habitación y velada romántica… Eps! A esto sí que no estáis invitados…

¡Hasta mañana!

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