Loarre – Bolea – Mallos de Riglos – San Juan de la Peña – Sta. Cruz de la Serós

Este es sin duda el día más esperado por nosotros en este viaje y también el día que más tenemos que madrugar. El tiempo amanece nublado y si se cumplen todas las previsiones, nos toca día de lluvia, lo cual no nos agrada demasiado. Nos sentamos a desayunar con Elia, que tiene su propia sillita adaptada. La pobre tiene unas ojeras de campeonato, sus papis la han obligado a levantarse antes de lo habitual, pero eso no impide que reciba como siempre con una gran sonrisa a Héctor, que nos sirve el desayuno amablemente.

Durante nuestra planificación previa ya decidimos estar a primerísima hora en el Castillo de Loarre, uno de los monumentos más importantes y visitados de Aragón, para disfrutarlo sin apenas gente. A pocos kilómetros de allí se encuentran otras joyas indispensables, una edificada por el hombre, la Colegiata de Bolea, y otra moldeada por la naturaleza, los Mallos de Riglos, que no perderíamos la ocasión de visitar. De regreso a Jaca, nos detendríamos en otro de los puntos obligados de toda la provincia de Huesca, el Monasterio de San Juan de la Peña, y por último en el pueblo de Santa Cruz de la Serós, que presume de tener dos templos románicos preciosos y de una gran importancia, la Iglesia de Santa María y la Iglesia de San Caprasio. Una ruta muy interesante, la de hoy, visitando verdaderas joyas medievales.

Castillo de Loarre, guardián de Aragón

Tardamos alrededor de 1h 15 minutos en llegar a Loarre. Como siempre, disfrutamos del camino en coche, pasando de largo el denominado Reino de los Mallos para volver más tarde. Llegamos a las inmediaciones del castillo sobre las 10h, justo la hora en que se abrían las puertas de la oficina donde se venden los tickets. Somos de los primeros en aparcar nuestro coche en el párking público al aire libre, el tiempo comienza a ponerse algo feo y chispea pero de momento aguanta sin llover fuerte. Esta vez Elia irá en la mochila porteadora porque esperamos que la visita en el castillo tenga diversas escaleras y tramos difíciles. De camino a la oficina de tickets (y tienda del castillo) vislumbramos el perfil de uno de los castillos medievales mejor conservados de Europa.

Castillo de Loarre

El Castillo de Loarre, Bien de Interés Cultural y Monumento Nacional desde 1906, fue construido en el siglo XI. Es una de las obras cumbre de las fortificaciones peninsulares y un bellísimo exponente del arte románico, que se ha conservado en condiciones inmejorables hasta nuestros días.

Castillo de Loarre

En cuanto a su edificación, podemos distinguir tres momentos importantes: el primero corresponde al año 1020, cuando el rey Sancho III el Mayor de Navarra decide su construcción, anexionándolo a su reino y convirtiéndolo en baluarte defensivo frente al poder musulmán. Es entonces cuando se construye el castillo primitivo, formado por el edificio real, la Capilla y el torreón de la Reina, el patio de armas, las estancias militares y la Torre del Homenaje. Pocos años más tarde, en el año 1071, se amplia el castillo mediante la construcción del Monasterio, motivada por el rey Sancho Ramírez, adecuándolo a las necesidades monásticas de la orden agustiniana. Ya en el siglo XIII, finalmente, se termina rematando el proyecto levantando la muralla exterior.

Después de comprar las entradas (visita por libre, sin visita guiada, 4’50€ por adulto) nos acercamos a la Puerta de la muralla exterior, que rodea todo el conjunto por el lado sur (el resto está protegido por la roca en la que se asienta el castillo) Tiene un perímetro de 172 metros y está compuesta por torreones semicirculares y uno rectangular.

Parte de la muralla exterior, con su puerta de acceso

Al cruzar la muralla, podemos contemplar el castillo en toda su dimensión. Se trata, en efecto, de uno de los mejores ejemplos de arquitectura militar y civil del continente.

Castillo de Loarre
Muralla de Loarre y torre

Subimos por la rampa de acceso al edificio justo en el momento en que comienza a apretar la lluvia. Entramos por la puerta principal y subimos la escalera de acceso, un ascenso bajo una espectacular bóveda de cañón decorada con ajedrezado jaqués. A nuestra izquierda, una primera dependencia, el cuerpo de guardia, una estancia que albergaba a los soldados que vigilaban la puerta principal. A nuestra derecha, la Cripta de Santa Quiteria, un pequeño lugar de culto.

Acceso a Loarre

Subiendo las escaleras, llegamos primero a la Iglesia de San Pedro, una capilla real realizada durante la primera fase de construcción de la fortificación en el siglo XI, de un estilo románico puro, justo antes de llegar a un cruce de pasillos. Estamos en la primera planta.

Escaleras
Cruce de pasillos

Desde aquí, podemos acceder al castillo prinitivo, de principios del siglo XI, ya en la segunda planta, o bien explorar la primera planta, donde se encuentran los distintos pabellones del monasterio, de finales del siglo XI. Estos sirvieron como dependencias de los antiguos canónigos y, posteriormente, como residencia de nobles.

Ruinas del monasterio agustiniano

También en la misma planta, encontramos los calabozos y la Torre del Homenaje, la más alta del castillo con 22 metros de altura. Esta tiene hasta cinco plantas, un refugio idóneo, ya que la única vía de comunicación entre la torre y el castillo era un puente levadizo, pudiendo quedar aislada del mismo en tiempos de asedio. Subimos hasta arriba con Elia en brazos mientras la lluvia nos da un respiro.

En lo alto de la Torre del Homenaje

Decidimos bajar por otro lado, quedándonos en la segunda planta. Allí podemos visitar el castillo antiguo, con su patio de armas en el centro, donde se encuentra la antigua Iglesia de Sta. María, la capilla primitiva del castillo antes de que el monasterio fuera adosado. En la zona norte, destacan los pabellones militares y las cocinas.

Antigua Iglesia de Sta. María
Patio de armas
Zona del castillo primitivo

Entre la Torre del Homenaje y la Torre de la Reina, ya en la segunda planta, se encuentra la sala de armas, que pertenecía al monasterio y sirvió como almacén de armas cuando el castillo fue residencia de nobles.

Acceso a la sala de armas
Sala de armas

Desandamos el camino volviendo a bajar las escaleras de acceso en dirección a la puerta principal. La visita del interior de esta fortaleza nos ha entusiasmado a pesar del mal tiempo, que parece que ya comienza a mejorar al fin. Y si bien el interior es digno de visitar teniendo en cuenta su excelente estado de conservación, sin duda el punto fuerte de Loarre es lo fotogénico de su exterior. Yo quería sacar buenas instantáneas de este lugar, así que me fui a explorar un poco los alrededores para encontrar las mejores perspectivas mientras Inma me esperaba en la cafetería con Elia. Este fue el resultado de mi expedición:

Castillo de Loarre
Castillo de Loarre

Me acerco cada vez más a la muralla, desde donde disparo mi cámara sin parar. Estoy solo, no hay nadie que estropee mis encuadres, a excepción de uno o dos visitantes que contemplan de cerca el perímetro del muro.

Castillo de Loarre
Castillo de Loarre

Me reúno con mis dos niñas en la cafetería, donde aprovechamos para tomarnos algo calentito y luego comprar nuestro pin de recuerdo en la tienda. Volvemos al coche y acomodamos a la pequeñaja para dirigirnos a otro interesante destino, no sin antes parar el coche en medio de la carretera, al salir del aparcamiento, para hacer las últimas fotos del castillo desde otra perspectiva diferente.

Colegiata de Bolea, parada obligatoria

Hasta el pequeño pueblo de Bolea tenemos unos 20 minutos. Para ser sinceros, la villa en sí no merecería una parada de no ser por su extraordinaria Colegiata de Santa María la Mayor, construida entre 1541 y 1559 y enmarcada en el tránsito del estilo gótico al renacentista. Para llegar hasta ella, en la zona más alta del pueblo, recomendamos dejar el coche y subir andando debido a sus estrechas callecitas. Eso sí, el último tramo correspondiente a las escaleras que conducen a la entrada del templo resultan algo incómodas si llevas carrito de bebé…

Colegiata de Bolea
La Colegiata de Bolea se yergue poderosa en la parte más alta del pueblo

Este templo fue Priorato de la Abadía Real de Montearagón, privilegio que mantuvo hasta 1571, fecha en que pasó a formar parte de la Diócesis de Huesca ya con la denominación de Iglesia Colegial. La construcción actual está asentada sobre la cimentación de un edificio románico del siglo XII, del que se conserva la torre-campanario y una cripta bajo el presbiterio.

Interior de la colegiata, con un techo compuesto de bóvedas estrelladas de crucería
Interior del templo

El interior, de planta de salón, cuadrada, con las tres naves de igual altura, es sobrecogedor. Sin duda el gran tesoro que guarda la Colegiata de Bolea son sus retablos, especialmente el Retablo Mayor, una auténtica obra maestra del Renacimiento español que atrae a miles de visitantes al año. Realizado entre 1490 y 1503, constituye una espléndida combinación de 20 tablas pintadas a la técnica del temple y 57 tallas de madera policromada.

Retablo Mayor de Bolea

Tanto la talla como la decoración del retablo son obra del maestro flamenco Gil de Brabante, que sigue el modelo en talla propuesto por la llamada Escuela de Bruselas. Sin embargo lo verdaderamente excepcional de esta obra lo constituyen las maravillosas pinturas realizadas por el Maestro de Bolea, pintor anónimo que, en una época todavía gótica en España, utilizó unos rasgos estilísticos verdaderamente vanguardistas.

Es hora de regresar al coche, bajando por las calles que antes habíamos subido (bajar siempre es mejor que subir, sobretodo con carrito…). Llegamos en muy pocos minutos y ponemos rumbo a nuestro nuevo destino.

Reponiendo fuerzas en Ayerbe

Antes de llegar a nuestra siguiente parada del día, los Mallos de Riglos, decidimos parar a comer en el pueblo de Ayerbe, famoso entre otras cosas por albergar el Centro de Interpretación Ramón y Cajal, que se encuentra en la misma casa en la que vivió la familia de este gran científico español durante el tiempo en que su padre ejerció como médico en Ayerbe (1860-1869). Llegamos en unos 20 minutejos y aparcamos el coche fácilmente. Comimos en uno de los bares de la Plaza Ramón y Cajal, justo al lado del Palacio de los Marqueses de Ayerbe, también conocido como Palacio de Urriés, finalizado en el siglo XVI. Del servicio que nos brindaron en aquel bar, en el cual casi nos morimos por la eterna espera, mejor no acordarnos… Eso sí, a nuestra hija le salió su segundo pretendiente del viaje en una mesa vecina a la nuestra, un bebé bastante simpático, algo mayor que Elia, que parecía querer jugar con ella, aunque ella no estaba mucho por la labor (no le gusta demasiado que la molesten cuando está comiendo…).

Palacio de los Marqueses de Ayerbe, con un busto dedicado a Ramón y Cajal a la izquierda

Mallos de Riglos, escultura geológica

El cielo vuelve a encapotarse mientras nos dirigimos a la pequeña localidad de Riglos, famosa en toda España gracias a los gigantes rocosos que la custodian. Desde Ayerbe tardamos aproximadamente 15 minutos. Los Mallos de Riglos se encuentran muy cerca del río Gállego y de la frontera con la provincia de Zaragoza, en el marco del que se ha denominado muy acertadamente el Reino de los Mallos, ya que además de los de Riglos están los de Agüero, a pocos kilómetros de allí al otro lado del río.

La carretera que discurre paralela al río Gállego es sencillamente espectacular
Los Mallos de Riglos, desde la carretera

Los Mallos de Riglos son unas grandes masas de piedra conglomerada en paredes verticales de color rojizo, resultado de la milenaria acción geológica. Las más altas alcanzan casi los 300 metros de altura. El lugar es ideal para realizar escalada y rutas senderistas (la más popular, la ruta circular El camino del cielo), así como también para admirar todo tipo de especies de aves como buitres.

Los imponentes Mallos sobre la localidad de Riglos, desde el mirador que hay justo antes de llegar al pueblo

Nunca habíamos visto nada igual. Como ya había empezado nuevamente a llover, decidimos quedarnos en el mirador que hay justo antes de llegar al pueblo de Riglos, desde donde obtuvimos una panorámica fantástica de estos gigantes de piedra. Nos quedamos con ganas de entrar en el pueblo para verlos más de cerca, pero lo cierto es que no nos importa tener un motivo para regresar algún día.

Mamá Inma y Elia con los Mallos de Riglos de fondo, en el mirador

Monasterio de San Juan de la Peña

Desde Riglos hasta San Juan de la Peña hay aproximadamente una hora y 10 minutos. El último tramo, el que va de la N-240 subiendo la montaña hasta el mismo monasterio, dejando atrás el pueblo de Santa Cruz de la Serós (la que será nuestra última parada del día), es especialmente sinuoso y lleno de curvas. Existen en realidad dos monasterios de San Juan de la Peña: el primero, el Monasterio Viejo, de época medieval, es quizás uno de los monumentos más importantes y con más historia de Aragón. El segundo, el Monasterio Nuevo, fue levantado unos cientos de metros más arriba entre los siglos XVII y XVIII como consecuencia del pavoroso incendio que, un 24 de febrero de 1675, asoló el monasterio antiguo. Ascendiendo la carretera de frondosa vegetación, de repente te encuentras con el monasterio viejo en su hermosa ubicación, enclavado literalmente en la roca de la ladera, pero aquí mismo no está permitido aparcar porque la carretera es demasiado estrecha. En vez de eso, uno debe seguir hacia adelante dejando atrás el monasterio viejo para alcanzar el monasterio nuevo, donde se encuentra un amplio aparcamiento en pleno bosque. Allí dejamos nuestro coche y fuimos corriendo hasta la entrada del monasterio nuevo, debido al mal tiempo, optando en esta ocasión por la mochila porteadora para llevar a Elia.

Una vez allí nos explican que lo mejor es visitar primeramente el Centro de Interpretación del Monasterio Nuevo para después coger el autobús (incluido en la entrada) que te baja hasta el Monasterio Viejo (entrada completa, 8’50€ por adulto). La lluvia no nos daba tregua, y resultó agradable empezar nuestra visita a cubierto.

El Monasterio Nuevo comenzó a construirse un año después del incendio, en 1676, y fue rematado ya en el siglo XIX, cuando sus dependencias fueron abandonadas por los frailes. Por suerte, ya en el siglo XX el Gobierno de Aragón se ocupó del monumento, rehabilitándolo por completo. Si bien el diseño del edificio constituye uno de los ejemplos más perfectos de la arquitectura monástica en la Edad Moderna, en el interior podemos disfrutar de una visita interactiva propia del siglo XXI. En el amplio Centro de Interpretación, repleto de pantallas táctiles y paneles informativos, uno puede caminar por un suelo de cristal y contemplar debajo del mismo las diferentes dependencias de lo que un día fue el monasterio (las habitaciones de servicio, la cocina, la botica, el refectorio, la bodega, la despensa…), todas ellas ambientadas con figuras de frailes hechas de cerámica blanca y a tamaño natural. Desde luego, una experiencia muy original y curiosa.

Centro de Interpretación del Monasterio Nuevo
Figuras blancas bajo el suelo de cristal

Una vez visitado el amplio complejo monástico, nos dirigimos hacia la parada del autobús que nos conducirá, unos pocos metros carretera abajo, hasta el Monasterio Viejo (Real Monasterio de San Juan de la Peña). Se notaba que el conductor hacía ese mismo trayecto cientos de veces al día porque ni siquiera con lluvia era capaz de tomar las curvas despacito… Una vez allí, nos somos capaces de resistirnos a contemplar el bellísimo edificio enclavado en la enorme roca que le da nombre.

Monasterio de San Juan de la Peña

Nos dirigimos a la entrada y comenzamos a visitar el edificio. Está programada una visita guiada en pocos minutos, así que hacemos un poco de tiempo hasta que llega la hora de unirnos al grupo. Solo pudimos aguantar siguiendo a la guía unos pocos minutos, pues a Elia se le antojó que debía ser mucho mejor visitar el monasterio por libre (tuvimos que abandonar el grupo debido a sus llantos). ¡A partir de ahora debemos adaptarnos a su ritmo y a sus necesidades!

Los orígenes del Monasterio Viejo se remontan al siglo X, cuando el edificio original daba refugio a las comunidades cristianas asediadas por los musulmanes. Un siglo después fue refundado bajo el nombre de San Juan de la Peña por Sancho III el Mayor de Navarra, sí, el mismo que mandó construir el Castillo de Loarre. Fue este monarca quien introdujo en él la regla de San Benito, norma fundamental en la Europa medieval. A lo largo del siglo XI el edificio se convirtió en Panteón de reyes y en el monasterio predilecto de la incipiente monarquía aragonesa. De hecho se dice que San Juan de la Peña es la cuna del Reino de Aragón, además de un lugar eternamente vinculado con la leyenda del Santo Grial, que al parecer se custodió aquí antes de llegar a Zaragoza y posteriormente a Valencia.

El museo de los capiteles, en el interior del Monasterio Viejo

Aunque mucho más pequeño que el Monasterio Nuevo, el interior del Monasterio Viejo posee varias estancias de gran valor histórico. El conjunto se divide en dos niveles del altura: en el nivel más bajo, se encuentra la Iglesia inferior, la más antigua, consagrada en el año 920 a los santos Julián y Basilisa, y la erróneamente conocida como Sala de los Concilios, que en realidad funcionaba como dormitorio de los monjes que vivían en la misma época que la iglesia.

En el nivel alto, podemos encontrar el museo de los capiteles, que alberga una colección de diversos capiteles encontrados en diversas fases de restauración del monumento; el Panteón de nobles, panteón neoclásico que sustituye al Panteón Real original que albergaba los restos de los reyes de Aragón; la Iglesia nueva, comenzada en tiempos de Sancho el Mayor y terminada en época de Sancho Ramírez; y por último el claustro, la verdadera joya del edificio, una pieza única tanto por su valor histórico como artístico.

Panteón de los nobles
Algunas de las tumbas empotradas literalmente en el muro del Panteón de los nobles, cada una con un relieve diferente
La triple cabecera de la Iglesia nueva
Ábside central, con una réplica del Santo Grial

El espléndido claustro se encuentra literalmente protegido por la descomunal roca, aunque al aire libre. Se trata de uno de los más curiosos que sin duda hemos visto en nuestros viajes (siempre nos han encantado los claustros, por la magia y el sosiego que emanan).

Claustro de San Juan de la Peña

En la actualidad, el claustro conserva prácticamente íntegros los lados norte y oeste, habiendo desaparecido los lados sur y este, es decir, los más próximos a la roca.

Claustro, desde sus dos lados incompletos
Claustro, desde sus dos lados completos

Es una verdadera lástima no poder disfrutar del programa iconográfico de los capiteles en su totalidad porque los que se conservan son una obra de arte. Merece la pena detenerse a observar con detalle todos ellos. Los estudiosos han creído averiguar la mano ejecutora de los mismos por el estilo inconfundible del escultor anónimo conocido como Maestro de Agüero o Maestro de San Juan de la Peña. En uno de los lados del claustro se encuentra la Capilla de San Victorián, una preciosa construcción de estilo gótico añadida para albergar los enterramientos de diferentes abades.

Claustro de San Juan de la Peña

Una vez terminada nuestra visita, salimos a esperar al autobús para que nos lleve de nuevo arriba. Había estado lloviendo durante todo el tiempo que habíamos permanecido protegidos por la roca de la ladera, y ahora nos encontrábamos cobijados en la minúscula parada de autobús junto a otras familias que también esperaban nuestro transporte.

Santa Cruz de la Serós

Cogemos el coche y nos dirigimos a nuestro último destino del día, el precioso pueblo de Santa Cruz de la Serós, que al igual que San Juan de la Peña se encuentra en plena ruta del Camino de Santiago aragonés. El mal tiempo seguía sin darnos tregua, lo cual impidió que pudiéramos disfrutar de uno de los pueblos más bonitos de toda la provincia de Huesca.

Santa Cruz de la Serós
Santa Cruz de la Serós

Sin embargo yo no me quise resignar a sacar algunas fotos de los dos templos más importantes del pueblo y al mismo tiempo de todo el románico jaqués: la Iglesia de Santa María y la Iglesia de San Caprasio.

Iglesia de San Caprasio

La pequeña Iglesia de San Caprasio (acceso cerrado en aquel momento) se encuentra a la entrada del pueblo. Del siglo XI, es de una bella y austera arquitectura de estilo lombardo, uno de los pocos ejemplos de este estilo en la comarca de Jacetania y en todo el Pirineo aragonés.

Iglesia de San Caprasio
Alrededores de San Caprasio

Iglesia de Santa María

La otra iglesia, de Santa María (acceso libre), contemporánea de la Catedral de Jaca, se encuentra en el centro del pueblo, a muy pocos metros de allí. Sin embargo fuimos hasta allí en coche porque quería que Inma, que se quedó dentro del vehículo para cobijarse de la lluvia y dar de comer a Elia, pudiera al menos verla por fuera. El templo es el único resto del antiguo monasterio benedictino fundado en el siglo X y habitado por las religiosas (sorores o serols, título del que proviene el nombre del pueblo de la Serós), que vivieron allí hasta que en el siglo XVI el Concilio de Trento impuso la obligación de trasladar las comunidades religiosas situadas en ámbitos rurales a núcleos urbanos, momento en que éstas se trasladaron a Jaca.

Iglesia de Santa María

El monasterio fue fundado por Ramiro I de Aragón hacia el 1060 y alcanzó su mayor esplendor durante la estancia de Doña Sancha, personaje icónico en Aragón, hija de Ramiro y hermana del rey Sancho Ramírez. Esta mujer desempeñó un papel crucial durante el reinado de su hermano, llegando a dirigir el Monasterio de Siresa y a ingresar en el Monasterio de Santa María de Santa Cruz de la Serós como abadesa en 1070. Allí fue enterrada tras su muerte en 1095 en un espléndido sarcófago que, actualmente, se encuentra en el Real Monasterio de las Benedictinas de Jaca.

Iglesia de Santa María

De nuevo nos encontramos ante la unión perfecta entre un alto interés histórico, una preciosa arquitectura y una ubicación envidiable. Enamorarse de Huesca es algo sencillamente irremediable.

Interior de Santa María, de una sola nave

Con esta preciosa estampa de esta joya románica, otra más de las incontables que se conservan en Huesca, damos por finalizado el día de hoy, el cuarto por tierras aragonesas.

La espléndida torre de Santa María en medio de la frondosa vegetación del pueblo de Santa Cruz de la Serós

¡Menudo día el de hoy! Ya solo nos apetece llegar al hotel y descansar. Esta noche toca comprar la cena en un McDonald’s porque ya no nos quedan ganas para nada más.

¡Buenas noches!

SIGUIENTE ETAPA. DÍA 5

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