Día 3 en Berlín: entre el horror y la belleza

Mis padres nunca olvidarían aquel tercer día en Berlín, fundamentalmente por dos razones: primero, porque iban a visitar por primera vez uno de esos templos del horror llamados campos de concentración nazis donde el sufrimiento humano llegó a alcanzar las cotas más altas, tanto que aún sigue impreso en sus paredes. Me refiero al campo de Sachsenhausen, situado en Oranienburg, a las afueras de Berlín (segunda excursión que haríamos con la empresa Civitatis). La segunda razón era que al fin iban a poder cumplir uno de sus sueños, el de contemplar el célebre busto de Nefertiti, custodiado con medidas de seguridad extremas en el Neues Museum, uno de los 5 que forman la Museumsinsel (Isla de los Museos). Una jornada de contraste absoluto entre horror y belleza que terminó con la visita de la Berliner Dom, o lo que es lo mismo, la Catedral de Berlín. ¿Promete o no promete, el día de hoy?

Después de tomar nuestros croissants matutinos en el Flower’s Boardinghouse Mitte volvimos a dirigirnos, al igual que en el día de ayer, a Alexanderplatz, punto de encuentro de la que iba a ser nuestra segunda visita guiada con Civitatis. Esta vez de la mano de Javier, un fantástico guía argentino afincado en la capital alemana, íbamos a visitar uno de los campos de concentración más antiguos del Tercer Reich, Sachsenhausen.

Campo de concentración de Sachsenhausen

La primera vez que visitas uno de estos lugares te marca para siempre. El primer campo de concentración nazi al que tuve la oportunidad de ir fue el de Mauthausen, en Austria, de cuya experiencia todavía no he llegado a recuperarme del todo. Luego visité un segundo, el de Dachau, cerca de Múnich, durante el mismo viaje por tierras bávaras y austriacas en 2015, pero ya no fue lo mismo. Aunque ellos aún no lo sabían, yo tenía la absoluta certeza de que aquella mañana iba a ser inolvidable para mis padres. Porque la primera vez en una de estas fábricas de matar nunca se olvida.

El grupo de visitantes liderado por nuestro guía Javier salió puntual a las 10h de la mañana en dirección a la estación de U-BAHN (metro berlinés) de Alexanderplatz, desde donde conectamos con la estación de Friedrichstraße para tomar el S-BAHN (tren de cercanías) que nos llevaría a la ciudad de Oranienburg en un trayecto de apenas 30 minutos.

Un poco de historia

Fue precisamente en Oranienburg donde los nazis levantaron en marzo de 1933, solo dos meses después de que Hitler fuera nombrado canciller de Alemania, el que sería, junto al de Dachau, el primer campo de concentración para opositores al régimen. Este primer campo estaba dirigido por miembros de las SA (tropas de asalto) y estaba situado justo en el centro de la ciudad, en la carretera principal que llevaba a Berlín, por lo que los vecinos podían ver y oír todo lo que allí sucedía. Se estima que fueron encarceladas unas 3.000 personas. Tras la Noche de los Cuchillos Largos y la caída en desgracia de las SA, las SS tomaron el control del campo y lo clausuraron en 1934.

Campo de concentración de Sachsenhausen

Los nazis aprendieron de sus errores y levantaron el nuevo campo de Sachsenhausen a las afueras de la ciudad, lejos de miradas indiscretas, en el verano de 1936. Este tenebroso lugar estuvo en funcionamiento hasta 1945, recibiendo a más de 200.000 presos según las estimaciones oficiales. Pero el último capítulo de su macabra historia no se escribió con la liberación en 1945, pues a partir de ese momento pasó a ser utilizado por el servicio secreto soviético (NKWD) como campo especial para criminales de guerra nazis y disidentes políticos del nuevo régimen impuesto por la URSS. La historia se repetía nuevamente y se calcula que entre 1945 y 1950, año de su desmantelamiento definitivo, pasaron por allí unos 60.000 prisioneros.

En 1961 el gobierno de la antigua RDA inauguró en Sachsenhausen el Monumento Nacional del Recuerdo y la Conmemoración presidido por un gran obelisco 40 metros de altura que pretendía simbolizar la victoria del antifascismo. En los años 90, tras la caída del muro y la reunificación de Alemania, se abrió al público como memorial.

Comienza la visita

Para llegar hasta allí desde la estación de Oranienburg, nuestro grupo guiado por Javier recorrió los casi 2 km de distancia de trayecto a pie, el mismo que debían hacer los detenidos y durante el cual muchas veces eran increpados e insultados por los propios habitantes de la ciudad. Justo antes de llegar, el guía nos hizo reparar en algunas casas próximas a la entrada del campo, hoy en día propiedad de algunos vecinos, pero que en el pasado sirvieron de residencia a las familias de los SS que trabajaban en Sachsenhausen.

CONSEJO CANTINELERO

La visita al campo de concentración de Sachsenhausen se puede hacer por libre, ya que la entrada es completamente gratuita. Tenéis la posibilidad de disponer de una audioguía en distintos idiomas (español, alemán, inglés, italiano, francés y holandés) por solo 3€. Sin embargo, desde aquí os aconsejo encarecidamente que contratéis un tour organizado como el que propone Civitatis, pues la experiencia resultará mucho más enriquecedora e instructiva.

El Centro de Recepción y la maqueta

Una vez allí, nos colocamos entorno a la gran maqueta que hay en la entrada del memorial junto al Centro de Recepción de Visitantes, para atender a las primeras explicaciones de nuestro guía en relación a cómo se organizaba el campo, que se diseñó con una planta triangular para una mejor vigilancia y control. Allí nos dimos cuenta de la magnitud de un proyecto que llegó a servir como campo modelo a otros que se levantarían posteriormente a lo largo y ancho del Reich.

Nuestro guía Javier explicando al grupo la distribución del campo

La calle principal

Después de cruzar el Centro de Recepción de Visitantes, Javier nos guió a través de la calle principal del campo que separaba la zona de los prisioneros de la que ocupaban las tropas de las SS. A nuestro paso, pudimos ver la casa-cuartel donde se alojaba la guardia del campo y que, según fuimos informados, era también utilizada como burdel y lugar de celebración de fiestas descontroladas que servían para el «desahogo» de la plana mayor de la comandancia.

Calle principal del campo, con fotografías antiguas y explicaciones colgadas del muro
La temible casa-cuartel de la guardia del campo, fuera de los límites del campo de prisioneros

La zona de comandancia

Pasamos luego a la zona de comandancia (donde antiguamente se encontraban las oficinas, los alojamientos y hasta el bar privado de los comandantes), antesala del campo de prisioneros propiamente dicho. Antes de atravesar el edificio de entrada a éste, reparamos en un pequeño reloj en su parte superior que, como detenido en el tiempo, marca la hora en que fue liberado el campo de Sachsenhausen por las tropas soviéticas el 22 de abril de 1945, exactamente las 23:08h. En la puerta, encontramos la cínica frase presente en casi todos los accesos a los campos de concentración nazis, «Arbeit macht frei» («el trabajo os hará libres»).

Edificio de ingreso al campo de prisioneros, con el reloj en la parte superior
Entrada al campo

El campo de prisioneros

Cruzada la puerta, una inmensa explanada se abrió ante nosotros. Se trata del gran patio central, la Appellplatz, donde tenía lugar el recuento de los presos varias veces al día, lo que a menudo se traducía en varias horas de tortura por el frío y la lluvia. En esta zona, además, los nazis probaban el nuevo calzado que los soldados alemanes llevarían a la guerra… con los propios presos. Con ese fin, éstos debían caminar sobre diversos tipos de superficies durante horas, lo que en realidad se trataba de una de las múltiples formas de tortura a las que eran sometidos (cínicamente se les comunicaba que, con esta acción, estaban contribuyendo a la economía y a la gloria del Reich).

En el perímetro del campo, además de las vallas electrificadas, existía una zona con carteles que indicaban “Neutrale zone: Es wird ohne Anruf sofort scharf geschossen” (Zona neutral: toda persona que entre en esta zona será disparada sin previo aviso). Los prisioneros sabían que no podían cruzar esta zona, pero a menudo eran obligados por los guardias a hacerlo a punta de pistola.

Desde la torre principal, la torre A, situada en el mismo edificio de entrada, se podía obtener un control visual absoluto y vigilar cualquier intento de fuga por parte de los presos. Inmediatamente después del patio central, un amplísimo semicírculo sobre el que antiguamente se alineaban los barracones construidos en madera donde éstos dormían. Actualmente unos marcadores en el suelo señalan el emplazamiento exacto que ocupaban las barracas, ya que hoy en día ya no se conservan. Resulta estremecedor contemplar tan enorme espacio fantasmal, al modo de un funesto cementerio simbólico.

Zona de las barracones, con las líneas delimitando el espacio que ocupaban en el pasado

Los barracones 38 y 39

De todos los barracones, los únicos en ser reconstruidos con sus materiales originales son los números 38 y 39. Ambos pertenecían al denominado «campo pequeño», reservado a los prisioneros judíos que malvivieron allí hasta octubre de 1942, cuando fueron deportados a Auschwitz. Curiosamente ambos barracones fueron víctimas de un acto vandálico en 1992, cuando un grupo de personas de ideología neonazi intentó quemarlos. En vez de restaurarlos, se decidió conservar las huellas del incendio como recordatorio de lo que la barbarie y la intolerancia son capaces de provocar aún hoy en día.

Barracones 38 y 39

Ambos barracones tienen la finalidad de ilustrar al visitante sobre las condiciones infrahumanas en la que malvivían los prisioneros judíos (pueden verse las literas triples y las zonas de aseos), sirviendo como espacios conmemorativos consagrados a la memoria de todos aquellos que sufrieron tales atrocidades. En su interior, sendas exposiciones relatan la persecución nazi de los judíos y los horrores de la vida cotidiana en el campo mediante biografías, audiovisuales y objetos originales (por respeto a la memoria de las víctimas, estos pequeños museos son el único lugar de todo el memorial de Sachsenhausen donde no está permitido hacer fotografías).

Literas del barracón 38
Zona de aseo del barracón 38. Nótese en las paredes las marcas del incendio de 1992

Las celdas de castigo

¿Una prisión dentro de una prisión? Algo que podría resultar inconcebible para una mente en su sano juicio no lo era desgraciadamente para las mentes enfermas de odio de los criminales nazis. Como ocurría en la mayoría de campos de concentración, en las celdas de Sachsenhausen se encerró y se torturó a muchos prisioneros, algunos de ellos especialmente ilustres y «ejemplarizantes» para el resto, como por ejemplo Gyula Alpári (político y propagandista comunista húngaro), Rupert Mayer (sacerdote jesuita alemán, símbolo de la resistencia católica contra el nazismo en Múnich) o Martin Niemöller (pastor protestante alemán, famoso por oponerse al control estatal de las iglesias por parte de los nazis).

Cárcel de Sachsenhausen

Junto a la galería de celdas, nuevas marcas en el suelo recuerdan la existencia de dos alas de castigo más. Y allí de pie, en el antiguo patio de la cárcel, tres postes de madera con ganchos recuerdan otro método de tortura de una crueldad sin parangón: allí se colgaban a los presos con las manos juntas atadas a la espalda y se les dejaba de esta guisa, a la intemperie durante días. Como podréis comprender, a mis padres y a mí se nos puso el vello de punta en aquel momento.

Zona de celdas, con los tres postes de madera que servían para torturar a los prisioneros

La cocina

Desgraciadamente éstos que hemos mencionado no eran los únicos métodos de tortura utilizados impunemente en los campos de concentración. Los nazis disponían de un catálogo extremadamente variado de técnicas y objetos destinados al castigo de los reclusos. Muchos de ellos se exponen actualmente en la antigua cocina del campo de Sachsenhausen junto a otros de uso cotidiano.

Objeto de tortura en Sachsenhausen
Exposición de objetos cotidianos en la antigua cocina del campo

En el sótano de dicha cocina se encuentra el antiguo cuarto de pelar patatas. Allí me llevé una verdadera sorpresa, pues en sus muros se conservan prácticamente intactas algunas pinturas y dibujos que algún artista plasmó para decorarlos con escenas aparentemente cómicas de personajillos en forma de frutas y hortalizas. A mí, sin duda, me pareció que dichas representaciones tenían un segundo mensaje oculto que revelaba mucho más que el meramente aparente.

Sótano de la cocina
Pintura original de un muro del sótano

El Monumento soviético

En la punta superior del triángulo de la planta del campo de concentración, el antiguo gobierno de la RDA erigió en 1961 un obelisco de 40 metros de altura que servía como lugar central del Monumento Nacional de Recuerdo y Conmemoración de Sachsenhausen. Hoy forma ya parte de la historia del campo.

Monumento soviético

La macabra «Estación Z»

Tras el perímetro del campo de prisioneros y oculto a las miradas indiscretas, se encontraba la denominada «Estación Z» al tratarse del espacio donde los reclusos exhalaban su última bocanada de vida. Esta zona, sin duda la más macabra de todas, aglutinaba la fosa de fusilamiento, los hornos crematorios y la cámara de gas, entre otros espacios destinados al exterminio de personas.

Zona de la fosa de fusilamiento
Fosa de fusilamiento

Hoy en día casi nada de estos espacios se mantiene en pie, únicamente la fosa de ejecución de presos políticos y algunos pocos vestigios de las salas más letales en el Lugar Central de Conmemoración «Estación Z», que se levantó para homenajear a todas las víctimas asesinadas en Sachsenhausen. En este sentido, debemos recordar que el campo de concentración de Sachsenhausen es uno de los peores conservados de lo que fue el Tercer Reich, ya que solo un 13% de los edificios originales se mantienen en pie, lo cual no le resta ni un ápice de interés pues el dolor sigue impregnado en cada uno de sus muros.

Estatua conmemorativa en el Lugar Central de Conmemoración «Estación Z»
Ruinas de los hornos crematorios utilizados para la desaparición de los cadáveres

Los barracones de enfermería

Antes de regresar al tren que nos llevaría de regreso a Berlín, nuestro guía Javier nos llevó al último lugar que visitaríamos en Sachsenhausen y que a mis padres les puso literalmente la piel de gallina, los barracones destinados a la enfermería y la sala de autopsias. Pero que nadie se equivoque, su objetivo primordial no era simplemente el de curar a los reclusos porque sí, sino volverlos a poner en circulación para que los SS pudieran volver a torturarlos sin piedad, alargando así su sufrimiento exponencialmente.

Barracones de enfermería

Además de para controlar las epidemias que causaban estragos en el campo, la enfermería cumplía otro siniestro propósito: el de llevar a cabo experimentos médicos que pretendían llevar al límite las capacidades humanas. Así, muchos presos eran esterilizados, infectados, amputados o congelados a propósito. Si morían, se les hacía la autopsia para averiguar qué había fallado durante el experimento previo. No faltaremos a la verdad si afirmamos que «gracias a» estas monstruosidades perpetradas por los médicos nazis, la medicina avanzó vertiginosamente en conocimientos y técnicas en muy pocos años. Irónico, ¿no?

Sala de autopsias
Sala de autopsias de Sachsenhausen

Para dar por finalizada la visita, Javier mencionó que detrás de la sala de autopsias existió un burdel donde prisioneras traídas de otros campos eran obligadas a ejercer la prostitución como premio para algunos kapos y otros prisioneros que tenían ciertos privilegios. Unas cuatro horas duró nuestra visita a aquel infierno sobre la Tierra, estábamos exhaustos e impactados.

Mi madre frente a una placa conmemorativa de los presos españoles asesinados en Sachsenhausen

Museumsinsel: Neues Museum

Durante el trayecto del tren de regreso a Berlín nos comimos unos sandwiches para recuperarnos un poco de semejante carga de angustia. Necesitábamos desconectar mentalmente de todo aquello, así que decidimos dedicar aquella tarde a la visita de uno de los museos más importantes de Berlín, lo que sin duda debía ser el contrapunto perfecto, y doy fe de que así fue. Debíamos bajarnos de nuevo en la parada de Friedrichstraße, pero en vez de llegar hasta Alexanderplatz en U-BAHN, Javier nos recomendó detenernos en Hackescher Markt. Desde allí fuimos caminando y en apenas 10 minutos ya habíamos cruzado el río Spree para llegar a la Isla de los Museos (Museumsinsel), uno de los complejos museísticos más importantes del mundo.

Río Spree a su paso por la Museumsinsel, con el Bode-Museum, uno de los 5 museos que la componen, a la derecha

Denominada a menudo la Acrópolis Prusiana y actualmente Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, la Museumsinsel ocupa la punta oeste de la isla del río Spree y está compuesta por cinco museos (Bode-Museum, Pergamonmuseum, Altes Museum, Neues Museum y Alte Nationalgalerie) donde se exponen una gran cantidad de tesoros artísticos y arqueológicos, en gran parte piezas sustraídas (o «expoliadas», según se mire…) de las excavaciones llevadas a cabo por los alemanes durante el siglo XIX en aquellos países donde en el pasado habían surgido las grandes civilizaciones de la Antigüedad, como la mesopotámica, la egipcia o la griega.

Museumsinsel

Durante la Segunda Guerra Mundial, muchos de los edificios de este espacio sufrieron daños severos a los que siguieron las negligencias del comunismo. En el momento en que nosotros fuimos (agosto de 2019) gran parte de la Museumsinsel se encontraba en estado de rehabilitación, por lo que tuvimos que quedarnos sin ver algunos de estos tesoros, como el Altar de Pérgamo, una de las obras cumbre del arte helenístico griego. Una auténtica pena, porque era uno de nuestros sueños, pero quedará para otra ocasión.

CONSEJO CANTINELERO

Desde aquí recomiendo comprar la tarjeta Museum Pass Berlin, la tarjeta turística oficial que os permitirá entrar gratis a más de 30 museos de la capital alemana, incluyendo los 5 museos de la Museumsinsel. Su validez es de 3 días y su precio, de 29€ por adulto y 14,50€ para estudiantes con acreditación (precios de agosto de 2019). Para comprarla, debéis dirigiros a cualquier oficina de turismo de la ciudad, incluidos los puntos de información de los aeropuertos. Nosotros adquirimos las nuestras en la oficina de la Puerta de Brandenburgo.

De los cinco museos, nosotros visitamos un total de tres. El primero de ellos, aquella misma tarde, fue el Neues Museum (Museo Nuevo), reabierto en 2009 bajo el diseño del arquitecto David Chipperfield después de los severos daños sufridos durante la contienda. Sin duda, el Neues Museum es uno de los museos imprescindibles de Berlín debido a la importancia de sus colecciones, un sinfín de piezas procedentes de la prehistoria y la historia antigua de todas las culturas repartidas en cuatro pisos.

Neues Museum

Las estancias que más nos impresionaron fueron aquellas pertenecientes al Ägyptisches Museum (Museo Egipcio) y al Papyrussammlung (Colección de Papiros). Las obras egipcias del Neues Museum presentan un estado de conservación sorprendente, especialmente aquellas relacionadas con el periodo del faraón Akenatón (1353-1336 a.C.), fundador de una nueva capital e instaurador del culo al dios solar Atón. Esto es algo digno de mención si tenemos en cuenta que los faraones siguientes dedicaron sus esfuerzos en borrar cualquier rastro de su predecesor, incluyendo las obras de arte dotadas de un estilo nunca visto hasta ahora caracterizado por un realismo inusitado.

Salas de arte egipcio del Neues Museum
Sección de los sarcófagos

La joya de la corona de todo el Neues Museum (y podríamos decir también de todo Berlín) y paradigma del realismo exacerbado propio del reinado de Akenatón es el busto de Nefertiti, esposa del faraón, custodiado por altas medidas de seguridad que incluyen una vitrina anti-robo y dos «gorilas» vigilando que nadie apunte con su cámara de fotos al objeto sagrado. Creedme si os digo que admirar las perfectas facciones de este rostro inmortal sería ya justificación suficiente para viajar a Berlín. Su belleza me recordó a la de una actriz de cine clásico, al más puro estilo Audrey Hepburn. Una de las obras de arte más perfectas de la historia. Tendríais que haber visto la cara de mis padres al contemplarlo. Otro sueño cumplido junto a ellos.

El busto de Nefertiti, protegido por altas medidas de seguridad en su sala independiente

En los pisos superiores del museo se encuentran las colecciones, no menos desdeñables, del Museum für Vorund Frühgeschichte (Museo de Prehistoria y de Historia temprana), de las que destacaré un cráneo neandertal encontrado en el yacimiento de Le Moustier (perteneciente al Paleolítico y declarado Patrimonio de la Humanidad), el famoso Goldhut, el mejor conservado de los únicos cuatro sombreros cónicos cubiertos de pan de oro pertenecientes a la Edad del Bronce que se han hallado en el mundo, y una pequeña muestra del Tesoro de Príamo que el arqueólogo Schliemann desenterró en la mítica ciudad de Troya y que los soviéticos se llevaron como botín de guerra en 1945.

Neues Museum

Ya iba siendo hora de reponer fuerzas, así que nos despedimos de la Museumsinsel (regresaremos mañana para visitar nuevos museos) y nos dirigimos a la orilla del río Spree, donde nos detuvimos en una pequeña terraza donde servían las famosas currywurst con patatas fritas acompañados de una buena cerveza alemana. Allí disfrutamos de ese sabroso placer en la que es, bajo mi punto de vista, la zona más bonita de toda la ciudad, con unas vistas fabulosas de la impresionante Berliner Dom.

Berliner Dom y río Spree

Berliner Dom (Catedral de Berlín)

Precisamente este monumento ubicado entre la Museumsinsel y el Schloß imperial iba a ser nuestra última visita del día. Como muchos otros edificios berlineses, la Berliner Dom (7€ por adulto), que había sido construida en estilo neo-renacentista entre 1894 y 1905 sustituyendo a un templo neoclásico anterior diseñado por Schinkel, también fue víctima de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Quedó en un estado tan lamentable que el régimen comunista llegó a considerar derribarla por completo en la década de 1950. Sin embargo, en 1975 comenzaron las obras de restauración, que todavía hoy siguen en curso.

Berliner Dom

La Berliner Dom fue concebida como iglesia principal de la corte de la familia Hohenzollern. El interior, neo-barroco, sorprende por su magnificencia y su suntuosidad. Destaca el altar mayor hecho de mármol, la imponente escalinata por la que subían los emperadores para ocupar el palco real durante los oficios, el gran órgano y la imponente cúpula central.

Cúpula de la Berliner Dom

Precisamente esta cúpula es uno de los mejores miradores de la ciudad. Aunque eso sí, la ascensión hasta la cima no resulta precisamente un paseo. ¿Que si merece la pena subir los casi 300 escalones para llegar hasta arriba? En mi opinión, la merece, siempre que dispongáis de tiempo suficiente. De lo contrario, no os lo penséis dos veces y evitad la subida.

Vistas desde lo alto de la cúpula
Vistas desde lo alto de la cúpula

Por último, cabe señalar que este templo también fue concebido como el principal lugar de sepultura de la dinastía Hohenzollern. En los sótanos de la catedral se encuentra la cripta, que alberga las tumbas de más de 100 de sus miembros de varias generaciones a lo largo de cuatro siglos. Aquí el visitante encontrará el más solemne de los espacios para dar por finalizada la visita a la Catedral de Berlín, otra de las imprescindibles de la capital alemana.

Cripta de la familia Hohenzollern

Mis padres estaban ya reventados, había sido un día intenso emocionalmente hablando. Habíamos experimentado la angustia más dolorosa en Sachsenhausen y admirado la más proporcionada belleza en el Neues Museum y la Berliner Dom. Podíamos darnos por contentos, de modo que regresamos al hotel y cenamos algo rápido allí mismo.

Mañana seguiremos explorando la historia de Berlín a través de sus fascinantes monumentos. ¡Hasta mañana!

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