Musée du Louvre – Musée d’Orsay

Habíamos oído que merecía mucho la pena madrugar para entrar al Museo del Louvre. Las largas colas que se forman en la entrada pueden llegar a ser kilométricas, así que no lo pensamos. A las 9h menos diez minutos de la mañana ya estábamos plantados enfrente de la pirámide diseñada por Pei y que marca la entrada a uno de los museos más visitados e importantes del mundo, con más de ocho millones de visitantes al año. Concretamente éramos, a excepción de una pareja de japoneses, los primeros de una cola que ya se estaba formando a nuestras espaldas. Fue realmente emocionante bajar las escaleras mecánicas que conducían al interior del templo del arte por excelencia…

En orígenes existía una fortaleza del siglo XII sobre la que se construyó el palacio real, residencia de los reyes franceses hasta que Luis XIV se trasladó a Versailles, cuando el palacio pasó a ser propiedad de la Academia Francesa de las Artes. Tras la Revolución Francesa que implicó la abolición de la monarquía, el Palacio del Louvre fue destinado al disfrute del público en general.

El museo muestra las colecciones artísticas que la monarquía había acumulado a lo largo de diversos siglos, así como las obras que expolió de Napoleón durante sus conquistas. El Louvre no es por tanto únicamente una pinacoteca, sino también un lugar donde contemplar antigüedades provenientes de civilizaciones, culturas y épocas variadas. Una de las primeras grandes obras que nos reciben, portentosa en lo alto de una escalera, es la Victoria de Samotracia, una de las esculturas cumbre del periodo griego helenístico. La cosa no podía comenzar mejor.

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La Victoria de Samotracia

Decidimos ir corriendo al lugar donde dentro de solo unos minutos iba a comenzar a concentrarse una gran multitud de turistas, todos ansiosos por admirar la gran obra pictórica de todos los tiempos. Como éramos de los primeros en acceder, pudimos disfrutar de ella prácticamente a solas. La Mona Lisa es la leyenda del Louvre, el retrato de la que su autor, Leonardo da Vinci, nunca quiso desprenderse. Lejos de ser la estrella principal del firmamento turístico parisino, y solo si uno la contempla simplemente como lo que es, una pintura, solo así uno puede apreciarla como una obra de arte universal e imperecedera. Un retrato completamente hipnótico y que ha conseguido traspasar todas las barreras, icónico como ningún otro.

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La Mona Lisa

Justo enfrente del cuadro protegido con un gran cristal y una barrera de distancia, otro importante cuadro, el inmenso Las bodas de Caná del Veronés. El asunto empezaba a ser serio. Las obras de la colección de la pinacoteca, una de las más importantes del mundo, son todas anteriores al año 1848 según una ordenación cronológica de las colecciones nacionales.

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Rafa emocionado ante dos obras de Leonardo

Después, obras de Rafael, Leonardo, Rembrandt (ídolo y maestro confeso y absoluto de Rafa), Giorgione, Delacroix, David, Géricault, Ingres, Vermeer, Van Dyck,… Pasillos y pasillos, y aún más pasillos repletos de obras insultantemente famosas que Rafa había estudiado en la carrera. No sabía dónde detenerse, dónde mirar, a qué prestar más atención.

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Interior del Louvre

Más tarde visitamos las colecciones de escultura y otras piezas, que abarcan desde las civilizaciones antiguas de Mesopotamia y Egipto hasta el periodo neoclásico. Incluyen obras legendarias como los gigantescos toros alados de Mesopotamia, el Código de Hammurabi, la Venus de MiloEl escriba sentado, de la V Dinastía de Egipto, algunos de los esclavos de Miguel Ángel o Psique y Cupido, del escultor neoclásico Antonio Cánova. Absolutamente impresionante.

Un atractivo del museo que uno no debe perderse por nada del mundo son los Apartamentos de Napoleón III, integrados en el propio palacio, una auténtica sobredosis de ostentación que nos costó asimilar.

Sobrepasados por la visita, salimos para comer en una crêperie cercana. Aún nos quedaba por visitar otro museo, quizás uno de nuestros favoritos de todos los que hemos visitado en nuestros viajes, el Musée d’Orsay. Su fabulosa orignialidad radica en el hecho de que el edificio es una antigua estación de tren de finales del siglo XIX rehabilitada en museo.

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Musée d’Orsay

Este museo cubre el periodo más moderno de la pintura francesa, concretamente los siglos XIX y XX. Entre sus paredes podemos encontrar algunas de las obras realistas, impresionistas, post-impresionistas y fauvistas más célebres, como Campo de amapolas de Monet, El almuerzo sobre la hierba y la Olympia de Manet, el Baile en el Moulin de la Galette de Renoir, Los jugadores de cartas de Cézanne, El dormitorio de Arlés de Van Gogh, El taller del pintor de Courbet o Lujo, calma y voluptuosidad de Matisse.

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Manzanas, de Paul Cézanne

Como broche final a la visita, Rafa le compró a Inma un pañuelo con diseños de los nenúfares de Monet, un pañuelo que aún hoy en día conserva como un tesoro. Tanto la visita del Orsay como la del Louvre significaron el comienzo de un idilio más que duradero de Inma con el mundo del arte, el cual continúa inalterable aún hoy en día.

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Inma posando con su pañuelo de Monet enfrente de la fachada del Orsay

El final del día estaba reservado a Benoît y Amélie, una pareja de amigos franceses que Rafa conoció en su Erasmus en Bélgica y que por aquel entonces vivían en París. Los cuatro disfrutamos de una maravillosa cena en un restaurante en los alrededores del Centro Pompidou, museo que nos faltó visitar pero que seguro visitaremos en uno de los muchos viajes a París que todavía nos quedan por hacer. Fue la velada perfecta para terminar nuestro primer viaje juntos, el que siempre quedará en nuestras memorias por ser absolutamente perfecto en todos los sentidos.

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Enfrente del Centro Pompidou
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¡Grandísimos amigos!

Al día siguiente recogimos las maletas y nos dirigimos de nuevo al aeropuerto para dar por terminada nuestra primera aventura juntos. París, siempre París, la eterna, la romántica, la nuestra. Allí donde nuestro amor comenzó, allí donde todo comenzó.

Este es el primero de muchos, ¡os esperamos en nuestra próxima aventura!

¡Gracias a todos!