Nos despertamos después de una noche reparadora en nuestra habitación del Villa Iacca, hoy será nuestro último día de ruta por estos paisajes idílicos del Alto Aragón que esconden auténticos tesoros del Románico, pues muy a nuestro pesar mañana nos tocará volver a casa. Disfrutamos una mañana más de la hospitalidad y del desayuno de nuestros anfitriones.

Hoy no nos ha tocado madrugar tanto como ayer, pues nuestro primer destino está a solo 30 minutos de Jaca. Se trata de la histórica Estación de Canfranc, el interior de la cual únicamente puede ser explorado mediante visita guiada reservada previamente. Teníamos reservada la nuestra para las 11h en punto. Más tarde visitamos dos de las ermitas más antiguas y recónditas de Aragón: San Adrián de Sasabe y Santa María de Iguácel. Por la tarde decidimos explorar el hermosísimo Valle de Tena, para terminar descubriendo una auténtica curiosidad que nos encontramos por el camino, el Museo del Dibujo Julio Gavín de Larrés, integrado nada más y nada menos que en un castillo del siglo XV. Este será el recorrido de nuestro último día por la provincia de Huesca:

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Itinerario

Valle del Aragón y Estación Internacional de Canfranc

Una vez montados los tres en el coche ponemos rumbo a la Estación Internacional de Canfranc, en pleno Valle del Aragón, a la que llegamos en apenas 30 minutos conduciendo por la autovía en dirección Francia. Tal y como nos había dicho Héctor, este edificio se encuentra, no en el pueblo de Canfranc, sino en el pueblo Canfranc-Estación, a unos pocos kilómetros pasado el primero. Aparcamos al otro lado de la calle enfrente de la Estación Internacional, en el párking que hay al lado del ayuntamiento. Mientras Inma aprovecha para darle de comer a Elia, yo aprovecho para hacer fotos a este auténtico monumento de nuestra historia más reciente.

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Estación Internacional de Canfranc

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Estación Internacional de Canfranc

Lo cierto es que me pareció impresionante desde todos los puntos de vista, por su arquitectura y por estar integrada en semejante enclave natural. En ese momento todavía no conocíamos las interesantes peripecias históricas de las que había sido testigo este edificio, sin duda una de las paradas obligatorias si vienes al Pirineo Aragonés.

Como ya habíamos comprado las entradas por Internet (cosa que recomendamos encarecidamente, ya que en los meses de verano uno puede llegar hasta allí y marcharse sin poder visitarla por dentro), nos dirigimos directamente al punto de encuentro donde iba a comenzar la visita guiada a las 11h en punto. Cómo aún quedaban unos minutos, pudimos hacer algunas fotos muy cerca de las vías.

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Estación Internacional de Canfrancc

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Cara delantera de la Estación Internacional de Canfranc

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Cara delantera de la Estación Internacional de Canfranc

En pocos minutos aparece el que iba a ser nuestro guía, posiblemente uno de los mejores que hayamos tenido nunca. Desde aquí queremos aprovechar la ocasión para felicitar a George, que así se llamaba, no solamente por la enorme cantidad de datos interesantes que nos brindó, sino sobretodo por ejercer su oficio de una manera tan sana y divertida, hasta tal punto que todos los visitantes que formábamos el grupo nos desternillamos literalmente de la risa en más de una ocasión con sus ocurrentes comentarios. Y así, desde luego, da gusto aprender y seguir la visita se convierte en un auténtico placer.

La visita a la Estación Internacional de Canfranc (entrada con visita guiada, 3€ por adulto) resulta mucho más importante desde el punto de vista histórico que arquitectónico, lo cual es increíble porque su arquitectura ya tiene un valor inestimable. La historia de la estación es de una película hollywoodiense: resulta que los aragoneses llevaban ya muchos años, prácticamente desde la segunda mitad del siglo XIX, demandando a los gobernantes la necesidad de que el paso ferroviario que debía unir España con Francia se construyera en Canfranc. Después de numerosas peticiones (y más de una manifestación popular, como la que tuvo lugar en Zaragoza en 1914 que congregó a más de 15.000 personas) finalmente se emprendieron las obras en 1923. Cinco años más tarde, en 1928 el rey de España Alfonso XIII y el presidente de la República Francesa Gaston Doumergue inauguraban una estación de tren que sería, literalmente, mitad española y mitad francesa (de ahí lo de “internacional”), dividida a partes iguales desde su epicentro, el vestíbulo. Así, tenemos que en cada lado habían dependencias de cada país, incluyendo hacienda, enfermería, cafetería, hoteles, bibliotecas, correos y bancos propios.

Antes de empezar la visita, nuestro guía George nos facilita cascos a todos ya que en la actualidad se están abordando tareas de restauración y rehabilitación. Y yo con la peque a cuestas… Ya con nuestros cascos reglamentarios sobre nuestras cabezas, nos conduce primero escaleras abajo mientras nos explica las peripecias y dificultades técnicas que rodearon la construcción del edificio (entre las que se cuentan la irregularidad del terreno, la presencia de un río, el Aragón, que tuvo que ser desviado de su cauce natural, y las frecuentes avalanchas de nieve). Después nos acompaña a través del pasillo subterráneo, que se construyó para que los pasajeros pudieran cruzar las vías sin peligro, aunque esto lo llevaron a cabo algo más tarde, ¡después de darse cuenta de que no habían construido ningún paso para ellos!

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George conduciéndonos a través del túnel subterráneo

Ya en el otro lado del túnel, subimos las escaleras para llegar al elegante vestíbulo, donde se encontraban trabajando algunos obreros y restauradores. Allí volvemos a detenernos para que George nos explique que el edificio ha tenido que sobrevivir a un sinfín de desgracias: a un incendio pocos años después de su inauguración, luego a una guerra civil y a una guerra mundial, y por último al olvido y al abandono por parte de los gobiernos de la democracia.

De todas las épocas, sin duda la que más está ligada a la estación por la innumerable cantidad de anécdotas y sucesos que suscitó fue la de la Segunda Guerra Mundial, durante la cual el régimen nazi, al ocupar el país galo, ocupó también la media parte francesa de la Estación de Canfranc y la bandera roja con la esvástica llegó a ondear en su cima. Un destacamento de soldados nazis llegó incluso a instalarse en el pueblo para controlar que el paso por Canfranc de los lingotes de oro que Hitler enviaba a través de vagones al gobierno de Franco por el pago del wolframio (material a causa del cual, según se dice, la guerra se alargó varios meses más de lo previsto) se realizaba correctamente y con total discreción. Esta curiosa historia, enterrada durante décadas, salió a la luz casi por casualidad, cuando un conductor de autobús francés encontró unos papeles en la vía abandonada que atestiguan el paso de este material por la Estación de Canfranc.

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Vestíbulo de la Estación de Canfranc

George seguía contándonos anécdotas curiosísimas relacionadas con la estación y no dábamos crédito. Algunas de ellas tuvieron como protagonistas a personas en su mayoría anónimas que llevaron a cabo actos verdaderamente heroicos. Una de ella fue Lola Pardo, modista de Canfranc quien, a la edad de 17 años, se convirtió en espía de los aliados junto a su hermana Pilar. Ambas transportaban secretos militares en tren desde su ciudad natal hasta Zaragoza, una peligrosa tarea que les había confiado Albert Le Lay, jefe de la Aduana desde su llegada en 1940 y principal enlace del espionaje aliado en España. Su secreto permaneció oculto durante 60 años, hasta que el marido de Lola, guardia civil de profesión, falleció. Una historia de película.

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Parte trasera de las vías

De allí pasamos a la parte trasera de la estación, donde se encuentran las vías. Recuerdo haber estado en este mismo lugar con mis padres en uno de mis viajes por Huesca. Aquel día pudimos recorrer libremente las vías y explorar los vagones abandonados, cosa que hoy en día ya no es posible.

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George retomando sus explicaciones en el exterior de la estación

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Tren abandonado en Canfranc

Altamente satisfechos con la visita nos dirigimos al coche, no sin antes comprar en la Oficina de Turismo un ejemplar del libro “Canfranc. El oro y los nazis” de Ramón J. Campo, en el cual se trata en profundidad el asunto del fortuito hallazgo de los papeles que demuestran que por Canfranc pasaron lingotes de oro nazi. A Inma se le ocurrió la ingeniosa idea de que me acercara al bar que había justo al lado del parking a comprar unos bocatas porque intuíamos que en nuestro próximo destino sería complicado encontrar un sitio para comer. Una vez provistos de viandas retomamos nuestra ruta para visitar dos de las ermitas más antiguas de Aragón. Ambas se encuentran a medio camino entre Canfranc y Jaca, la primera de ellas es San Adrián de Sasabe.

San Adrián de Sasabe

Llegamos a la ermita románica de San Adrián de Sasabe (acceso gratuito), del siglo XI, en algo más de 20 minutos. Pertenece al bellísimo municipio de Borau, aunque se encuentra a las afueras de este, rebasando el río Lubierre. Llegamos a la pequeña iglesia después de un último tramo especialmente bonito y aunque no hay mucho sitio para aparcar el coche nos da la bienvenida una iglesia de origen visigótico, ubicada en un emplazamiento único. Y es que para acceder a él hay que cruzar un pequeño riachuelo, el mismo que dejó prácticamente enterrado durante siglos al edificio. No fue rescatado hasta los años 50 del siglo XX, cuando se convirtió en Monumento Nacional.

Se sabe de la iglesia que formó parte de uno de los monasterios más importantes de la historia de Aragón de finales del siglo IX y que fue sede de la Diócesis de Huesca. Según cuenta la leyenda este lugar fue una de las ubicaciones del Santo Grial en el Pirineo en su viaje a San Juan de la Peña.

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San Adrián de Sasabe, en su privilegiada y curiosa ubicación

Cruzamos el río, casi seco en esta época, y nos deleitamos con el exterior del templo, de estilo románico jaqués, fotografiándolo en todo su esplendor. El día nos acompaña con un sol radiante que agradecemos después de un día de ayer pasado por agua.

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San Adrián de Sasabe

Traspasamos su puerta principal y nos recibe un sobrio y hermoso interior con nave única acabada en un ábside semicircular.

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Interior

Salimos por una puertecita lateral y como no podía ser de otra manera aprovecho para subirme a un barranco con el fin de sacar la mejor instantánea posible de la parte trasera de la ermita.

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Ábside de San Adrián de Sasabe

De vuelta al coche y aprovechando el buen día que hacía no pudimos evitar meter los piececitos de nuestra pequeña en la fresquita agua del río, cosa que ella disfrutó muchísimo ya que le apasiona el agua.

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Elia aprovecha para refrescarse en el río

Santa María de Iguácel

Ponemos rumbo al siguiente destino del día, la ermita de Santa María de Iguácel, otra de las pequeñas joyas que esconde la zona. Para ello deshacemos el camino hecho en dirección al pueblo Castiello de Jaca. Una vez pasado éste, nos adentramos en el Valle de la Garcipollera (en el lado opuesto de la autovía), por el que avanzamos a través de una carretera angosta, hasta llegar a un camino sin asfaltar cuyo acceso cierran algunas veces durante los meses de invierno. Y no es de extrañar, puesto que tiene tramos realmente complicados, plagados de terrenos de piedras y algún que otro vertiginoso puente de un solo sentido.

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Valle de la Garcipollera

Reconozco que en alguna ocasión lo llegamos a pasar realmente mal pues cada tramo del camino parecía estar peor que el anterior (desde aquí recomendamos ir con un vehículo apropiado, si es del tipo 4×4, mejor que mejor) y desconocíamos cuántos kilómetros quedaban para llegar al templo (ni nuestro GPS, ni Google Maps pudieron servirnos de ayuda). No nos apetecía nada que se nos pinchara una rueda en medio de ninguna parte, pero decidimos tener paciencia y seguir adelante, hasta que finalmente obtuvimos nuestra ansiada recompensa. Llegamos a una zona amplia, que es donde los visitantes deben dejar los coches. Desde allí se debe recorrer a pie el último tramo de aproximadamente 200 metros, atravesando nuevamente un río, hasta llegar a un idílico prado rodeado de pinos presidido por un edificio de envidiable belleza, la ermita de Santa María de Iguácel, custodiada en ese mismo momento por un conjunto de robustas vaquitas. Con todo, posiblemente la estampa más bonita de este viaje. Un lugar mágico que encierra en sí mismo la esencia más pura de Aragón.

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Santa María de Iguácel

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Mamá Inma y Elia frente a Santa María de Iguácel

Santa María de Iguácel fue propiedad del conde Sancho Galíndez, quien fuese consejero de Ramiro I. Se trata de un templo del siglo XI, de parecida sobria factura a la de San Adrián de Sasabe pero mucho más impresionante.

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Santa María de Iguácel

En ese momento, sobre la 13h de la tarde, no había nadie más que nosotros además de otra familia. Y si bien el exterior ya nos había dejado con la boca abierta, el interior nos iba a arrebatar el corazón. Entramos por la puerta principal y nos recibe un amable señor, custodio del templo, que le regala a nuestra pequeña Elia una postal con la imagen de la ermita firmada con la fecha del día de hoy para que pueda conservarla hasta el día que sea consciente de que un día estuvo aquí.

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Interior

Una vez dentro pudimos comprobar que el ábside ¡conserva algunas de las pinturas murales originales! algo realmente inaudito teniendo en cuenta las enormes dificultades de conservación a las que se ven expuestas. Las pinturas, seguramente bastante posteriores a la construcción de la ermita, se dividen en varios registros:  en el primero aparecen representados doce santos; en el registro central escenas de la Virgen; y en el registro superior aparece la escena del Calvario.

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Ciclo de pinturas murales del ábside

Una vez fuera, decidimos dar la vuelta completa a la ermita para contemplarla desde distintos ángulos, no sin antes visitar a nuestras amigas las vacas que habían decidido ir a descansar a los pies de la ermita.

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Vacas en Santa María de Iguácel

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Mamá Inma le enseña las vaquitas a Elia

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Elia observando atentamente las vacas

Ya hemos dicho que este lugar es mágico. Las dificultades que habíamos tenido para llegar por aquel camino casi impracticable habían merecido bien la pena.

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Parte trasera de Santa María de Iguácel

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Santa María de Iguácel

No habríamos podido soñar mejor lugar para comernos bocadillos. Allí mismo hay unas mesas de madera donde uno puede sentarse y montar el mejor de los picnics. Regreso al coche para recoger nuestra comida mientras mis dos mujercitas me esperan disfrutando de la calma más absoluta y del aire puro. Por cierto, ¡los bocatas estaban buenísimos!

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El mejor de los picnics

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La familia Ibáñez-López al completo

Desgraciadamente, y si queríamos seguir viendo cosas, debíamos volver al coche y regresar por donde habíamos venido.

Valle de Tena y mirador de Hoz de Jaca

La vuelta se nos hizo algo más corta que la ida puesto que ya conocíamos el camino. Como íbamos sobrados de tiempo decidimos cambiar de comarca y también de valle, adentrándonos en otro de los valles más hermosos de todo el Pirineo, el Valle de Tena, situado en la comarca del Alto Gállego. Este valle cuenta con famosas estaciones de esquí, como la de Formigal y la de Panticosa, y con dos extensos embalses, el de Búbal y el de Lanuza.

Tardamos aproximadamente una hora en llegar hasta nuestro próximo destino, el mirador que hay en el pueblo de Hoz de Jaca, al que quisimos llegar por recomendación de nuestro anfitrión Héctor.

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Pueblo de Hoz de Jaca

Desde allí, a unos 1270 metros de altura, uno puede admirar las espectaculares montañas del Valle del Tena y el embalse de Búbal en todo su esplendor, aunque sea con poca agua.

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Mirador de Hoz de Jaca

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Valle de Tena visto desde el mirador

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Embalse de Búbal

Justo al lado del mirador, se encuentra una de las atracciones más populares del pueblo, la tirolina del Valle de Tena, inaugurada en el verano de 2016, una tirolina única en Europa dada su longitud y la posibilidad de realizar el salto por parejas. Desde allí esperamos a que unos clientes se tiraran al vacío, un espectáculo que al menos yo prefiero disfrutar desde bien lejos… ¡Nunca sería capaz de tirarme!

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Tirolina del Valle de Tena

Pueblo de Lanuza

Había llegado el momento que tanto habíamos esperado. Un día, mientras mirábamos algunas fotografías del Pirineo Aragonés, de repente vimos una que nos deslumbró por su belleza. Se trataba de una fotografía de Lanuza, un pueblo del Valle de Tena perteneciente al municipio de Sallent de Gállego que atesoraba una interesante historia.

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Lanuza

Como el Ave Fénix, Lanuza resurgió gracias al tesón y el cariño de sus vecinos después de que en los años setenta fuera expropiado para la construcción de un embalse, el mismo que hoy en día lleva su nombre, el cual iba a dejar anegado su casco urbano según los cálculos y las previsiones de los técnicos. Los ciudadanos de Lanuza tuvieron que marcharse a otros pueblos con la convicción de que nunca más volverían a pisar sus casas.

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Lanuza

Pero a veces las matemáticas fallan, y en este caso fallaron. Las previsiones no se cumplieron y las aguas no llegaron a cubrir el pueblo por unos pocos metros de diferencia. Los vecinos regresaron entonces a una localidad fantasma, víctima de los vándalos que habían aprovechado la circunstancia para llevarse hasta las puertas.

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Calle principal de Lanuza

La parte de la historia que convierte a Lanuza en un lugar especial, digno de mención, es la que viene ahora. Lejos de darse por vencidos, los vecinos decidieron ponerse manos a la obra y reconstruir uno a uno los edificios de su pueblo. El primero en ser restaurado, la iglesia, símbolo de Lanuza, y luego todos los demás. Así, y después de una árdua tarea de varios años, hoy en día brilla este lugar como uno de los lugares más hermosos de todo Aragón.

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Lanuza

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Iglesia de Lanuza

Deseosos de conocer la leyenda del pueblo resucitado, nos dirigimos allí después de cruzar la carretera que cruza la presa del embalse. Lo que nos encontramos superó todas nuestras expectativas, que ya eran tremendamente altas. Lanuza bien podría ser el pueblo de nuestros sueños: pequeñito, tranquilo, formado por paredes de piedra y tejados de pizarra, enclavado en un lugar sin parangón, rodeado de naturaleza por los cuatro costados, entre los altos picos pirenaicos y a orillas del embalse. Nos vino a la mente levemente la imagen de Hallstatt, el pueblo austríaco, pero tenemos que decir que Lanuza, aunque infinitamente más pequeño, nos gustó todavía más.

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Vivienda de Lanuza

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Lanuza

La visita a Lanuza tuvo que ser algo apresurada porque el cielo amenazaba lluvia y no queríamos que la peque se mojara. No obstante, el clima terminó por respetarnos hasta el final, cuando bajamos a la orilla del embalse de Lanuza a hacernos algunas fotos.

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Elia frente al embalse de Lanuza

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Mamá Inma y Elia frente al embalse de Lanuza

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Embalse de Lanuza

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Lanuza

Tristes por tener que abandonar este lugar de cuento, volvemos a la carretera, no sin antes detenernos un momento en un rincón cercano a la presa del embalse para admirar por última vez la mejor panorámica del pueblo. No podíamos marcharnos sin hacer estas fotos, ¿no es así?

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Lanuza, en pleno Valle de Tena

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Lanuza, a orillas del embalse del mismo nombre

Todavía nos detuvimos una vez más en la carretera de vuelta a Jaca, en un área de descanso para dar de comer a Elia. Allí pudimos disfrutar de nuevas y maravillosas panorámicas:

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Valle de Tena

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Valle de Tena

Museo del dibujo Julio Gavín de Larrés

La última parada del día y de nuestra ruta por la provincia de Huesca es un lugar realmente curioso: un museo dedicado al dibujo dentro de un castillo del siglo XV. Esta visita no la teníamos programada pero desde que lo vimos señalizado el primer día que llegamos a Jaca, nos entró la curiosidad y pensamos en ir a visitarlo en el caso de que tuviéramos tiempo. Además nos cogía de camino pues Larrés, pequeña localidad perteneciente al municipio de Sabiñánigo, está muy cerca de Jaca. En poco más de media hora estábamos allí.

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Castillo de Larrés, sede del Museo del dibujo Julio Gavín

El Castillo de Larrés, levantado en el siglo XV, fue propiedad de una de las familias nobles aragonesas con más renombre, los Urriés, hasta el siglo XIX. Ya en 1983 fue donado a la asociación “Amigos del Serrablo”, la cual puso en marcha el proyecto de crear un museo del dibujo en su interior, proyecto que finalmente pudo hacerse realidad en 1986 gracias al entonces presidente de la asociación, Julio Gavín.

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Elia haciéndose amiga de un peculiar personaje de cómic

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Entrada al Museo del dibujo de Larrés

La colección que atesora este museo es sencillamente impresionante. El Museo del dibujo (entrada 4€ por adulto) reúne una nutrida selección de dibujos cuyo arco cronológico abarca desde finales del siglo XIX hasta la actualidad. En sus diversas plantas se exponen casi 400 obras repartidas en 17 salas distintas, sin embargo el museo cuenta con un fondo de 4.000 obras, lo que posibilita que las colecciones expuestas se vayan renovando periódicamente. Es, por todo ello, un museo de referencia nacional en cuanto al dibujo español contemporáneo se refiere.

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Una de las salas de la planta baja

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Algunas de las obras de dibujantes aragoneses

Repartidos en las diversas salas, obras de las mejores manos del panorama de la ilustración española como Pedro Martínez Sierra, Narváez Patiño, José Ignacio Cárdenas o Margarita Cuesta, y de renombrados artistas como Ignacio Zuloaga, Salvador Dalí, Pruna, Millares, Gómez de la Serna o Benjamín Palencia. Por último, una de las torres, la norte, alberga las salas dedicadas al dibujo de humor gráfico (con obras de Mingote, Perich, Peridis, Gállego & Rey, Forges,…) y a la historieta (con dibujos de Francisco Ibáñez, José Escobar, Alfonso Font,…).

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Sala dedicada a las historietas

En definitiva, un auténtico hallazgo no solo para los amantes del dibujo y el arte en general, sino para cualquier persona, sobretodo para familias con niños ya que estos tienen a su disposición diferentes actividades lúdico-creativas en el interior del museo.  De hecho mientras visitábamos el museo, muchos de ellos jugaban en grupos a encontrar una serie de obras a partir de las cuales posteriormente debían dibujar su propia versión.

Una visita perfecta para terminar nuestro último día, curiosa, divertida e interesante. En muy pocos minutos ya estábamos en nuestro alojamiento, cenando en nuestro rincón del jardín.

Vuelta a casa

A la mañana siguiente nos despedimos de nuestro anfitrión Héctor y de sus padres. Todos han sido extremadamente serviciales, hemos estado tan a gusto en Villa Iacca que no nos cansaremos de recomendarlo a cualquiera que desee pasar unos días en Jaca.

Nuestra primera intención para el día de regreso a casa era aprovechar para hacer algunas visitas por la provincia de Zaragoza que nos quedaban de paso, pero en el último momento consideramos que no debíamos cansar en exceso a nuestra pequeña. El viaje iba a ser bastante largo, por eso decidimos hacer noche en la provincia de Teruel, concretamente en el Hotel La Fonda de la Estación, en la Puebla de Valverde, justo al lado de la autopista A-23 que lleva a Sagunto, ubicado en una encantadora casa de campo del siglo XIX. Llegamos ya por la tarde y cenamos tranquilamente en su restaurante.

Al día siguiente llegamos a Cieza satisfechos de haber recorrido nuevamente nuestra querida Huesca. Felices de que nuestra pequeña Elia la haya conocido por fin. Entusiasmados por todo aquello que hemos visitado y deseosos de volver muy, muy pronto por allí.

¡Huesca es mágica! ¡Gracias por seguirnos en esta nueva aventura! ¡Hasta la próxima!