Infinita Niza

Dispuestos a aprovechar al máximo este último día completo en tierras provenzales, tomamos un desayuno de reyes en nuestro apartamento y arrancamos el coche en dirección a una de las ciudades más importantes del sur de Francia, Niza. Algunos dirían que visitar Niza en un solo día resulta una temeridad, y en gran parte tendrían razón pues esta ciudad tiene una gran cantidad de atractivos, sin embargo nosotros sabíamos de sobra lo que queríamos ver. Niza también es parada obligatoria para los amantes del arte ya que atesora museos de una gran importancia, entre ellos el Musée Matisse y el Musée Chagall, los cuales visitaremos.

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Itinerario

Decidimos coger el camino de costa y evitar la autopista. Aquel iba a ser un día de tráfico intenso ya que era 10 de junio y los turistas comenzaban a masificar la Costa Azul. Niza es la reina de la Riviera, la localidad más importante de la Costa Azul desde hace más de dos siglos. Nuestro primer destino estaba algo alejado del centro, en una de las zonas más ricas de la ciudad, la colina de Cimiez. Tuvimos la enorme suerte de aparcar justo a los pies del cementerio de Cimiez, donde queríamos presentar nuestros respetos ante la tumba de uno de los personajes célebres más ligados a la ciudad, Henri Matisse. Como veis, en esta espléndida ruta no dejamos de perseguir a nuestros artistas favoritos.

Resulta muy complicado encontrar la tumba de Matisse y de su mujer Amelie, ya que una vez dentro de los límites del cementerio uno debe seguir las indicaciones hasta bajar unas escaleras. La sepultura está completamente aislada de las demás, en un sitio privilegiado y con unas bonitas vistas, como le hubiera gustado al maestro.

Al salir de allí aprovechamos para visitar el convento franciscano de Cimiez, justo al lado del cementerio, con su fachada neogótica del 1850 y su iglesia de estilo románico tardío. Una visita que no teníamos programada pero un hombre muy simpático que estaba en la entrada nos invitó a pasar al interior y sí resultó interesante.

Bajando por el parque público se llega enseguida a las excavaciones arqueológicas romanas pertenecientes al antiguo asentamiento de Cimiez y correspondientes a una necrópolis, unas termas y un anfiteatro, todos del siglo III d.C. Los abundantes hallazgos encontrados se exiben en el museo al cual se puede acceder con la Côte d’Azur Card.

En esa misma zona se encuentra el primer gran museo que queríamos ver, el Musée Matisse (entrada 10€ por persona, aquí no nos sirvió de nada la Côte d’Azur Card…), dedicado íntegramente al pintor francés. En aquel momento el museo tenía obras de restauración en muchas de sus salas, cosa que descorazonó a Rafa nuevamente (¡no estábamos teniendo demasiada suerte con las obras de restauración!) ya que solamente pudimos ver una parte de la obra allí expuesta. El edificio es un hermoso palacio rojo y luminoso que el cónsul genovés de Niza mandó edificar en 1670.

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Musée Matisse

Henri Matisse vivió en Niza desde 1917 hasta 1954 y legó algunas piezas destacadas de su colección al museo. Una verdadera lástima, como hemos dicho, que muchas de las salas estuvieran cerradas a cal y canto y no pudiéramos disfrutar de muchas más obras del genio del color. Una primera decepción que se tornó en inmensa alegría cuando entramos en el segundo museo de la mañana. El Musée Chagall no se encontraba muy lejos de allí pero  sí algo retirado para ir andando. Como el coche lo teníamos muy bien aparcado (y sin pagar estacionamiento…) decidimos preguntar por allí para saber si había algún autobús que te llevara. A diferencia de lo que nos sucedió en Aix, allí sí tuvimos la gran suerte de encontrar uno que en apenas ocho o nueve minutos nos dejó en la misma entrada del museo.

El Musée Chagall (entrada gratuita con la Côte d’Azur Card) es realmente impresionante, fue sin duda una de las gratas sorpresas de todo el viaje. En 1976 Marc Chagall, de quien ya hemos visto alguna de sus obras en días anteriores (incluso su tumba en Saint Paul de Vence), legó parte de su obra al estado francés y éste, ese mismo año, encargó la creación de este museo.

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Si bien es cierto que Picasso, por ejemplo, puede ser el blanco del odio de muchos, no podríamos imaginar a nadie que no disfrutara contemplando las obras de Chagall y más especialmente los cuadros gigantes que alberga este museo, en los que expone su mensaje bíblico y surrealista sobre la vida y el amor. Quizás la zona más impresionante sea el teatro, sí, un teatro dentro de un museo, diseñado por y para el propio Chagall. Allí encontraréis un imponente espacio iluminado únicamente por la luz natural que entra a través de los geniales vitrales diseñados por el artista.

Bonitos, ¿verdad? Maravillados por el arte de Chagall, cogemos el autobús de regreso al coche y esta vez sí, ponemos rumbo al centro de la ciudad. Y es que, una vez vistos estos dos museos, no podíamos dejar pasar la oportunidad de darnos un buen paseo por la parte antigua y la famosísima Promenade des Anglais. Rafa sabía que se avecinaba uno de los mayores retos de todo el viaje, conseguir aparcar en un buen sitio saliendo airoso del tráfico de Niza, posiblemente la ciudad más turística de la Costa Azul y en vísperas del primer partido de una Eurocopa que este año se celebraba en Francia. Las calles hervían de gente entusiasta por las playas, el lujo y el fútbol. Pues bien, Rafa no se equivocó ni un ápice y después de un pequeño susto (casi nos metemos en el aparcamiento más lujoso y caro de toda Francia, donde la hora te podía costar casi el sueldo de un mes…¡ups!) conseguimos meter en el coche en un párking subterráneo (mucho más asequible…) muy cerca de la Place Masséna, amplísima, uno de los centros neurálgicos de la localidad, creada a mediados del siglo XIX, con una larga serie de arcadas que recuerdan a las plazas turinesas.

Volvemos a recordar al artista catalán Jaume Plensa, el mismo que había creado El nómada de Antibes, ya que en la Place Masséna de Niza también se encuentra una obra suya. Conversación en Niza, obra de 2007, consiste en siete personajes arrodillados encima de siete columnas que representan a los siete continentes en perpetua conversación y que se iluminan por la noche con diferentes colores.

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Conversación en Niza, de Plensa

Nos adentramos en pleno casco histórico (le Vieux Nice), caracterizado todavía por elementos renacentistas y barrocos. Las fachadas coloreadas de casas e iglesias ponen de manifiesto que la ciudad estuvo vinculada durante más tiempo con la cultura italiana que con la francesa.

Llegamos a la plaza donde se sitúa el hermoso y amplio mercado de las flores (Cours Saleya), con un ambientazo impresionante a pesar de que los vendedores, a estas horas, están ya recogiendo sus tiendas.

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Mercado de las flores de Niza
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Mercado de las flores de Niza

Como curiosidad artística (no podía ser de otra clase…), al fondo de la plaza se sitúa el antiguo palacio que fue durante un tiempo la residencia de Matisse, antes de que se trasladara posteriormente al Hotel Regina.

 A muy pocos metros tenemos el mar. Es hora de contemplarlo con toda su inmensidad y darnos un buen paseo por la famosa Promenade des Anglais. Niza era muy apreciada como lugar de recreo invernal por parte de los ingleses desde el siglo XVIII. Gracias a ello, la ciudad adquirió una importancia capital en el siglo XIX como centro turístico y cultural de todo lujo. Desde esta época, las grandes avenidas, el teatro, el casino, los hoteles fastuosos, los apartamentos y las villas extravagantes perfilan el aspecto de la ciudad. De este mismo momento es la Promenade, un elegante y amplio paseo marítimo que invita a camina, mirar, bañarse, patinar o simplemente descansar, en definitiva, disfrutar.

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Playa de Niza desde la Promenade des Anglais

Su origen es bien curioso: para que no se vieran tantos mendigos, en 1820 Lewis Way, miembro de la comunidad inglesa que pasaba el invierno en Niza y reverendo, reunió un dinero para pagarles por construir un estrecho paseo marítimo.

Nosotros caminamos durante un buen rato por la Promenade, hasta la altura de otro de los símbolos de Niza, el ostentoso Hôtel Negresco, construido en 1912 por el arquitecto estrella de la belle époque, Edouard Niermans. Conocíamos su historia gracias al programa televisivo de viajes Grandes viajes ferroviarios, que nos encanta, concretamente a un episodio donde su presentador Michael Portillo pasa por Niza y se aloja en este fabuloso hotel. Pudimos acercarnos hasta la puerta, incluso nos atrevimos a entrar, pero enseguida nos echaron de allí por no ser clientes, eso sí, muy amablemente, como corresponde a un lugar de semejante categoría, y solo durante unos instantes pudimos admirar el lujoso interior.

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Hôtel Negresco

Habíamos visitado los lugares más importantes e icónicos de Niza, pero a Rafa le faltaba una cosa que estaba deseando contemplar, la Catedral ruso-ortodoxa rusa de Niza. Como no podía ser de otra manera, Inma cedió a sus deseos y ambos recorrieron los veinte minutos que separan el Negresco de la catedral a pie (¡cómo no la va a querer!).

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Catedral rusa de Niza

Esta rareza en el paisaje de Niza se debe a la iniciativa de la zarina Maria Feodorovna, quien encargó al arquitecto Preobrajenski que levantara una catedral ortodoxa para la comunidad rusa residente en la localidad. El edificio, terminado al igual que el Negresco en 1912, posee unas cúpulas de vistoso colorido debido a su influencia de las iglesias moscovitas del siglo XVII, especialmente de la catedral de San Basilio. A nosotros nos encantó y creemos que el paseo para llegar hasta ella, un poco alejada del centro, bien merece la pena. Nunca habíamos entrado en un templo ortodoxo de estilo ruso, y fue precisamente lo que más nos sorprendió: su interior, provisto de una rica decoración y abundantes iconos rusos. El respeto mostrado por sus visitantes era extremo.

Regresamos al parking, gracias a que Rafa manejaba el mapa (lo cierto es que sí, se le dan bien los mapas… Seguramente por eso Inma hace tantas concesiones…). Cogemos el coche de regreso al hotel y, esta vez sí, el tiempo estaba siendo bueno al final del día, así que decidimos pasar nuestro última tarde en Francia disfrutando de la playa de Villeneuve-Loubet.

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Selfie en la playa, frente a las aguas del Mediterráneo

Allí sentados pensábamos en lo poquito que nos quedaba ya de este fabuloso viaje, a la mañana siguiente debíamos regresar a España. Aquello se estaba terminando al fin, después de más de una semana de aventura. Las cosas que están por venir, pensábamos, las afrontaremos y disfrutaremos juntos (todavía entonces no sabíamos cuánta razón llevarían estos pensamientos…). Aquello que ya hemos vivido, quedará siempre en nuestra memoria y nuestros corazones.

Bonne nuit!

SIGUIENTE ETAPA DÍA 9