Laguna Negra – Fuentona de Muriel – Calatañazor

Hay días que quedan marcados a fuego en nuestra memoria porque nos ayudaron a reconectar con nuestra propia esencia. Este segundo día en la provincia de Soria fue uno de esos días, así que tened bien claro que mi relato de hoy va a verse altamente condicionado por la que fue la gran protagonista de aquella jornada, una sensación de bienestar que todavía ronda en mi mente. A mí me resulta imposible escribir sobre mis viajes desvinculándolos del estado de ánimo que reinaba en mí durante aquellos momentos, ya que «tiñen» de un color determinado las experiencias que viví y los recuerdos que ahora tengo. El lector seguro percibirá un claro filtro de entusiasmo en el relato de lo que visitamos aquel día.

En fin, vamos a lo que vamos: en nuestro segundo día explorando la provincia de Soria visitamos dos escenarios naturales dignos de mención, la Laguna Negra y la Fuentona de Muriel, y un pueblo de gran enjundia histórica, Calatañazor.

Laguna Negra de Urbión, un antes y un después

Tengo que ser honesto: visitar la Laguna Negra no estaba en mis planes cuando me puse a organizar la ruta por la provincia de Soria. Sin embargo, una oportuna recomendación de una conocida de Instagram, la encantadora Irene de la cuenta DestinoWanderlust, me hizo cambiar de opinión casi en el último momento. Gracias al cielo que así fue, porque de lo contrario me hubiese perdido un lugar absolutamente único sobre el que planea una atmósfera fantasmal cargada de misterio.

Después de desayunar en el Hostal Las Nieves, mis dos amigos y yo cogimos el coche y a ritmo de Earth, Wind and Fire pusimos rumbo a la Laguna Negra, perteneciente al Parque Natural de la Laguna Negra y los Circos Glaciares de Urbión (integrado en la Red Natura 2000). Disfrutamos enormemente de aquel trayecto de apenas media hora en el que de repente nos adentramos en un espeso bosque de pinos que parecía no tener fin. Sin duda habíamos llegado al pulmón verde de Soria, con una vegetación más propia del norte de Europa que de la Península Ibérica.

Camino a la Laguna Negra

Al llegar al aparcamiento habilitado y después de pagar una cantidad de 4€ por estacionar nuestro vehículo, nos indicaron que teníamos dos opciones para llegar a la laguna: o bien subir en autobús (precio 1,20€ por persona, no disponible en algunas estaciones del año), o bien hacer el trayecto de 2 km a pie, ya sea por la misma carretera o a través del bosque. Nosotros elegimos esta última y no podemos dejar de recomendarlo a todo el mundo porque la ruta es verdaderamente preciosa, un mágico prólogo de lo que nos aguardaba.

Camino a la Laguna Negra

Tardamos menos de una hora en completar un trayecto que me sumió, por primera vez en muchísimo tiempo, en una profunda sensación de felicidad interior. De repente me sentí como atrapado en un cuadro de un pintor romántico británico (más de Constable que de Turner), con semejante sinfonía de colores otoñales a mi alrededor y sabiéndome acompañado por mis dos amigos de toda la vida, aquellos que siempre estuvieron y siempre estarán. Fue justo en aquel momento cuando comencé a sentir que todavía era capaz de disfrutar de la vida. Aquello fue importantísimo para mí teniendo en cuenta que los últimos meses de mi vida personal habían sido tremendamente amargos. Fue como volver a respirar.

Camino a la Laguna Negra

Uno de los principales motivos de recomendaros hacer la ruta a pie a través del espeso bosque es que el momento de alcanzar la Laguna Negra se convierte en una experiencia todavía más irrepetible si cabe, como alcanzar el destino soñado tras un viaje iniciático (en este caso, eso sí, breve, bonito y cómodo). Cuando uno llega, entiende al instante el por qué de tanta mitología alrededor de este lugar: cobijada por afiladas paredes rocosas talladas por el hielo hace millones de años a 1.773 metros de altitud, el agua de esta laguna de un intenso color verde oscuro desprende un aspecto realmente tenebroso.

Laguna Negra
Laguna Negra

Del año 1548 data la referencia más antigua (fecha de impresión del Libro de grandezas y cosas memorables de España, escrito por Pedro de Medina en un tiempo en el que aún imperaba la creencia de la Laguna Negra como lugar de nacimiento del río Duero) de un paraje que ha inspirado la imaginación de gran cantidad de viajeros y escritores como Juan José García, Erasmo Llorente o Pío Baroja. Pero sin duda, aquel que lo inmortalizaría para siempre sería Antonio Machado, quien visitó la Laguna Negra y el pico de Urbión durante su estancia soriana, concretamente en septiembre de 1910, y la convirtió en trágico escenario de su poema La tierra de Alvargonzález.

¿SABÍAS QUE…?

El poema La tierra de Alvargonzález (1912), publicada primero en la revista francesa Mundial Magazine y luego incorporada a Campos de Castilla, se inspira en una historia de la crónica negra soriana de la época. La leyenda describe un parricidio, la del patriarca Alvargonzález a manos de dos de sus tres hijos, quienes querían heredar sus tierras. Una especie de maldición cayó entonces sobre las tierras de la hacienda de los hermanos, volviéndose estériles. El tercero de los hijos regresó después de hacer fortuna en América y le compró las tierras a sus hermanos, y fruto de su trabajo volvieron a ser fértiles. Presos de la envidia y la codicia, decidieron asesinarle también. Al final de la historia, los asesinos murieron trágicamente en la misma laguna a la que habían arrojado el cadáver de su padre, la Laguna Negra, de la cual se cuenta que no tiene fondo.

Laguna Negra

Pasear por los alrededores de la Laguna Negra resulta notoriamente cómodo. Una pasarela habilita la visita a personas con necesidades especiales. Sin embargo, nosotros queríamos más y por ello decidimos iniciar la ruta que asciende al pico de Urbión (2.228 metros de altura) para poder disfrutar de las vistas de la laguna desde arriba. Atención porque esta ruta no es apta para todos los públicos ya que se trata de una constante ascensión con pendientes considerables y con un suelo pedregoso muy inestable (nuestro buen amigo Marcelo, quien incluso sufrió algunas caídas, puede dar buena cuenta de ello).

Ascendiendo al pico de Urbión

La ascensión es exigente pero merece la pena cada paso invertido, sobretodo cuando consigues llegar hasta arriba para tener las mejores vistas posibles de la laguna y de todo el marco natural que la envuelve. Uno se queda literalmente sin palabras. Para nosotros tres significó toda una hazaña personal poder vivir juntos aquella experiencia, y a pesar de que no llegamos hasta el pico de Urbión (las condiciones físicas de Marcelo no lo permitieron), podemos asegurar que este lugar quedará marcado para siempre en nuestros corazones. Y yo, que volví a sentirme libre, pero libre de verdad, quise gritarle al mundo una promesa: que a partir de ese mismo día lucharía por mi propio bienestar. En este sentido, la Laguna Negra fue el lugar donde comencé a reconectar conmigo mismo.

Laguna Negra desde arriba
Laguna Negra

LOS CANTINELEROS RECOMIENDAN…

Después de una experiencia única como la que vivimos en la Laguna Negra tocaba buscar un sitio para reponer fuerzas, a poder ser que ofreciera comida casera. Un buen lugar para ello es el Restaurante Alvargonzález, donde disfrutamos de un menú económico en la misma carretera de acceso al pueblo de Vinuesa.

Restaurante Alvargonzález (fuente de la imagen: https://restaurante-alvargonzalez.negocio.site/)

Breve parada en la Fuentona de Muriel

Una vez llena la panza, mis dos fieles amigos y yo pusimos rumbo al sur en dirección al pueblo de Calatañazor, pero antes quisimos hacer una parada en otro bello paraje soriano, a escasos 6 km de dicha localidad. A diferencia de la Laguna Negra, la Fuentona de Muriel es en realidad un nacedero de río (el del Abión) a la vez que alberga uno de los acuíferos más profundos de toda la Península (acuífero de Sierra de Cabreja). La Fuentona es uno de los únicos seis parajes declarados Monumentos Naturales que hay en toda Castilla y León. En su entorno, uno de los sabinares más extensos de Europa, viven actualmente especies en peligro de extinción (como el buitre leonado, el águila real o el cangrejo de río).

La ruta para llegar a la Fuentona es extremadamente fácil y accesible para todos los públicos. Se aparca a los pies de la Ermita de la Virgen del Valle y tras pagar una entrada de 4€ se camina siguiendo el curso del río Abión a través de unas pasarelas y puentes de madera durante poco más de un kilómetro. A medio camino, veréis una desviación hacia la «cascada» (a unos 700 m), camino que nosotros decidimos no seguir. El trayecto se completa en apenas unos minutos y el premio merece la pena: encajada en un desfiladero, la Fuentona de Muriel nos recibe con el precioso color turquesa cristalino de sus aguas.

Llegando a la Fuentona de Muriel

Sin embargo, más allá de la belleza del lugar, lo más interesante es que a día de hoy todavía no se conoce con detalle su profundidad máxima. La complejidad del asunto reside en que bajo estas aguas existe un complejísimo sistema de grutas de origen kárstico que forman una especie de embudo geológico, con dos galerías sumergidas. En el año 2010 dos exploradores consiguieron llegar por primera vez hasta los 106 metros de profundidad (la más profunda hasta el momento), recorriendo un total de 380 metros en la segunda galería. Sin embargo, y para que os hagáis una idea de la peligrosidad del acuífero, cinco personas han fallecido ya durante diversas exploraciones de espeleobuceo (bañarse aquí está terminantemente prohibido).

La Fuentona de Muriel

Volvemos a encontrarnos ante un lugar que ha inspirado multitud de leyendas, esta vez sobre monstruos y seres fantásticos que habitan por debajo de estas aguas. Tened mucho cuidado porque se dice que dichos animales monstruosos acechan la orilla a la espera de algún sediento viajero despistado al que tragarse de un bocado. También se comenta que la Fuentona es la entrada al mundo de las Ondinas, unas ninfas acuáticas que embelesan a las gentes con sus cantos para evitar que su reino sea descubierto.

Aguas cristalinas de la Fuentona de Muriel

Calatañazor, donde Almanzor perdió el tambor

Por suerte la belleza de las Ondinas no nos atrapó y pudimos llegar a Calatañazor a media tarde. El perfil del pequeño pueblo apareció de repente ante nuestros ojos, con sus murallas y su castillo, y comprendimos al instante por qué Calatañazor es parada obligatoria para cualquier viajero que desee explorar la provincia de Soria.

Calatañazor

Aparcamos extramuros, justo al lado de las ruinas de la Ermita de San Juan Bautista, uno de los tres templos románicos que aún se conservan en la antigua villa junto con la Ermita de la Soledad (también extramuros) y la Iglesia parroquial de Sta. María del Castillo. Se dice que en época medieval llegó a atesorar hasta once templos, circunstancia que da cuenta del glorioso pasado que vivió a partir de los siglos XI y XII, cuando Calatañazor pasó a ser capital de Comunidad de Villa y Tierra de la denominada «Extemadura castellana», un territorio que comprendía las tierras conquistadas por el Reino de Castilla, ocupando, más o menos, la franja entre los ríos Duero y Tajo.

Ruinas de la ermita románica de San Juan Bautista (extramuros)
Accediendo a Calatañazor

Calatañazor ha sabido conservar ese aspecto medieval que tantos pueblos de nuestra geografía codician. El principal atractivo de su arquitectura popular reside en esas viviendas con paredes de piedra y entramado de madera, rematadas por esas gruesas chimeneas cónicas de teja partida tan peculiares y características.

Calatañazor
Calatañazor

Muchas de las fachadas son porticadas, un verdadero canto a esa autenticidad de lo irregular. Destacan especialmente las que se encuentran en la pequeña plaza junto a la voluminosa Iglesia de Sta. María del Castillo, de factura románica pero con añadidos posteriores entre los siglos XVI y XVIII.

Calatañazor
Calatañazor
Iglesia de Santa María del Castillo

Siguiendo la calle Real (una de las dos únicas arterias principales de la villa), una pequeña plaza con un pequeño busto de Almanzor recuerda que fue precisamente aquí, en Calatañazor, donde el caudillo andalusí del Califato de Córdoba perdió su batalla más decisiva en el año 1002, supuestamente.

¿SABÍAS QUE…?

Y digo «supuestamente» porque no se puede asegurar con total seguridad si dicho acontecimiento histórico llegó a suceder. Y es que la famosa batalla de Calatañazor no aparece en las crónicas de aquel momento, sino en fuentes bastante posteriores. Vamos, que el suceso que inclinó la balanza en favor de la Reconquista bien pudo ser una invención de historiadores cristianos para añadir un halo más legendario a la derrota sufrida por Almanzor. En cualquier caso, siempre se recordará a Calatañazor como el lugar donde «Almanzor perdió su tambor», pues aquí perdió la alegría y sus anhelos conquistadores (supuestamente, repito), marcando el principio del fin del Islam en la Península Ibérica.

Busto de Almanzor en Calatañazor

La Calle Real muere en la Plaza Mayor, de planta inusual, triangular. Allí nos topamos con dos elementos curiosos: primeramente una antigua picota, que nos recuerda que la villa gozaba de la jurisdicción necesaria para impartir justicia a los reos; en segundo lugar, un pedazo de roca encontrado en las inmediaciones del pueblo y que fue instalado allí para su contemplación. Se trata de la «Piedra del Abanico», en cuya superficie quedaron  fosilizadas hace miles de años huellas de troncos y hojas de una palmera.

Plaza Mayor de Calatañazor

A un paso de la Plaza Mayor (incluso menos) ya vislumbramos las ruinas del Castillo de Calatañazor (también conocido como de los Padilla) abrazadas por espesas nubes. Fue justo en este lugar, conocido como el «valle de la sangre» donde la leyenda dice que tuvo lugar la hipotética batalla del año 1002 en la que Almanzor sufrió su humillante derrota. De hecho, el origen del nombre de Calatañazor parece surgir del árabe Qalat al-Nasur, que tiene el significado de «castillo del buitre» para unos, o «nido de águilas» para otros, haciendo referencia a una fortaleza islámica anterior a la actual, de factura cristiana (del siglo XII).

Castillo de Calatañazor

Una bella experiencia que siempre recordaremos de aquella tarde de octubre fue aquella en la que, habiendo subido a lo más alto de la torre del homenaje del castillo de Calatañazor, de repente advertimos cómo unas excelsas criaturas sobrevolaban nuestras cabezas de la manera más elegante que uno pueda imaginar, los custodios más sagrados de estas tierras: los buitres leonados. Nos quedamos allí varios minutos, no sabría decir cuántos, como hipnotizados por semejante espectáculo que nos estaba regalando la Madre Naturaleza.

Castillo de Calatañazor, con la Iglesia de Sta. María del Castillo al fondo

Sobra decir que las vistas sobre los tejados del pueblo desde allí arriba quitan el hipo. El verdor era intenso y cubría como un buen manto la hoz del río Milanos, cuya morfología fue clave en el pasado de Calatañazor como enclave defensivo.

Vista del pueblo
Calatañazor

Satisfechos, muy satisfechos con nuestra visita de Calatañazor, regresamos al coche y pusimos rumbo al que sería nuestro alojamiento durante las dos próximas noches, Las Candelas de Torreandaluz, situado en un pueblo en el que ni siquiera hay bares ni restaurantes. De hecho, tuvimos que dirigirnos al pueblo vecino, Rioseco de Soria, para cenar unos bocadillos en el primer bar que encontramos. Fue así como dimos por finalizada la jornada.

Hasta aquí el relato de un día que siempre recordaré. Aquel en el que volví a sentirme yo mismo después de mucho tiempo. Mañana más, amigos y amigas, ¡hasta mañana!

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