Monteagudo de las Vicarías – Monasterio de Sta. María de Huerta – Medinaceli

¡Buenos días, cantineleros!

Amanece nuestro último día en la provincia de Soria donde mis dos fieles amigos y yo aprovecharemos hasta el último minuto antes de regresar a nuestras respectivas casas, ¡de eso no tengáis ninguna duda! El recorrido previsto para hoy comprende dos paradas antes de llegar a nuestro destino final, Medinaceli, uno de los pueblos con más historia de nuestra geografía. La primera de ellas será un pueblo llamado Monteagudo de las Vicarías, y la segunda, el monasterio cisterciense más importante de toda la provincia soriana, Sta. María de Huerta. ¿Estáis listos para acompañarnos?

Monteagudo de las Vicarías, sin pena ni gloria

Después de desayunar en La Estación del Alma, salimos disparados hacia Monteagudo de las Vicarías, una histórica villa situada en lo que fue tierra fronteriza entre los reinos de Castilla y Aragón y que recientemente ha entrado a formar parte de la Asociación de los Pueblos más bonitos de España, lo cual genera unas expectativas tan altas que en más de una ocasión terminan resultando contraproducentes.

Monteagudo de las Vicarías

De la antigua muralla que antes defendía la población solo quedan algunos restos, como la Puerta de la Villa, una puerta gótica almenada por la cual accedimos a su casco histórico presidido por la Plaza de la Iglesia con sus dos monumentos más importantes, la Iglesia de Ntra. Sra. de la Muela y el Castillo-Palacio de Altamira (o de la Recompensa), ambos del siglo XV y conectados a través de un pasadizo que tenía la finalidad de facilitar la tarea a los señores de Monteagudo. La pequeña fortaleza alberga en su interior una llamativa galería porticada del siglo XVI.

Puerta de la Villa, con el Ayuntamiento al fondo
Conjunto monumental de iglesia y castillo
Galería porticada interior del castillo de Monteagudo de las Vicarías

Poco más ofrece esta pequeña localidad de apenas 200 habitantes. Si te coge de paso como a nosotros, merece la pena darse un corto paseo por sus callejuelas de entramado medieval. Pero repito, poco más.

Monteagudo de las Vicarías

Monasterio de Sta. María de Huerta

Nuestra siguiente parada nos llevó algo más de tiempo, pues el Monasterio de Sta. María de Huerta es el ejemplo más destacado de arquitectura cisterciense de toda la provincia. Impulsado por el rey castellano Alfonso VIII y erigido entre finales del siglo XII y principios del XIII, este edificio estuvo en uso hasta su desamortización en el siglo XIX. Sin embargo, en 1922 se donó de nuevo a una orden del Císter de Cantabria y hoy en día funciona, además, como hospedería.

Como muchos de los cenobios medievales, Sta. María de Huerta también se encontraba rodeado de una muralla que lo aislaba del mundo y lo defendía de posibles ataques. Resulta interesante saber que para acceder al recinto, se debe hacer atravesando el perímetro de aquella antigua muralla medieval, concretamente por su puerta monumental renacentista erigida en el siglo XVI.

Puerta monumental de la muralla del Monasterio de Sta. María de Huerta

Una vez en el patio principal y antes de comenzar la visita al interior del complejo (visita libre y gratuita), mis amigos y yo admiramos la sobria fachada de la iglesia con su emblemático rosetón central y su amplia portada con seis arquivoltas apuntadas.

Fachada de la iglesia

El recorrido turístico comprende exclusivamente la visita de la planta baja, ya que la primera planta está reservada para los monjes de clausura. Pero no os preocupéis, pues podréis contemplar el interior de la iglesia, los dos claustros (el gótico del siglo XIII y el herreriano del siglo XVII) y otras dependencias del monasterio, como la cilla, la sala capitular, la cocina o los dos refectorios. En definitiva, una mezcla armónica de estilos de diferentes épocas, incluyendo el románico, el gótico, el plateresco y el herreriano.

Interior del monasterio
Iglesia del monasterio
Claustro gótico del monasterio

De entre todas las dependencias, destacaremos el denominado Refectorio de los Monjes, sin duda la estancia más espectacular de todo el monasterio, una autentica joya considerada uno de los primeros ejemplos del gótico primitivo en España. Nos quedamos boquiabiertos al contemplar su altura y solemnidad, comparables a las de una iglesia, sus extraordinarias bóvedas sixpartitas y sus grandes ventanales, así como también su increíble escalera incrustada en la pared por la que se accedía a la tribuna del lector, desde donde un monje leía a sus compañeros mientras comían.

Existe otro refectorio en el monasterio, el de los conversos, de finales del siglo XII, dedicado a los hermanos legos (o conversos). Es bastante más pequeño que el anterior, pero también posee un indudable valor artístico, con sus columnas románico-mudéjares.

Refectorio de los Conversos

Medinaceli en la más extrema soledad

Pero el objetivo principal de aquella jornada era seguir descendiendo y adentrarnos en la comarca Tierra de Medinaceli. Atravesando el valle del Jalón llegamos al fin a nuestro destino final de este viaje maravilloso que cambiaría el curso de mi propia historia. Ubicado en lo alto de una colina a 1200 metros sobre el nivel del mar, entre las cuencas del Duero, del Ebro y del Tajo, se alza majestuoso el pueblo de Medinaceli, considerado uno de los más bonitos de España por méritos propios.

Medinaceli

Uno de esos méritos es sin duda su rico patrimonio histórico. Occilis fue la primera denominación de la ciudad en tiempos de los celtíberos. Más tarde, tras la conquista romana, pasó a situarse en la calzada que conectaba Emerita Augusta (la actual Mérida) con Caesar Augusta (Zaragoza). De esta época se conservan algunos importantes vestigios, como parte de la muralla, mosaicos y, sobretodo, su famoso Arco romano (siglo I d.C.), un monumento imperecedero y «rara avis», como se suele decir, pues es el único en toda España con triple arcada.

Arco romano de Medinaceli

El Arco romano de Medinaceli fue diseñado para servir de acceso a la antigua ciudad romana. Para nosotros fue una auténtica puerta de entrada a otra dimensión que nos causó deleite y desolación al mismo tiempo. Lo del deleite viene a colación de sus preciosos cruces de calles (esos que tanto le gustan a mi mirada fotográfica), de lo bien cuidadas de sus calles y de lo bien rehabilitadas de sus viviendas, respetando su estética de antaño, hasta tal punto que el paseo te traslada muy atrás en el tiempo. Lo de la desolación viene porque en ningún otro sitio pudimos ser realmente conscientes de lo que ese drama llamado «la España vaciada» está causando también en la provincia de Soria.

Medinaceli
Medinaceli

Esta circunstancia unida a otra de rabiosa actualidad, la de la pandemia del COVID-19, hizo que encontráramos cerrados muchos de los monumentos de Medinaceli, como la Colegiata de Ntra. Sra. de la Asunción (que alberga una copia del famoso Cristo de Medinaceli que se custodia en Madrid y que resulta que, a pesar del nombre, no salió de aquí) y que tuviéramos que visitar algunos de sus rincones más emblemáticos, como su excelsa Plaza Mayor (un espacio porticado de 5.000 metros cuadrados flanqueado en su lado oriental por el Palacio Ducal y en su lado sur por la Alhóndiga), en la más extrema soledad.

Colegiata de Medinaceli
Plaza Mayor de Medinaceli
Plaza Mayor de Medinaceli

En cualquier caso y como mencionaba al principio, Medinaceli tiene patrimonio para aburrir. Todavía no he mencionado los vestigios que corresponden a la época de la dominación árabe, como son sus murallas, su nevero (destinado al almacenaje de la nieve para distintos usos) y su castillo. Éste último, erigido en el extremo oeste del cerro, a pocos metros del casco histórico, representa el último recuerdo de una antigua alcazaba que luego, tras la reforma que sufrió ya en época cristiana, pasó a ser residencia de los Duques de Medinaceli, antes de que éstos se trasladaran al Palacio Ducal.

La llamada «puerta árabe» en realidad pertenece al siglo XIV, cuando se construyó el arco apuntado
Castillo de Medinaceli

Para completar el paseo, mis fieles amigos y yo quisimos acercarnos hasta el Convento de Santa Isabel, del siglo XVI, habitado hoy en día por una comunidad de monjas clarisas (no olvidéis comprarles unas rosquillas de anís con azúcar), y el Beaterio de San Román, un interesante edificio con tintes mudéjares en estado ruinoso (de hecho, recientemente ha entrado en la Lista Roja de nuestro patrimonio). Se ha afirmado que, de las 12 iglesias que llegó a tener el recinto amurallado de Medinaceli, ésta fue la más antigua, llegando a servir probablemente como sinagoga (a pesar de que no se han hallado pruebas concluyentes).

Convento de Santa Isabel
Beaterio de San Román

LOS CANTINELEROS RECOMIENDAN…

Para despedirnos por todo lo alto de Medinaceli y de la provincia de Soria elegimos el Bavieca, uno de los mejores restaurantes de la zona. La comida, riquísima, y el trato, inmejorable. Una última sugerencia: dejad sitio para los postres, ¡están para chuparse los dedos!

Restaurante Bavieca

Y hasta aquí, amigos y amigas cantineleras, mi diario de viaje de Soria, la crónica de cómo, de repente y después de mucho tiempo, me reencontré conmigo mismo. Gracias a esta tierra inspiradora como pocas, allí donde un alma en crisis puede encontrar un resquicio de serenidad. Y gracias también a mis amigos de toda la vida, Dani y Marcelo, que siempre acuden al rescate cuando se les necesita. Aún a día de hoy sigue vigente nuestra «promesa de Almazán», aquella que nos hicimos en un bar del pueblo de la Plaza Mayor, mientras tomábamos un tentempié. Aquella que auguraba un futuro mejor para mí, un nuevo capítulo en el libro de mi vida, esperanzador y bonito. Pero eso ya es otro cantar y otro viaje.

¡Un abrazo y gracias por seguirnos por tierras sorianas!

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