Château de Versailles – Sacré Coeur – Montmatre

¿Ha sido un sueño? ¿Estuvimos ayer admirando la Tour Eiffel, tanto de día como de noche?

¡No es ningún sueño, estamos en París! Y hoy promete ser de nuevo un día inolvidable. Hoy vamos al que posiblemente sea el palacio más inspirador (en todos los sentidos) del mundo, el Palacio de Versailles. Debemos madrugar para dirigirnos a la Gare du Nord y coger el RER (tren de cercanías) que nos lleva hasta la estación de Versailles Rive Gauche en algo más de media hora. Una vez allí seguimos al gran aluvión de turistas que se dirige al mismo lugar que nosotros y en menos de 10 minutos llegamos a la verja dorada de la entrada principal. Enseguida nos damos cuenta de la magnificencia del monumento, es tal que no tenemos muy claro dónde debemos comprar nuestras entradas. Finalmente compramos el acceso solo al palacio, ya que si queríamos volver a París esa misma tarde no podíamos detenernos en admirar los jardines, que por otro lado son absolutamente soberbios, pero quedarán pendientes para otra ocasión ya que su visita resulta inabarcable para una sola mañana.

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Entrada al Palacio de Versailles

A principios del siglo XVII el Palacio de Versailles estaba muy lejos de ser la obra arquitectónica mundialmente conocida que es hoy en día. Si bien en origen los terrenos habían pertenecido al rey Luis XIII, y eran utilizados por este como un refugio de caza, sería su hijo Luis XIV quien mandó construir allí su palacio-residencia real, el tesoro de la arquitectura francesa, aquel que sentaría las bases de la arquitectura palaciega europea de entonces en adelante.

Aunque gestado en época del Rey Sol, probablemente el monarca más temido y poderoso de la historia de Francia, el palacio fue ampliándose durante etapas posteriores, pero siempre manteniendo el sello de su artífice. En cuanto a su estilo arquitectónico, Versailles representa la cumbre del barroco francés y en cada rincón uno queda impresionado por su magnificencia y lujo. Esa era precisamente la intención de Luis XIV, transmitir una sensación de inmensidad y equilibrio a cualquier persona que se atreviera a visitar al rey.

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Capilla Real del Palacio

Visitamos una a una las dependencias del palacio, la Capilla Real, la celebérrima Galería de los Espejos (lugar donde se firmó el Tratado de Versailles poniendo así fin a la Primera Guerra Mundial), los Aposentos del Rey y la Reina,… Una a una nos van dejando boquiabiertos y juntos contemplamos magníficas pinturas, techos decorados, mármoles en relieve, trampantojos imposibles, pasillos infinitos… Todo el tour acompañados por nuestras audioguías, de las que tan poco solemos ser aficionados.

Salimos al exterior por la parte trasera del palacio y, a pesar de que hemos decidido dejarlos para otro viaje a París, no podemos evitar la tentación de acercarnos a contemplar la espléndida perspectiva de los jardines diseñados por Le Notre, de unas 800 hectáreas de extensión. Su perfecta geometría y elegancia son simplemente admirables.

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Jardines de Versailles
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Lado posterior del Palacio

Toda la mañana estuvimos allí en Versailles. De vuelta a la estación, nos detenemos a comer en un pequeño establecimiento para reponer fuerzas antes de regresar a París. Nuestro siguiente destino es uno de los barrios más peculiares de la capital francesa, el barrio de Montmatre, antigua población independiente hasta 1860, cuando pasó a convertirse en el distrito XVIII de París. Rafa estaba especialmente entusiasmado por visitar esta zona, pues en sus calles vivieron y desarrollaron su trabajo algunos de los artistas más importantes de finales del siglo XIX y de principios del siglo XX. Y es que por aquel entonces, si un pintor quería triunfar y ser reconocido, debía trasladarse a París, la capital mundial del arte. Y la mayoría de ellos se trasladaron al barrio de Montmatre, entre ellos Manet, Renoir, Van Gogh, Toulouse-Lautrec, Picasso o Dalí.

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Subida a la Basílica del Sacré Coeur

Para empezar subimos las escaleras del parque donde se rodó aquella famosa escena de la película Amélie y que está presidido en la cima de la colina por la impresionante Basílica del Sacré Coeur (Sagrado Corazón), templo finalizado en 1914. Este parque empinado es una auténtica delicia, sobretodo cuando uno logra llegar hasta arriba y admirar las impresionantes vistas.

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Sacré Coeur

Justo al lado de la basílica se encuentra el denominado barrio de los pintores, que se organiza entorno a la pequeña Place du Tertre, donde hoy en día los artistas muestran sus habilidades dibujando trillados retratos y caricaturas a los turistas.

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Place du Tertre

Callejeamos bajando poco a poco la colina en dirección a la Place Pigalle. En el camino nos encontramos con el Moulin de la Galette, uno de los locales más frecuentados por la bohemia parisina, retratado por Van Gogh, Ramón Casas, Toulouse-Lautrec o Renoir. Rafa dio un salto al encontárselo de repente…

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Moulin de la Galette

La Place Pigalle es un lugar dominado por las luces de neón de los sex-shops y los cabarets, y que a pesar de los años todavía conserva algo de aquella atmósfera bohemia y bizarra de principios del siglo XX. Pero si hay un sitio legendario en Pigalle, ese es el Moulin Rouge, el templo del pecado y el deseo, la Meca de la fiesta parisina y del can-can, inmortalizado en sus carteles y pinturas por Toulouse-Lautrec.

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El Moulin Rouge, en Pigalle

Nos dirigimos a la parada de metro más próxima y regresamos a la Place d’Italie. Allí, recomendados por el recepcionista de nuestro hotel, cenamos en un restaurante italiano, el Virgule, donde nos dimos un buen homenaje.

Ahora sí, toca descansar. ¡Mañana nos vamos de museos!

Bonne nuit!

ETAPA SIGUIENTE DÍA 4