Madrugamos para disfrutar al máximo de un nuevo día en la capital mundial del romanticismo. Como nuestra reserva en el hotel no incluía desayuno, salimos a desayunar unos croissants a una cafetería cercana y acto seguido cogemos el metro para dirigirnos a la parada Trocadéro, sin duda la más idónea para poder admirar por primerísima vez uno de los monumentos más populares e impresionantes del mundo: la Tour Eiffel.

Bien es sabido que los parisinos no adoran precisamente esta construcción de hierro de 300 metros de altura, una relación de amor-odio que se gestó desde el mismo día de su inauguración. Diseñada por Gustave Eiffel para la Exposición Universal de París de 1889, su edificación se llevó a cabo en un tiempo récord, solo dos años. Sin embargo gran parte del público de la época la criticó y la calificó de monstruosidad, a la Tour Eiffel, hoy en día el monumento más visitado del planeta, con más de 7 millones de visitantes anuales.

Subimos las escaleras mecánicas de la parada de metro de Trocadéro, y antes de llegar al Palais de Chaillot Rafa decide hacer con Inma el mismo juego que hizo con ella hace solo unos días en Barcelona, cuando la llevó a ver la Sagrada Familia de Gaudí. Aquel día le tapó los ojos con las manos y la guió hasta situarla delante de esa inmensa maravilla, y entonces le susurró al oído “¿estás lista? Pues 3, 2, 1… ¡Ya!”, destapándole los ojos acto seguido. La cara que puso Inma entonces no tenía precio, y esto fue lo mismo que sucedió en París, ante la Tour Eiffel, con una única diferencia. En esta ocasión Rafa no jugaba con ventaja, él tampoco había admirado nunca el monumento en cuestión así que, mientras jugaba a taparle los ojos a Inma y la conducía hasta la parte central de la plaza del Palais de Chaillot para tener la mejor perspectiva de la torre, él no podía dejar de maravillarse ante lo que estaba viendo.

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La Tour Eiffel desde la plaza del Palais Chaillot

No lo podíamos creer, allí estaba, ante nuestros ojos. Bajamos las escaleras del Palais, recorremos los jardines de Trocadero, atravesamos el Sena y llegamos a los pies del monumento, la admiramos desde abajo, es realmente impresionante.

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Desde los jardines Trocadéro

Por supuesto no perdemos la oportunidad de subir, aunque para eso primero hay que hacer una larga cola, pero merece muchísimo la pena. Mientras accedemos al primero de los ascensores, la mamá de Inma la llama por teléfono y ella responde “¡estoy en la Tour Eiffel!”. La emoción nos embriaga. Subimos hasta el primer nivel y después hasta el segundo. Y admiramos París desde arriba, no hay palabras… Todo el Campo de Marte se extendía ante nosotros.

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Campo de Marte, desde lo alto de la Tour Eiffel

Una vez abajo volvemos al Sena, bordeándolo hasta llegar al Monumento a Lady Diana, justo encima del túnel del Pont de l’Alma, el lugar donde la princesa Diana tuvo el brutal accidente de tráfico que acabó con su vida. En realidad el monumento no es tal, sino que se ha aprovechado el emplazamiento de un monumento ya existente, la réplica exacta de la antorcha de la Estatua de la Libertad, para que albergue fotografías y flores que la gente deja en homenaje a la princesa.

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Monumento a Lady Di

Cerca de allí decidimos comer un bocadillo y reservar una de las excursiones en barco de los famosos y turísticos Bateaux mouches por el río Sena.

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Navegando por el Sena

Un paseo en barco por el Sena resulta algo imprescindible cuando viajas por primera vez a París, una experiencia muy recomendable si quieres admirar los monumentos más emblemáticos de la ciudad de una manera diferente: Notre-Dame, la Conciergerie, la Île de la Cité, el Musée d’Orsay, la Tour Eiffel,…

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Notre-Dame vista desde el bateau

Tenemos una larga tarde por delante y la vamos a aprovechar al máximo. Al bajar de nuestro bateau nos dirigimos a Les Invalides, otro de los must-see de la Ciudad de la Luz. Antiguo palacio-residencia para los soldados franceses retirados del servicio, edificado en el siglo XVII, en la actualidad es más conocido por albergar el Museo del Ejército y sobretodo los sarcófagos de grandes personalidades francesas, entre ellas el imponente mausoleo de Napoleón Bonaparte, de porfirio rojo macizo y ubicado en el corazón de la Iglesia de Saint Louis.

Precisamente su ubicación es aquello que más llama la atención: el megalómano emperador francés eligió situar su propia tumba en la planta baja del edificio, viéndose así ésta desde una balaustrada situada en el piso superior. Todo ello, claro está, tiene una explicación, y es que exigió que el sitio de su enterramiento fuese ese con el fin de que todo el que entrase a visitarlo, se viese obligado a inclinar la cabeza ante su tumba. Y es así, pues entras, te diriges a la balaustrada y si quieres ver la tumba, tienes que inclinar la cabeza, reverenciando así al emperador.

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Mausoleo de Napoleón

Salimos de Les Invalides, no sin antes admirar su inmensa cúpula dorada y nos dirigimos a la Île de Cité, donde se encuentra una de las catedrales góticas más antiguas y populares del mundo, la Catedral de Notre-Dame, hogar del legendario Quasimodo, el personaje jorobado creado por Víctor Hugo.

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Fachada de Notre-Dame

Debemos reconocer que el aura histórica que envuelve a Notre-Dame es mucho más alargada que la realidad. Y es que el templo no nos resultó tan espectacular como su fama sostiene, si bien es cierto que una visita, sobretodo del interior, bien merece la pena.

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Interior

¡Menudo día más provechoso hemos tenido! Cenamos, tranquilamente, un bocadillo en un sitio cercano y regresamos al hotel. Pero una vez allí, nos preguntamos “¿será tan bonita la Tour Eiffel de noche como de día?”. Y decidimos ir a comprobarlo.

Volvemos al metro, nuevamente hasta Trocadéro, y regresamos al mismo lugar de esta mañana. Frente a nosotros, un  gigante con cuerpo de luces amarillas se alza incólume. La oscuridad nos envuelve y aunque una gran multitud de turistas pasean por los alrededores de los jardines Trocadéro y el Campo de Marte, nos parece estar disfrutando en soledad del monumento, el cual se ilumina periódicamente, cada cierto tiempo.

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La Tour Eiffel iluminando la noche parisina

Si alguien duda en si merece la pena visitar la Tour Eiffel por la noche, que no lo dude, creemos que resulta mucho más hermosa de noche, aunque parezca increíble, improbable. Juzgad vosotros mismos.

El broche de oro para un día perfecto. Mañana volveremos a madrugar para ir a las afueras, a visitar los aposentos del Rey Sol en el Palais de Versailles.

Á demain!

ETAPA SIGUIENTE DÍA 3