Queríamos aprovechar al máximo el tiempo, por lo que esperamos a que Rafa venga de trabajar y comemos un bocadillo rápido en casa. Ya lo tenemos todo preparado, así que lo metemos todo en el coche, incluido todo lo de nuestra pequeña viajera, y ponemos rumbo a nuestro primer destino, Villanueva de los Infantes (Ciudad Real), capital del Campo de Montiel, que será la base de nuestra escapada de 4 días por tierras manchegas.

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Itinerario

Solo tardamos 2 horas y 15 minutos desde Cieza. El viaje transcurrió sin ningún contratiempo, Elia estuvo durmiendo casi todo el camino, a excepción de una breve parada que tuvimos que hacer para que comiera. Amparo, la dueña de La Morada de Juan Vargas, nos había recomendado dejar el coche en un párking público al aire libre que se encuentra en el casco histórico, al lado de la Plaza Doctor Alberdi y a escasos metros de la Plaza Mayor y del alojamiento. Desde allí, cogemos todos nuestros enseres del coche y en menos de 5 minutos estamos entrando en el hotel, en la Calle Cervantes.

Amparo nos recibe con la mejor disposición y la mejor de las sonrisas, y en menos de un segundo queda prendada de nuestra Elia. El lugar es precioso, una casa del siglo XVI rehabilitada con gusto, con obras de arte y libros por todas partes, así que nos sentimos como en casa.

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La Morada de Juan vargas

La dueña nos conduce hasta nuestra habitación, llamada Polimnia, una de las siete musas clásicas, la mayor de toda la casa para disponer del máximo espacio posible para nuestra pequeña rubita. Además nos ha dejado una bañerita para ella y dos copas de mistela y dos pastas de almendra típicas de la zona como detalle de bienvenida. ¡La cosa no podía comenzar mejor!

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Detalle de bienvenida

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Habitación Polimnia

Una vez instalados decidimos salir a aprovechar lo que nos queda de tarde y Amparo nos dibuja un recorrido rápido sobre un mapa para recorrer el pueblo a pie. Salimos con nuestro carrito y nuestra bebé y nos sentimos afortunados de viajar con ella por primera vez. La Plaza Mayor de los Infantes (como los propios lugareños llaman a su pueblo) se encuentra a muy pocos metros del hotel, y es una de las más bellas de toda Castilla-La Mancha. Construida a principios del siglo XVII, de estilo neoclásico y planta trapezoidal, en ella destacan tanto la majestuosidad de la iglesia, un templo verdaderamente impresionante en estética y tamaño, como las balaustradas de madera sustentadas por zapatas de la fachada sur y los arcos de medio punto de los edificios de sus lados laterales.

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Inma dando de comer a Elia en medio de la Plaza Mayor

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Balaustradas de madera

El toque divertido lo ponen en la plaza las estatuas en bronce de Don Quijote y Sancho Panza (así como de sus fieles acompañantes, el caballo Rocinante y el burro Rucio), los cuales parecen haber sido congelados en el tiempo mientras pasaban por Los Infantes entablando conversación. Estas divertidas y elegantes figuras nos recordaron el motivo de nuestra aventura manchega, realizar la tan ansiada ruta de Don Quijote, y sin duda Los Infantes es un enclave que nadie puede perderse. De hecho la villa pugna por ser reconocida como el lugar de La Mancha de cuyo nombre su autor no quería acordarse, junto con otras poblaciones como Argamasilla de Alba, tal y como conoceremos en el día de mañana.

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Don Quijote y Sancho acompañando a Inma y a nuestra bebé

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Rafa subido encima de Rucio cual Sancho “Panza”

Muy cerca de la Plaza Mayor se encuentra La Alhóndiga, un edificio del siglo XVI destinada a casa de contratación y más tarde a cárcel, en el año 1719. Su magnífico patio interior formado por gruesas columnas es uno de los ejemplos más significativos del pueblo, célebre precisamente por sus hermosos patios interiores. En ese momento se estaba desarrollando una exposición de pintura rápida que por supuesto no nos pasó inadvertida. Resulta muy curioso observar cómo en alguna de sus columnas se pueden ver todavía hoy inscripciones de los presos que allí se encontraban.

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Patio interior La Alhóndiga

Más tarde entramos en la Iglesia Parroquial de San Andrés, desmesuradamente grande en relación al pueblo (algo que parece ser habitual en gran parte de poblaciones manchegas).

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Iglesia de San Andrés

Construida en el siglo XVI bajo los preceptos manieristas, destaca sobremanera su portada principal, de estilo clasicista y enmarcada en un profundo arco de medio punto donde se representa el escudo de los Austrias y la figura de San Andrés Apóstol. Destacan también la torre, de estilo herreriano, y el púlpito de la cripta de Santo Tomás, un bello ejemplo plateresco totalmente cubierto de relieves. El interior es majestuoso y pudimos disfrutarlo casi en exclusiva.

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Interior de San Andrés

Nos llamó mucho la atención que en una de las capillas, la de los Bustos, la más antigua de todo el templo, se encontraba la tumba de Francisco de Quevedo, uno de nuestros escritores más universales e insignes, el cual murió en 1645 precisamente en otro de los lugares importantes de Villanueva de los Infantes, el Convento de Sto. Domingo, en la denominada celda de Quevedo, que no pudimos visitar debido a que ya era muy tarde. Ambos pensamos en visitarla el día de nuestro regreso a casa, pero la mala suerte quiso que cayera en lunes, el único día de la semana que cerraba. Una muy buena excusa para volver algún día a Villanueva de los Infantes…

 

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Tumba de Quevedo

Desde allí cogemos la Calle Juan Carlos I hasta la Casa de Don Manolito, otra de las casas que destacan por su antigüedad y por su hermoso patio interior de grandes dimensiones. Construida en el siglo XVI, hoy en día constituida como casa de ancianos, merece la pena entrar y echar un vistazo.

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Patio interior Casa Don Manolito

Seguimos andando hasta la Plaza de la Trinidad, donde se encuentra el Convento de Trinitarios, fundado en 1603, y regresamos por la calle Santo Tomás nuevamente a la Plaza Mayor. En nuestro camino, el carrito de Elia traquetea el empedrado del suelo mientras dejamos atrás una gran cantidad de fachadas palaciegas con sus escudos de armas tallados en piedra. Seguramente hubiéramos tenido oportunidad de visitar dos o tres patios más de haber sido un poco más temprano, pero como hemos dicho no creemos que ésta sea la última vez que demos un paseo por esta villa monumental.

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Plaza de la Trinidad

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Plaza Mayor

Regresamos a la plaza y cenamos en uno de los bares que ofrecen bebida y comida con asientos al aire libre. Allí sentados disfrutamos del sosiego y la calma de aquel lugar, y de la felicidad de sabernos de nuevo, ya era hora, en otra de nuestras fabulosas aventuras. Una vez terminada la cena, nos acercamos nuevamente a las estatuas de Don Quijote y Sancho a hacer algunas fotos con nuestra bebé como protagonista, subida a lomos de Rocinante y Rucio.

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Elia cabalgando a lomos de Rocinante

Después de una ducha reparadora en nuestra habitación, decidimos salir a dar un último paseo nocturno por los alrededores. La Plaza Mayor de los Infantes, con la luna llena al horizonte, es la mejor imagen que podríamos llevarnos a la almohada.

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Plaza Mayor a la luz de la luna

Mañana empezamos nuestro recorrido en busca del valiente hidalgo, ¡hasta mañana!

SIGUIENTE ETAPA. DÍA 2