Los pueblos negros de Guadalajara
Negarse tozudamente a morir
Indice
Cuenta una leyenda local que el último día de la Creación, cuando ya no quedaba mucha luz, Dios creó los pueblos negros de Guadalajara. Seguro que también se le atribuye al Altísimo la rica cantidad en minerales presentes en esta serranía como la pizarra y la cuarcita con el fin de contrarrestar las duras condiciones ambientales de la zona. Para sus pobladores, un refugio del frío intenso en invierno y del calor tórrido en verano.

Los pueblos de la arquitectura negra, denominada así por el color oscuro de estos materiales de construcción, se localizan en la Sierra Norte de Guadalajara, más concretamente al abrigo del majestuoso pico Ocejón, uno de los más altos de la provincia. Y más que pueblos, haríamos bien en considerarlos pequeñas aldeas de montaña pues la más poblada de todas ellas no supera hoy día los 150 habitantes.
Esto no significa que estas pequeñas poblaciones no viviesen tiempos de bonanza en el pasado. Lo que ocurre es que en la actualidad el territorio sufre, al igual que en otras zonas de España (valga como ejemplo el precioso Valle de Seta en la provincia de Alicante, del que ya os hablé una vez), una gravísima situación de despoblación fruto del éxodo rural que comenzó allá por la década de los años 50. De hecho, algunas de estas aldeas llegaron a ser abandonadas en su totalidad.

Pero es la resistencia una seña de identidad aquí y los pueblos negros se niegan tozudamente a morir. El mejor ejemplo lo tenemos en lugares como La Vereda, que llegó a convertirse en un pueblo fantasma y en este momento está resurgiendo de sus cenizas gracias a la Asociación Cultural La Vereda, un grupo de voluntarios comprometidos que, utilizando materiales y técnicas tradicionales, pretende rehabilitarlo prácticamente desde cero. Otro ejemplo lo tenemos en Umbralejo, del que luego os hablaré.

Aunque se suele decir que la mejor época para disfrutar de los pueblos negros de Guadalajara en su máximo esplendor es el otoño, por aquello de aprovechar el frescor que dejan las lluvias de noviembre y la magia de los anaranjados colores de los árboles, hasta allí que fuimos nosotros en pleno agosto. Pretendíamos, ilusos de nosotros, encontrar un buen resguardo para el ardiente calor murciano. Nuestro gozo en un pozo, pues en esta parte del mundo el verano tiene la costumbre de atravesar, implacable, con su espada vehemente la sierra del Ocejón.

Pero ya se sabe que la ocasión se presenta cuando se presenta, no antes ni después. De modo que conocimos los pueblos negros bañados con ese sol impetuoso de agosto, con un ojo siempre al acecho de hallar sombra y cobijo debajo de un buen techo en alguna de esas pequeñas viviendas tan características de esta parte del mundo. Aquellas de una sola altura con gruesos muros de piedra y minúsculas ventanitas, fieles representantes de una técnica constructiva centenaria.
Somos conscientes de que tendremos que volver en algún otro momento para volver a conocer esos mismos pueblos negros pero con otra luz, con otros colores, con otra sensación térmica. Quizás con gotitas de agua a punto de congelarse en la hierba.

Otra buena excusa para regresar es la visita del Parque Natural Hayedo de Tejera Negra, que queda al norte de la región de los pueblos negros. Por falta de tiempo nos quedamos con las ganas de conocer uno de los hayedos más meridionales de Europa y que forma parte de los «Hayedos primarios de los Cárpatos y otras regiones de Europa», un conjunto de bosques declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Pero vamos a lo que vamos, establecer el itinerario que necesitáis para conocer los pueblos negros, una ruta perfecta para una escapada rural de fin de semana.
Antes de comenzar… Cogolludo
Antes de adentrarnos en el recóndito reino de la arquitectura negra, desprovisto incluso de los más esenciales servicios, os recomiendo encarecidamente deteneros en Cogolludo. No solo porque será una de las últimas oportunidades que tendréis de abasteceros de víveres y de llenar el depósito de vuestro coche, sino también por la riqueza de su patrimonio monumental, que es excepcional. Y es que, a pesar de no formar parte de ese conjunto de pequeños pueblos perdidos de la mano de Dios, Cogolludo es un punto de partida ideal (o «cogolludo») para vuestra ruta.
Haréis bien en contactar con la Oficina de Turismo previamente. La visita guiada que ofrece a través de los monumentos más destacables del casco histórico incluye la entrada a su edificio más emblemático, el Palacio de los Duques de Medinaceli. A pesar de que lo que queda en el interior es más bien poco, resulta suficiente para hacernos una idea del nivel de suntuosidad que llegó a tener en el pasado.
Valga decir como ejemplo que a principios del siglo XVI pasó por Cogolludo un tal Antoine de Lalaing, importante conde flamenco al servicio de Felipe el Hermoso, y que dijo del palacio que era «el más rico alojamiento que hay en España, y que vale por siete de los nuestros”. A los apasionados de la historia se nos da bien y nos agrada llenar los huecos que faltan mediante la imaginación.

Su promotor, don Luís de la Cerda, I Duque de Medinaceli, lo concibió a finales del siglo XV como morada para sus futuros herederos. Los estragos del abandono hicieron su agosto en este maravilloso palacio, una de las primeras construcciones civiles del Renacimiento español y que sirvió de hospedaje a personajes tan ilustres como Francisco de Quevedo, para quien el palacio «fue mi hogar muchas veces, donde apagaba, mientras permanecía allí, pesadumbres que el duque y su señora sabían relegar para que no carcomiesen mis entrañas».

Vuestra guía os conducirá después hasta la parte superior del pueblo, donde aguardan las ruinas del antiguo castillo calatravo y, a sus pies, la Iglesia de Santa María, un templo a caballo entre el estilo gótico y el renacentista. En su interior tendréis la oportunidad de poder admirar un lienzo original del pintor del siglo XVII de origen valenciano José de Ribera, apodado Lo Spagnoletto, “Los Preliminares de la Crucifixión de Cristo”, cuadro que originalmente había decorado una de las paredes del palacio ducal. Un afortunado privilegio antes de continuar vuestro camino.

Los pueblos negros
Tamajón, puerta de entrada
A pesar de que en Tamajón todavía no os toparéis con la arquitectura propia de los pueblos negros, esta pequeña localidad está considerada como su puerta de entrada, ya que desde aquí parten los dos caminos principales que llevan hasta ellos. Imaginad una V mayúscula en cuyo vértice se encontraría Tamajón.

Tamajón vivió una época de gran esplendor entre los siglos XVI y XVII cuando la villa era propiedad de la regia familia de los Mendoza. Edificios como el Palacio de los Mendoza (actual Ayuntamiento), la Iglesia de Ntra. Sra. de la Asunción, de origen románico, o la Ermita de los Enebrales, dan buena cuenta de ello. Esta última, desde hace siglos sirve como lugar de auxilio a los peregrinos, motivo por el cual, según manda la tradición, sus puertas siempre han de permanecer abiertas.

A escasos kilómetros a las afueras del pueblo podéis invertir unos minutos en contemplar la «ciudad encantada de Tamajón», muy parecida a aquella de la serranía conquense, aunque mucho más pequeña y menos espectacular. Se trata de un paraje natural compuesto por formaciones kársticas de calcáreas y calizas que la acción erosiva fue cincelando a lo largo de millones de años, originando así llamativas formas y curiosas cuevas.

No te pierdas… las ruinas del Monasterio de Bonaval
Muy cerca de Tamajón, a unos 2 kilómetros de la localidad de Retiendas, se encuentra uno de esos lugares recónditos, alejados del mundanal ruido, que los monjes cistercienses eligieron para erigir uno de sus monumentales retiros de meditación.
La fundación del Monasterio de Bonaval data de mediados del siglo XII y se debe a un grupo de frailes procedentes del monasterio de Valbuena (Valladolid) con la finalidad de extender la Orden del Cister por las tierras al sur del Sistema Central. La iglesia actual (o lo que queda de ella), sin embargo, debió iniciarse ya bien entrado el siglo XIII. En el siglo XIX sus últimos monjes abandonaron el convento, pasando a manos privadas que se olvidaron por completo de conservar este maravilloso edificio.

Desde entonces Bonaval pasó a engrosar esa larga y vergonzosa lista de patrimonio arquitectónico que tanto debería ruborizar a las administraciones públicas. Por suerte, durante los últimos tiempos se están llevando a cabo trabajos de consolidación y protección de los pocos restos que han quedado en pie.
Para visitar el interior, es necesario reservar una visita guiada con antelación a través de este enlace, de lo contrario no podréis atravesar la verja metálica, ya que existe peligro de derrumbe. Tened en cuenta, además, que para llegar hasta las ruinas tendréis que caminar alrededor de un kilómetro y medio desde el aparcamiento de tierra que hay cerca del cementerio de Retiendas.

Camino oriental
Almiruete
Desde Tamajón, como decía, parten dos carreteras que debéis seguir para conocer los pueblos negros más relevantes. Si tomamos el camino oriental, el GU-211, llegaremos primeramente a Almiruete, la primera de las pequeñas aldeas donde os toparéis con ese modo tan característico de construir donde la pizarra y la piedra son las auténticas protagonistas. Considero que Almiruete, con su románica Iglesia de Ntra. Sra. de la Asunción del siglo XIII y sus fachadas con enredaderas es uno de los pueblos negros más auténticos de toda la ruta.

El número de habitantes de Almiruete (que no supera los 15) se multiplica ostensiblemente durante su particular carnaval, consistente en una curiosa ceremonia ancestral, considerada una de las tradiciones más antiguas de España y durante la cual los mozos del pueblo, denominados botargas, suben a la montaña hasta un lugar secreto que solo ellos conocen.
Allí se visten con el atuendo tradicional y se ponen sus impresionantes máscaras con ayuda de los más veteranos. Resulta que cada máscara es diferente a todas las demás, elaborada de forma artesanal con cortezas, musgo, huesos de animal y otros elementos naturales. Estas máscaras dan vida a unos seres irreales como monstruos, duendes, diablos y otros personajes que parecen sacados de un cuento mitológico.

Tras volver a descender serpenteando la montaña al tintineo de sus cencerros y dar varias vueltas al pueblo, van al encuentro de las mascaritas, las mozas, que salen de una de las casas del pueblo, otro secreto no desvelado hasta el último momento. Ellas también visten con la indumentaria tradicional y se cubren el rostro con un pañuelo, pintado y decorado a mano. Cada botarga se empareja luego con su mascarita, recorriendo las calles del pueblo en fila, entre cencerros y movimientos de flecos y faldas floridas. Finalmente llegan a la plaza, donde danzan emparejados.
En el Museo Etnológico de Botargas y Mascaritas de Almiruete se exponen las máscaras más originales y los atuendos más coloridos de esta singular festividad que ha conseguido ser un reclamo lo sufrientemente importante para hacer frente a los problemas derivados de la despoblación.

Palancares
Siguiendo el mismo camino antes mencionado en dirección norte, podéis hacer una breve parada en Palancares si tenéis curiosidad por conocer su rudimentario templo con espadaña hecho de pizarra y cuarcita, la Iglesia de la Inmaculada. Se dice que en su interior hay una pila bautismal románica que nosotros, al no encontrar al vecino de turno que nos pudiera dejar la llave, no pudimos ver.

Valverde de los Arroyos
El objetivo de cualquier viajero o viajera que se acerque a este rincón de la provincia de Guadalajara será llegar a Valverde de los Arroyos, probablemente el más popular de los que conforman los pueblos negros. A pesar de su remota ubicación, atesora un número notable de mesones, restaurantes y alojamientos, lo que le convierte en el más preparado para el turismo rural de toda la zona.

Sin duda influye el hecho de que el casco histórico de Valverde sea el más cuidado y uno de los más resultones. Un relajado paseo por sus calles debe incluir la visita de la coqueta Plaza María Cristina, la Iglesia de San Ildefonso y el Museo Etnográfico, que ocupa el edificio de la antigua escuela.
Otro factor decisivo es que desde aquí se pueden realizar rutas senderistas para todos los niveles, como la exigente subida al pico Ocejón o el cómodo camino hasta la Chorrera de Despeñalagua, una sencilla senda de 2 kilómetros que lleva hasta un salto de agua de 120 metros de altura enmarcado en un impresionante anfiteatro de roca natural. En verano no suele bajar mucha agua, pero os puedo asegurar que las vistas justifican por sí solas el paseo de 30 minutos de ida y 30 minutos de vuelta.


Umbralejo
Umbralejo ejemplifica por sí mismo el carácter resiliente de los pobladores de la Sierra Norte de Guadalajara. Lo que hasta hace poco era un enclave abandonado y literalmente engullido por las malas hierbas, en la actualidad comienza a lucir como nuevo gracias al programa PRUEPA (Programa de Recuperación y Utilización Educativa de Pueblos Abandonados), que lo ha devuelto a la vida reconvirtiéndolo en un Aula de Naturaleza al aire libre para que los más jóvenes aprendan a valorar las costumbres rurales.

El penoso fenómeno de la despoblación del mundo rural golpeó duramente a Umbralejo, sobre todo a principios de la década de 1970. La localidad no contaba con suministro eléctrico y las casas se alumbraban con candiles, no había agua corriente y era necesario ir con cántaros a abastecerse a la fuente más cercana, las calles se convertían en un barrizal cuando llovía y los huertos estaban muy lejos del pueblo. La vida, en definitiva, terminó haciéndose inviable y sus habitantes optaron finalmente por emigrar a otros lugares.

Tras años de abandono, el programa PRUEPA lo rescató del olvido en 1984. A partir de ese momento, alumnos de diversos centros escolares de diferentes zonas urbanas vienen a Umbralejo periódicamente para disfrutar de una experiencia de acercamiento al medio rural participando en su propio mantenimiento y recuperación. Así, todas las actividades que se llevan a cabo aquí están en consonancia con las formas de vida tradicionales del pueblo: cuidado de huertos y animales, recogida de leña, talleres de cestería, elaboración de plantas medicinales, fragua, apicultura, etc.
Sed tremendamente respetuosos cuando visitéis Umbralejo. No olvidéis que ya sufrió una vez, no necesita volver a hacerlo.

Camino occidental
Campillejo
Volvemos al principio, Tamajón. Desde allí podemos tomar otro camino, el occidental o GU-186, para seguir conociendo pueblos negros. Los de este lado, curiosamente, resultan algo más «toscos» e irregulares y quizás por ello también más auténticos. La primera aldea que nos encontramos es Campillejo, con sus típicas construcciones de pizarra negra y madera ensamblados con una argamasa hecha con barro, arcilla y paja.
Como en la mayoría de pueblos negros, Campillejo conforma un entramado urbano con una disposición realmente peculiar en la que las viviendas fueron construidas siguiendo un criterio más o menos utilitarista, según las necesidades de subsistencia de sus lugareños. En este sentido, las casas principales casi siempre se complementaban con construcciones anexas para los usos propios de una economía de autosuficiencia, como pajares, huertos, casillos para las “bestias” o gallineros.
El resultado es un conjunto caótico de calles irregulares verdaderamente llamativo.

El Espinar
Seguidamente encontraréis la aldea de El Espinar, considerada al igual que la anterior una pedanía de Campillo de Ranas y otro de los máximos exponentes de la arquitectura negra. Aquí vais a encontrar mucha más pizarra que en la mayoría de los pueblos negros, un auténtico festival en muros, paredes y tejados, incluso en chimeneas y fuentes.


Una particularidad que encontraréis especialmente en El Espinar es la presencia de cruces de cuarcita lechosa incrustadas en algunas de las fachadas. Su origen y finalidad se desconocen a ciencia cierta. Unos cuentan que se colocaban para conseguir la protección divina de personas y animales domésticos. Otros dicen que fueron obra de la comunidad morisca, que buscaba reafirmar su conversión a la fe cristiana con el fin de evitar ser perseguidos y expulsados.

A unos 4 km del pueblo se encuentra uno de los parajes naturales más sorprendentes de la zona, las Cascadas y Pozas del Aljibe, unos saltos de agua escalonados generados por el Arroyo del Soto antes de entregar sus aguas al río Jarama. Un sendero circular accede a las mismas desde El Espinar regresando por la aldea vecina de Roblelacasa. El intenso calor de agosto nos impidió llevar a cabo dicha empresa pero amenazamos con volver.

Campillo de Ranas
Si tuviese que mencionar uno solo de los pueblos como el paradigma de la arquitectura negra en este paraje agreste e indómito que es la Sierra Norte de Guadalajara, ese sería Campillo de Ranas, el lugar que nosotros tomamos como base de operaciones.

Como en los demás casos, un breve paseo os bastará para conocer toda la aldea y sus rincones más emblemáticos, como la Iglesia de la Magdalena, con su característico campanario oscuro delimitado por piedras más claras, o su reloj solar situado en la plaza principal.
¿Sabías que…?
Cuando en el año 2005 el Gobierno presidido por José Luis Rodríguez Zapatero aprobó el matrimonio entre personas homosexuales hubo alcaldes que se negaron a casar a parejas del mismo sexo. Sin embargo, Francisco Maroto, alcalde de Campillo de Ranas, anunció a los cuatro vientos que él sí lo haría. Sin imaginarlo, este regidor socialista se convirtió en un símbolo para el colectivo LGTBI y Campillo de las Ranas vivió una especie de «boom mediático» que llevó hasta el pueblo a muchas parejas homosexuales para que Maroto les casara.
De esta manera Campillo de Ranas se ha convertido en una especie de referente en la España vaciada. Gracias al boca a boca, las bodas gays fueron generando toda una infraestructura hotelera y hostelera que hoy garantiza la supervivencia del municipio. ¿No os parece una fórmula muy creativa para luchar contra la despoblación?

Pensábamos que iba a ser tarea imposible llevarnos algún recuerdo de nuestro viaje por los pueblos negros de Guadalajara, ¡con lo que nos gusta! Pero justo cuando ya habíamos perdido toda esperanza, encontramos la solución en Campillo de Ranas. Ubicada en un antiguo establo para el ganado, la tienda Taller Tres Artesanía es la única de toda la zona (que yo sepa) que ofrece productos artesanales de cestería, orfebrería, cerámica, vidrio y joyería, entre otros.

De allí nos llevamos un precioso trabajo en madera (una réplica a escala muy pequeña del pueblo), un detallado aguafuerte que representa una antigua escuela, un selenoscopio de bolsillo (instrumento de madera con el que se pueden calcular las fases de la luna) y una interesante conversación con su dueño acerca de las penalidades que tienen que pasar los miembros de este taller para vender sus obras. No dudéis en hacerle una visita y aportar vuestro granito de arena para que su proyecto siga adelante.

Robleluengo
Otra de las consideradas pedanías de Campillo de Ranas es Robleluengo. Que su reducido tamaño no os haga desistir de acercaros hasta aquí, ya que, si bien es cierto que solo consta de una calle, ésta es precisamente el motivo por el que Robleluengo es uno de mis favoritos.


Al final de la misma, una pequeña plaza con una pequeña ermita, la de San Pedro. Entorno a ella, la correspondiente pista de petanca, el campo de fútbol, el parque infantil y la fuente, todos ellos elementos que se repiten como un leitmotiv musical wagneriano por todo el territorio de la arquitectura negra. Pequeñas tentaciones a pequeños placeres de la vida.


Majaelrayo
La última parada de este camino occidental en dirección norte es Majaelrayo, que al igual que Valverde de los Arroyos también se encuentra a los pies del pico Ocejón, a la misma altura pero en su lado opuesto.


En Majaelrayo uno puede apreciar mejor que en ningún otro pueblo negro la importancia que llegó a tener en el pasado la actividad ganadera en esta parte del mundo. Eso es porque aquí se conservan un buen puñado de chozos de pastor, tradicionales construcciones de piedra seca utilizadas por los pastores durante siglos y siglos. Y hablando de construcciones tradicionales, sabed que el fabuloso grabado que compramos en Campillo de Ranas representa la antigua escuela de Majaelrayo.

En vuestro paseo por Majaelrayo encontraréis diversas fuentes, algunas realmente antiguas, y una iglesia, la de San Juan Bautista, desfigurada primero por las salvajadas resultantes de la Guerra Civil y después por una reconstrucción poco ortodoxa. Es muy probable que, debido a eso, os pueda parecer la menos agraciada de toda la región. Se dice que su pila bautismal es la original, utilizada ya, según algunos escritos, en el año 1579.


Alojamiento cantinelero
Casa rural La Era de la Tía Donata
Situada en medio de bosques de roble y arroyos transparentes, en el municipio de Campillo de Ranas, en pleno corazón de la región de los pueblos negros, se encuentra esta casa rural regentada por una joven pareja, hospitalarios hasta decir basta. Podréis relajaros leyendo un buen libro en su salón interior, al calor de la chimenea en invierno, o en su amplio jardín en verano. El desayuno, casero y copioso. No os arrepentiréis, además, de encargar las suculentas cenas de María, la dueña, una opción más que recomendable dada la escasez de servicios en la zona.



Terminamos con nuestro recorrido por esos pueblos de tez oscura levantados a base de piedra y pizarra cuyos habitantes se resisten tozudamente a ser olvidados. Hemos conocido diversas fórmulas y proyectos que están ayudando a revitalizar, mediante creatividad y tesón, este maravilloso territorio que sin duda ofrece una gran cantidad de atractivos para los amantes del turismo rural. Venid a explorar los pueblos negros, ¡no os defraudarán!
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